| Cartas del tarot tipo Marsella, de izquierda a derecha: Siete de Oros, El Mago, La Papisa y, Tres de Oros. |
TAROT: CASO NÚMERO TRECE
Javier Acosta Romero
usygly@gmail.com
La condición del misterio es femenino. Cuando no, es un asunto de espías entre dos gobiernos que se odian. Lo pienso solamente con ver la facha de mis recién ingresados y posibles clientes, dos jóvenes nada misteriosos, los granos en la cara los delatan.
–Esperen ahí –les digo.
Revuelvo el mazo del tarot que siempre utilizo para observar la peligrosidad de los casos que me llegan.
Destapo dos cartas, una para él, otra para ella.
Él está en Siete de oros, lo señalo.
–Estás muy joven para que te salga un Siete de oros, ¿a qué te dedicas?
–Queremos contratarlo –me contesta, valiéndole madres mi pregunta.
Yo continúo. La segunda carta es El Mago, un arcano mayor, lo que me deja en claro quién manda y qué le interesa de ese Siete de oros.
–¿Cuál es el asunto que los tiene por acá? –pregunto.
–La mamá de mi novia.
La novia, muy en su papel de enamorada, se repega al cuerpo del muchacho y enlazan sus manos.
–Qué con la futura suegra –simplemente supongo.
–Pues mire, sólo queremos que la siga esta semana.
–Esperen…
Saco una tercera carta. Ya que tengo la situación clara, es prudente acercar la lupa para estar al pendiente de los detalles que no se dejan ver, más allá de los granos de estos cuerpos lúbricos irremediables, lo cual tampoco es algo que sea necesario adivinar.
Otro arcano mayor, La Papisa; habla de una persona que no se deja ver, que no es fácil descubrirla y, por lo mismo, no será sencillo vigilarla. Por lo tanto, tengo la oportunidad de cobrar más caro. ¿En qué aplicaría ese futuro ingreso? Hay dos plataformas que me interesan: una de carreras de autos y, otra, de artes marciales mixtas. Pero con lo que voy a cobrar, hasta podría contratar algún canal con series para adultos.
Mis labios sonríen con amplitud siniestra.
–Y por qué quieren que la siga– Retorno al caso.
Se tardan en contestar, se miran entre ellos esperando a decidir quién abrirá la boca.
Yo me distraigo en la proyección de mi próximo futuro: echando raíces en el sillón de mi casa, tomando un merecido descanso de las cosas hediondas que ocurren en el mundo…
–Por qué quieren que la siga –insisto, reto a la joven con la mirada– Para qué seguir a tu mamá.
–Porque hicimos cuentas –dice al fin.
–Sí, hicimos cuentas– El Siete de oros nunca soporta salirse de cualquier conversación.
Ella continúa:
–Es más barato si alguien de confianza nos avisa dónde anda mi mamá mientras nosotros estamos en la casa.
–¿En tu casa?
La extravagancia se respira.
–Pero necesitamos, antes… –se adelanta el muchacho, saca un papel doblado que guardaba en el pecho, me lo pone en la mano, lo reviso.
Es un texto mal redactado.
–Necesitamos que nos firme este acuerdo de confidencialidad que mi primo me hizo, él es abogado; es para que usted no quiera ir de soplón ni vender esta información.
Los observo con tono adulador.
–No conozco a la mamá… y no espero menos de alguien tan joven en Siete de oros.
Sus sonrisas deslizan un marcado… falso orgullo.
Buen momento para negociar. Pido una cifra absurdamente alta para que yo pueda firmar su pinchurriento acuerdo de confidencialidad.
La muchacha se queja y me exige que cumpla con lo que digo en mi anuncio de investigador privado de Facebook.
Aclaro que esa oferta no incluye una carta de confidencialidad “tan seria”.
La muchacha baja la cifra a un nivel insultante y reviro para triplicar mi cuota.
–Mejor nos vamos a un hotel –se indigna.
–El hotel que quieran –le digo a ella–, nunca será como tu cama, tu baño y tus cosas. Soy un excelente vigilante.
Se apartan para hacer de nuevo sus cuentas.
Saco una cuarta carta para prever la firmeza de la oferta.
Tres de oros. Me darán algo cercano a lo que espero, aunque voy a perder la confianza del novio.
–Tenemos un trato –dice ella, con el novio detrás refunfuñando.
Se desata un fingido entusiasmo. Le doy la mano a la chamaca y luego ellos se abrazan como si festejaran su cumpleaños.
Hacen el primer depósito, el cincuenta por ciento de la cuota en una primera transferencia. Mientras, reparo de nuevo en la figura de La Papisa.
Mi sonrisa se congela unos segundos al observar las cuatro cartas como una sola situación.
Sin querer se ha armado una escena.
La Papisa es una carta que sobre mira a su hija, como si la vida de la hija fuera la maldita teleserie de todos los días, de la que está al pendiente la señora de un modo compulsivo.
Suena un teléfono.
La novia observa la pantalla en su celular.
–Es tu mamá, ¿verdad? –le digo.
–Es ella, sí.
La hija le inventa que en la papelería de abajo hay mucha gente. Y yo estoy cierto que no tendrán oportunidad para estar a solas ni cinco minutos. Haré muy mal trabajo y aunque no les devuelva el depósito apenas me va alcanzar para una mugrosa plataforma.
Le cuelga con furia a su mamá.
–¿Tienen elaborados ya algunos pretextos para justificar la presencia desnuda de… –checo el acuerdo –de Diego, en tu casa? Digo, por cualquier imprevisto.
–Hemos pensado algunas cosas –dice ella– pero si también nos puede ayudar con eso, por favor…
Tan tierna, realmente cree que me preocupan. Tuerzo la boca y les digo:
–Espero que no se molesten si me la paso interrumpiéndolos en su gimnasia...
–¡Mientras no le digas nada! –dice Diego, que a estas alturas ya me odia, aunque su enojo me sirve muy bien para peinarme la barriga un buen rato.
Regreso al caso, con mayor asertividad para que les quede claro y muy a mi pesar.
–Les estaré hablando cada tres minutos porque mamásuegra va estar regresando a casa por cualquier cosa.
En mi mente ya le decía adiós a las carreras de la Fórmula Uno y a las peleas perturbadoras entre mujeres que pierden la piedad, convertidas en mercenarias atroces de su propio destino...
Pero la muchacha, haciendo uso de esa energía propia de El Mago, tocó levemente mi pecho, llamando mi atención con suavidad.
–No tiene por qué preocuparse –Su sonrisa despertó en mí una especial ingravidez– Mi mamá sólo necesita que alguien la comprenda, aunque sea de fingido.
Me fue acercando con prudencia la pantalla de su celular.
Mis ojos se agrandaron como enormes platos.
–¿Lo ve? –Me dice con ternura.
Yo veo lo que veo. Mis ojos y mi asombro no los puedo controlar.
–Realmente no es una mujer tan fea —dice.
* * *