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| El Diablo Ensaya... (Fragmento) / Javier Acosta /2020 |
Javier Acosta Romero
1
Ahí está él, con ropas de
descanso, satisface la curiosidad de su nieta que, asombrada, no comprende la
complejidad del mundo ni de su mañana. El abuelo le advierte –menos mal– lo que
no debe hacer cuando alguien (alguien) repite ciertas palabras sobre una
estrella de cinco picos, semejante a la que dibuja en el piso con su sangre.
–¡Vete
de aquí, encomiéndate al Espíritu Santo y reza un Padre Nuestro; reza hasta que
llegues a tu casa...!
Ese
hombre es como yo. Conocemos la verdad y sólo avisamos para que el otro se dé
por enterado. Y enterarnos, escuchar, entender no es lo mismo a vivir,
experimentar, dimensionar... Si no, que me lo digan. Quiero ver quién me lo
dice...
*
Aburrición. Me detengo en esa
muchachita hermosa como muchas... Llora que llora y sigue en el derrame de su
malestar. Simplemente susurro lo que cualquier chica espera en casos tan bobos:
libertad. “Tienes derecho a divertirte, a llegar tarde a casa; ni que te
hubieras drogado o acostado con algún gañan...” Sí –dice ella–, simplemente me
estaba divirtiendo, me la pasé bien como para que con una cachetada esa pendeja
–su mamá–, me quite la única felicidad que he tenido en mi vida...
Los
padres son perfectos ayudantes cuando de tentar se trata; yo empujo... aprovecho,
dirijo el corazón del desgraciado; en este caso desgraciada, que aprieta sus
lágrimas y muestra los dientes y mira en el pasado el pentáculo que con tanta
claridad le enseñó su abuelo...
Usa
el filo de unas tijeras sin desinfectar... Se cruza la palma de la mano y la
herida le arde conforme la sangre se acumula, se cae en goterones. No debería llevarle
tanto tiempo trazar unas cuantas líneas, calcular la geometría, lograr los
vértices, escribir mi nombre al encimar letra por letra... Le contesto, hago el
primer milagro: cierro su herida, el ardor se apaga, no habrá rastros de
infección... Un buen ungüento hace lo mismo pero, yo soy el ungüento por
excelencia... Lo feo para mí es que la
muchacha no me tenga miedo. Su cara es la misma de aquel día, hay asombro en sus
lágrimas, mucha curiosidad, y la advertencia del abuelo suena dulce, indefensa,
musical... la más perfecta versión para una canción de cuna.
Dudo
incluso en practicar mi entrada majestuosa de monstruo enrojecido, pentasexual,
híbrido, con patas de cabra, cabeza de cabrón, cuerpo de toro y con la verga
descomunal de un burro satisfecho...
La
niña no me tiene miedo.
*
Mitzy despierta, siente la poca
luz del día entre las sábanas. Asoma la cabeza; está ahí el grabado hecho con
sangre y, en el centro, el nombre aquel, letra sobre letra, seco, ¿quemado? Le
extraña el silencio, tanto silencio. No escucha el portazo que da su hermano,
quien se va en el carro con sus papás para bajarse cerca de la escuela. Pero fue
el ruido del pasador lo que la hizo despertar y sentirse sola; con el cansancio
de la fiesta, con la sequedad del alcohol en la lengua y en los labios... La
bofetada de su madre todavía exigiendo a golpes su obediencia o al menos un
comportamiento gentil, con decisiones maduras y fiestas menos alocadas que la
dejaran al menos caminar con propiedad y no en 'eses' y vómitos a s que r o s o
s en cada caída.
Un
buen desayuno la podría aliviar. Pero continúa en la cama y espera. Estira el
brazo, mira la palma de su mano; le da vueltas, observa los detalles de ese
milagro que le hice. No se ve la cortada por ninguna parte. La sangre, en
cambio, sí se nota en el filo de las tijeras dejadas en el piso y en la
geométrica invocación medio-trazada en el muro, arribita de la cama, que
también está pegada a la pared. Entiende que las cicatrizaciones perfectas no
existen.
Ahora
estira un brazo fuera de las cobijas... Con sus dedos revisa la calidad de los
bordes negros en la pared donde la sangre le dio estructura a aquella
invocación satánica; recuerda el dibujo mucho más pequeño y menos descuidado. Lástima
que su abuelo nunca le explicó qué pasaría si no se iba de ahí sin rezar un
Padre Nuestro.
Suspira.
Es un instante para no pensar, aunque la curiosidad rompe con eso. No siente un
cambio en su personalidad; revisa cada parte de su cuerpo; todo igual y en su
lugar... Incluso tiene la certeza de que aún posee una alma... o lo que sea el
inquilino que llevamos dentro, ese que no es carne y se confunde con la voz del
pensamiento o con el voceador de la emoción, sin límites, sin ancla, sin
descanso, sólo para deleitar a un cuerpo, dimensional y bastante limitado.
–¿Ya
estoy muerta?
–¿En
la muerte las heridas desaparecen? –le pregunto–, ¿hay silencio absoluto como
ahorita? –Suda frío–. La luz del sol es sólo la prueba de que estás más cerca del
infierno...
Pero
tocan la puerta; el timbre con su ruido me interrumpe.
“El
señor de la basura...
“Que
sea el señor de la basura...”
Como
sea, donde anda el diablo son siempre territorios de la muerte.
Suena
el timbre una vez más. Mitzy se despierta otro poco.
–M
a m a a a . . . –Disimula pereza, más impaciente
que todas sus mañanas.
Nadie
responde.
–¡Mamá!
–llama otra vez.
El
timbre hace lo mismo.
Sale
del cuarto y va directo a la cocina, con algunas palabras por delante para
empezar la discusión del día.
Pero
no hay nadie en la cocina. Apaga su desplante antes de responder al regaño que
no ocurre. Suena el timbre por tercera vez.
Sus
pies están helados con ese trepidar descalzo por la casa. Llega a la entrada, observa oculta tras el velo de la ventana, y que se escucharía
mejor si todavía dijéramos “dintel”: observa
oculta tras el velo del dintel.
Afuera
me divierto. Toco la puerta con la percha de un hombre espigado, muy vital,
perfectamente vestido a la moda, fresco, todo yo, con corbata delgada, solapas
abiertas, con mi traje de puños descubiertos, y con el toque de mi morral al
hombro, muy costoso, bastante chic. Le guiño un 'hola' a Mitzy, sorprendida
tras el velo del dintel; le gesticulo con alegría mi presencia, con las ganas milenarias
de abrazarla (literal).
Mitzy
retrocede. Otra vez toco, siempre amigable, sin prisas que opaquen el
encuentro. Pero coincide (o no) que el sol se oculta. Ella se aferra a la perilla
de la puerta, su alma se inquieta, el corazón le da vueltas. Está segura de que
no abrirá, ni aunque el aire nublado de la mañana congele el piso y entumezca
sus pies.
–Quién
–dice y regaña. O eso intenta.
–¡Me
llamaste y aquí estoy!
Breve
silencio. Más bien, pasé algo de saliva.
–Tengo entendido que tú eres la joven Amalia Mitzytlini... y que quieres tu libertad. Traigo conmigo un breve contrato, pero podemos negociar las cláusulas...
Mitzy le pide que la espere en el café, a espaldas de la casa, el de “Los buenos Díaz” Tú ya sabes, creo. Y lo sé, hasta ahora, porque... no todo es importante para el diablo.
Con mis zapatos en imitación de algodón y suelas sintéticas, camino hacia el café, seguro con que la muchacha irá detrás, a una distancia apropiada para poder estudiarme y convencerse...
Pero cuando Mitzytlini perdió de vista a tan inesperado galán, lo primero que hizo fue soltar el picaporte. Rezaba por fin un padre nuestro y no sabía a dónde llevar sus pies helados, o a dónde huir porque estaba en el lugar donde se sentía más segura en el mundo.
¿A dónde escapar? Se pierde en los versos del Padre Nuestro y termina el estribillo de una canción que le escuchó a su hermano, sin por ello acertar del todo... Porque se fue, porque murió; porque el Señor se la llevó... Se ha ido al cielo y, para poder seguir, debo ser muy buena para estar con él, Dios, amén.
Es algo más que puros nervios. Tiene la enorme certeza de que el Padre Nuestro no funcionará. Tiene consigo un jabón de trastes y zacate. Talla la pared del cuarto hasta desaparecer toda la sangre dispuesta en el diagrama, pero conforme borra, la herida en su mano vuelve a abrirse...
En la cafetería de Los buenos Díaz, el recién llegado sorbe su bebida arábiga, una mezcla de altura con sabor vainilla. Agrego, además, dos sobrecitos de azúcar mascabada para neutralizar la acidez y exaltar la vainilla...
–¿Otra cosa, señor?
–Sí, quiero que...
El muchacho enfría de golpe el pensamiento... Observa sin querer la hondura de mis ojos en destellos de fuego. Suda frío.
–Cuánto lo siento –le digo.
Chupo mis labios, pongo al descubierto mi lengua viperina y se eleva el efecto nocivo de mis ojos. El muchacho, sin controlarse, tiembla frío.
–Perdón en serio –Insisto, de manera que suena más a maldición–. No se me da… ser cálido cuando alguien, como tú –Toco su frente al señalarlo–, intentas engañarme.
La carne del muchacho, sus músculos, su cuerpo, no obedecen la emergencia de salir huyendo. “El diablo ríe”. Yo, me río. La oleada de los primeros clientes ya pasó. Se encuentra abandonado.
Me echo a reír como un dios vencido. Es mi carcajada un bufido que nace de la matriz del mundo; apestoso, telúrico, espásmico... el aliento de mis fauces atosiga al joven; quisiera decir que lo corrompo... aunque solamente tiembla. Su voz tiembla...
–...Son cin cuen ta pe sos .
–Toma mil... –Sonrío–. A menos que prefieras cincuenta mil.
El joven despachador me observa un poco más. Aquellos dedos largos juegan con un billete de mil, notando sin esfuerzo las más de cinco extensiones de la mano, asidas al contorno rosáceo del billete...
–¿...Es un re ga lo ? ? –Reza en su interior un Padre Nuestro, lo sé, vibra en la cafetería y un poco más allá.
–Imbécil –le digo con ternura–, regalado no te puedo dar nada.
–Es tá bi en –Su mueca vislumbra algo de alegría.
Termina de rezar en su interior y se concentra en cantarle ahora al Espíritu Santo, igual y como su madre le insistió las veces que lo encontró frotándose en el trasero de una vecinita, contentos con jugar al papá y a la mamá.
Esos versos, o el canto en sí, siempre me apaciguan. Y al instante crece el alma del que reza, hasta tomar confianza para crecer un poco más y asomarse en mis pupilas. Se ciega con ternura por el resplandor de los valles de la muerte, donde todo se quema. El tiempo se quema. La espada se quema. Los cuerpos se queman. Las ideas. Mi memoria. Dios, que tanto queman, se quema, revuelan sus cenizas, conforma las cosas del presente, que se queman de nuevo para abrazarse al polvo y vivir en la ceniza... Una buena idea de la eternidad.
“Lo que algún día nos dio amor o un poco de alegría, nunca vuelve –El muchacho me escucha en su pensamiento–. “Y si nos dio todo el amor y toda alegría, tampoco vuelve”.
Eso son mis ojos, los valles de donde nada vuelve. Poco o todo, mueren las cosas, mi resplandor, el miedo en la piel tras el mostrador de tan limpia cafetería. Son mis ojos la ventana a un mundo que se gobierna solo. Jamás me necesita.
–...Es tá bien, a mi go –dice quedo–. Es tá bien. Es gra tis pa ra us ted.
*
Mitzy sabe que la pequeña hemorragia no va a detenerse. La cita en el café de “Los buenos Díaz” se vuelve inevitable; todo lo que toca lo embarra con la sangre de la herida abierta: su ropa, las sábanas, el celular... donde marca un número e igual ensucia su pequeña pantalla sin alcanzar a ver al que llama. Confía todo a su memoria.
–¿Oldas? Por favor, tienes que ayudarme.
–Mitzytlini, ¿qué te pasa? –Afortunadamente es la voz de Oldas.
–Recordé tu historia de los exámenes que pasaste sin estudiar... Creo que acabo de hacer una estupidez pero sé que puedes ayudarme...
–Mitzy... Dulce Mitzy...
–Oldas –Era su voz pero... aquel tono–. Oldas, amigo, ¿eres tú?
–Habla el dueño de Oldair –le digo.
–¿...Qué?
–Ya sabes quién soy, aunque no sólo me gusta ser el diablo, también me gusta ser el espantoso, el babilonio, el dragón, el cabra, el calumniador, el tentador, el fiscal, el pentasexuado, el hermoso-horrible... El amo de Oldair... el mismo Oldair ocupado por mi ser... y tú, Mitzy, también, próximamente, ya que escuché un “sí” escasamente inteligible... ¿Lo recuerdas?
Cuando terminé de presentarme, el cuerpo de Mitzytlini (todavía dueño de su voluntad) ya se había decidido a reaccionar con esa sensación de frío en exceso, donde no solamente se hiela el cuerpo sino también el corazón y las ideas. Se espantó. La cortada continuó su cauce carmesí para humedecer todo el entorno hasta vaciarse el corazón de la muchacha.
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| El Diablo Ensaya 2 (Fragmento) Autor: Javier Acosta - 2020 |
Javier Acosta Romero
2
Se puede decir que se aparece el diablo. O creer que se aparece el diablo…
Repito. Se aparece el diablo, uno lo cree y lo puede platicar… O no creerlo. De todos modos ocurre: se aparece el diablo. Incluso, se puede juntar la comunidad para tratar el asunto de las apariciones continuas del diablo ya que su fama empieza a llamar la atención de los atrevidos que lo buscan y de los despistados que lo encuentran... Oldair lo vivió, Mitzy también, y son de los casos menos sonados. Los otros… casos. Esos, todos los días se repiten. Como el caso del viejo Gonzaga, quien se cita siempre al pie del mismo árbol, en la esquina de la calle que lo vio nacer en las primeras décadas del siglo pasado... Nada ha cambiado y, según dicen, nada cambiará a pesar de los grandes comercios que lo asfixian de a poco, pero nunca la esquina donde Gonzaga ocupa su sillón para pasar las noches bajo la frágil luz de esta calle.
Si alguien supiera que Gonzaga vivía en la tercera puerta a partir de la esquina más cercana, sabría también que la casa está vacía. Hasta la llave de entrada se ha perdido. El origen de la vida en esa casa se ha olvidado. Sólo es que den las siete de la noche para tocar el capulín que le sirve de sombrilla, compañero o tótem y, una presencia, se materializa, ya sea como niño o como señora, como oficinista o como obrero, tendera, médico, lo que quieran, hasta un futbolista de la cancha más cercana... Siempre con el mismo discurso:
–Soy el diablo –le dicen.
–No es cierto –les responde.
–Sí lo soy.
–Eres demasiado humano para serlo.
–Te lo demostraré. Mataré a todos los habitantes de esta pendeja calle y solamente a ti te dejaré vivir.
–No, por favor –les suplica falsamente a todos–, ya he perdido a muchos como para que otros tantos mueran nomás por dudar de que eres el diablo.
–Entonces, ¿ya me crees?
–‘Te lo creo’.
–De todos modos mataré a los de esta cuadra.
–Por favor –suplica como si pidiera tres tacos de canasta–, sólo mátame a mí, yo soy el pendejo que dudó, nadie más. ‘Te lo suplico’.
–Está bien.
Y una nueva ramita nace en el tronco del capulín, lleno de nudos gimientes, todos con el mismo rostro de Gonzaga, agradecido con no creerle nunca al diablo, día a día, esclavo en una calle que nunca tiene para cuándo desaparecer, con todo y los esfuerzo que se han hecho en los alrededores, como el café De los buenos días o el salón de fiestas que está al otro lado. O la tortería que devino en heladería para luego ser tortería de nuevo y al final un práctico expendio de comida corrida. O el bar de la contraesquina, dos pisos de mesas que nunca duermen aunque estén vacías. O los tacos de parrilla que atienden al lado opuesto los fines de semana, en uno de los costados del palacio industrial de Loreto, devenido en vecindad de comercios, atragantados por el museo de una muerta. Por eso es bueno regresar a la esquina, observar que sólo queda el capulín, el largo sillón maltrecho de Gonzaga y, a unos cuantos pasos, la clínica misteriosa atascada de ancianos que llegan a hacerse pruebas químicas con la locura de querer recobrar la salud perdida... O encontrar, a un ladito, la sucursal bancaria (lado posterior del maldito consorcio global todavía norteamericano), que sólo ofrece una salida de emergencia. O el agujero de más abajo, con unos cuantos pasos se alcanza, ahí entran los carros a un burdel de mercancías que dan a la otra calle, esa sí concurrida, artificial y bendecida con el tráfico permanente de Revolución, el final de la avenida. Por eso regreso con Gonzaga, dormido y despierto, todo un faquir del altiplano; complementa su cena con el olor de la panadería informal que se abrió junto al café Delosbuenosdías, donde con abrir una ventana se atiende a la clientela escasa del barrio y a la masa trabajadora que circula a diario: pedidos de conchas de chocolate, donas de chocolate, cuernos rellenos de chocolate, rebanadas de vainilla con orillas de chocolate... Ahhh, el chocolate... Gonzaga define la carga de aceite que afecta el olor de tanto chocolate mientras responde a las voces que se acallan con los días, mientras súplica, tan falso como tantas oraciones, para que nadie más se muera en esa calle.
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| El Diablo ensaya 3 (Fragmento) Autor: Javier Acosta Romero. 2020 |
Javier Acosta Romero
3
O los hermanos, claro. Entre los dos les es más fácil todo, y es siempre mayor la recompensa. Porque solitos, puede uno hacerle al loco y nada pasa, el universo se calla ese secreto. A menos, claro, que el diablo haga presencia y exija a ese par la corrección debida para que no terminen iguales a su padre, que por algo nunca conocieron.
La vida de ese par de niños no existiría sin el diablo. Mejor es que le teman, porque el ejercicio de la disciplina lo desconocían. Sí, la disciplina es cosa del diablo y de quien se deje gobernar... Cae el sol y las lámparas del alumbrado público se encienden, es hora de regresar a casa antes de que el diablo llegue, porque si encontraba al par de hermanos afuera, los encerraba de pie en el pequeño armario, sin posibilidad alguna de estirarse ni de ir al baño, hasta la mañana del día siguiente. Y si hicieron sus cochinadas, debían lavar antes de irse a la escuela. Y, la tarea que no hicieron, la harían como fuera, ¡pues qué!, son las seis de la mañana, en dos horas se puede todo; y allá ustedes si me mandan llamar por su huevonería!!!
...Era preferible meterse a tiempo a casa, escuchar a su mamá hacer la comida (si la había: mamá, comida o ambas) y observar la tele, pendientes de la puerta, que tiembla (podían jurarlo) cuando el diablo encaja la llave, la gira y entreabre. ¿Todo bien? ¿Qué creen que traje? Y si la mamá estaba, era la única que respondía “no sabemos, ¿qué es?” Y el diablo lanza una carcajada, dilata la respuesta hasta agarrarle las nalgas a la dama porque, pobre si no estaba, cuando por fin llegaba la mujer.
Era la recámara un cuarto de torturas, un interrogatorio exhaustivo sobre todos los pasos extras que ella dio “inesperadamente” para visitar a una hermana, encaminar al abuelo, ir al mandado... El diablo nunca le creía (ni los hijos, ¿cuál abuelo?) Por la mañana la mamá disimulaba con torpeza el dolor de su cuerpo torturado. Nada de abrazos, vámonos ya, hijitos, sus cosas mis amores, otra vez no se peinaron, como si no existiera el cepillo (no existía). El diablo, en tanto, se perdía en las mañanas, no estaba en la recámara ni en el baño; nunca lo veían a esas horas ni escuchaban la puerta si se iba. --------------------------------------------------- Lo único que podían jurar era que el novio de su mami se iba con las sombras de la noche (literal), sin cuerpo, sin voz, sin remordimientos. Se iba con las sombras entrada la mañana.
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| El Diablo ensaya... 4 (Fragmento. Javier acosta 2020). |
Javier Acosta Romero
4
Nadie recuerda desde cuándo esa calle es tan oscura, pero lo achacan a la construcción de la acera de enfrente, que nadie recuerda tampoco cuándo se construyó. Un edificio de ocho niveles cuya posición y amplitud sólo permite que los primeros rayos de sol entren a las casitas (media hora, no más), el resto del día son las sombras, su frialdad inquietante. Los dueños de la construcción pensaron en la renta que cada piso les debía proporcionar; barata, 30 mil pesos, y la planta baja la dividieron en tres para que cada comercio soltara su cuerno respectivo. Además, la azotea era para los dueños, que utilizaron la estructura como cimiento para una residencia muy modesta de 800 metros cuadrados... De vez en cuando, desde lo alto, uno de los residentes va a asomarse a la parte oscura de la calle para observar al viejo Gonzaga discutir con algún diablo de gente; y alcanza a ver a los hermanos jugar desenfrenados, famélicos, aprovechando al máximo la ausencia de su madre, una joven que daba pinta de no ser madre de ningún chamaco ni de nadie... Y, claro, la otra vecina, ahí va, como siempre, rumbo al café “De los buenos días”, siempre perezosa y separada de su familia.
Cuánta alegría veía en todo eso comparado con la sobriedad que él vivía en las alturas. Es momento de regresar a casa. Le da la espalda a la penumbra, sin ganas de quedarse deslumbrado con el sol de esa mañana, pleno y juvenil, por eso camina con pasos inseguros, directo al umbral del comedor, donde su padre está en convite junto con sus otros hermanos. Con modestia, admira a su padre y a sus dos hermanos mientras atacan el menú asiático que acostumbran desde hace algunos meses; sus preferido son los fideos vietnamitas... Aunque es triste también el desapego que siempre llega rápido sobre las cosas favoritas: antes de los fideos fueron los albondigones de arroz japonés, y más atrás prefirió las lonjas de pescado cocidas con sal... Pero en lo profundo de la sinceridad, extraña las pelotas de carne y arroz con chipotle, y las masas de sabores que bebían como atole o champurrado... Tiempos que se debaten en otros tantos sabores olvidados, con la presencia del papá cada vez más insustancial, igualito a las actividades de su par de hermanos recién salidos del gimnasio, olorosos a esa colonia con que intentan cubrir las potentes emanaciones de su hedor...
Siempre el raro es él, que disfruta ese aire de afuera, que conserva en su piel el luminoso sol de las mañanas, que siente los pasos camino al comedor como si pisara una luz pura, una sensación de levedad, necesaria para abordar con ligereza los almuerzos cotidianos.
–¿Todo bien, Pancho?
–Sí, padre.
–Y, ustedes dos, ¿ya están listos?
–Con la pistola desenfundada, papá...
–Desenfundada y con cargadores extras, jejeje...
–...Algún día –Mastica el papá– deberíamos esforzarnos en perder dinero. Ya basta de ganar... Es algo que debe ser posible, ¿no lo creen?
–Ha de ser, jejeje... –responde el más pequeño–, cuando gano menos de lo que esperaba sufro igual, como si perdiera.
Mastican las verduras caramelizadas.
–¿En serio, Perico?
–...Si no gano lo planeado me frustro, papá, lo siento como si perdiera la vida en una dimensión a la que ya no puedo regresar si no es con ganancias.
–¡Bravo! –Irrumpe Francisco y bromea–, mi hermanito es una prueba más de que el dinero no es todo en la vida ni es trascendente en los negocios. ¡Perico ya es un adicto, papá!
El menor construye la respuesta y la tiene ya en la punta de la lengua, pero le gusta también la manera en que brotan las venas en los músculos de su antebrazo al momento de arrojar la servilleta en la cara de su hermano...
–Soy un adicto a querer siempre más. ¿Cuál es el pedo?
Nadie responde, porque saben que lo siguiente llevará la servilleta de cada uno a la oquedad de la boca de cada cual. Eso, Perico lo desea, resbala el impulso por su mirada que denota además una singular ingesta drogadicta. Perico es el único que escucha los cubiertos cual potentes bombarderos contra los restos de comida. Pero disimula. Todos disimulan. Llevan su energía a dejar en claro el cansado gesto, segundos necios donde el papá limpia intensamente sus comisuras con la idea que a diario lo aligera:
–La única manera de perder todo lo que tenemos, será si nos desaparecemos unos cuantos días, o todo un año, o toda la vida.
Francisco esculca en la intención de esas palabras...
–¿En realidad lo crees?
El papá descubre entonces que pensó en voz alta y su primera reacción es natural: lo niega; se sonríe; enrojece; hace muecas. Es torpe en su respuesta que no les dice nada:
–Mmmmm-ññññññ-ahhhh... sí.
–Pues estoy contigo, papá. Es buena idea –canta Períco, que devora más fideos vietnamitas.
Los otros dos no esperaban menos e inevitablemente ríen a carcajadas.
Perico se lanza sobre ellos, desordena la mantelería mientras infesta con tela las oquedades babosas de sus hermanos:
–Sí –sus músculos son ágiles tenazas–, yo mismo los mataría, puedo verlos reventados por completo, sin ningún pedazo de carne que asegure al mundo que ustedes existieron.
–¡Jahahahahaha! –Los hermanos se pierden en la poca resistencia para terminar huyendo de la mesa, con su papá absorto en el paréntesis creado con estruendo (cachorros al fin): platos caído, sillas chirriantes y tanta comida disparada en todas partes.
Perico tiene euforia para regalar.
El mayor y Francisco, más conscientes de que su padre sigue en la vida, firme en su silla, retoman la formalidad de las mañanas. Usan las mismas servilletas que sacaron de sus bocas, ladean la cabeza, estiran el cuello y la espalda... Mastican... Sonríen entre ellos, se congracian con su padre.
–A mí parecer –dice el mayor– lo tuyo me suena a una excelente película. En lo que pueda, quiero ayudarte...
–Empieza entonces con envenenarnos el desayuno de mañana –Lo reta su papá.
El primogénito sabe dónde terminará esto.
–...Puedo hacerlo, envenenarnos tantito, pero dile a nuestros agentes que me lo permitan.
Silencio.
Y continúa:
–Nuestros agentes siempre te obedecen. No hay necesidad de que nosotros lo hagamos. Ellos pueden.
El papá mastica un trocito jugoso de pollo adobado, se sabe el artífice de este laboratorio familiar desprovistos de su propia historia, sin el pasado de una esposa, de una madre engendradora, o de otra parentela a la que puedan invitar o visitar. Las lágrimas le atascan la garganta. Pasa saliva. Ya no le importa si está pensando o si lo dice desde los pulmones...
–He tenido ganas de matarlos, y sí, he intentado matarlos, no sólo matarlos a ustedes, matarnos. Nuestro cuerpo de seguridad no es el problema... ellos nunca intervienen... ni se enteran... Es algo peor, les he puesto a ustedes el cañón de una pistola mientras duermen, una espada, un cuchillo, una escopeta. He hecho el esfuerzo por matarlos, y al tratar de liberar ese impulso asesino, algo siempre se interpone... Hasta he traído bombas para detonarlas, y las activo pero nunca estallan. No pasa absolutamente nada...
Los hijos dejan de comer, bajan la vista para no avergonzar a su padre con las tantas lágrimas que le escurren por la cara sin limpiarse ninguna; algunas caen en la taza de té...
–También he intentado prenderle fuego a este edificio... He mandado a un grupo especializado a que arroje sobre nosotros misiles dirigidos con laser, o que saboteen nuestro helicóptero y toda nuestra flota de transporte... Pero nunca nada; somos malditamente intocables, prodigiosamente invencibles...
Silencio. No sabe si sus hijos lo escucharon o disimulan que realmente nada ocurre porque, lo más seguro, es que realmente nada ocurre.
–Papá –dice Perico–, si en serio quieres tanto unas vacaciones, tómalas y ya...
Ríen los otros, y aprovechan para pasar a otros asuntos. El mayor despepita, dice que hay una nueva viuda, la recepcionista de la sede en Polanco, tan hermosa muchacha y simplemente su viudez la ha convertido en apestada... Pues apúntate hermano.
–Apúntate tú a ver si así se te quita lo putote.
–Yo lo digo por ti, para ver si lo puto lo confirmas y me dejas a la Chela esa, de los Aguinaga.
–Te dejaré pero bien pendejo o, si quieres emparentar, ahí está la mayor, culta y todo... igual y te quita la cara de asno que le pones las veces que te pide la invites a salir...
Francisco se levanta.
–Tú, ¿a dónde...?
–¿Al trabajo...? –Responde irónico.
–Nada, hoy llegaremos tarde –Gruñe el papá y pide más té para todos, que obedecen con aparente calma, impacientes por devorar el postre para dejar la mesa y aprestarse a arrebatar aún más dinero, al modo como la humanidad procuraba las ceremonias previas a la cacería.
–Somos unas máquinas –mastica el papá, y sonríe al tiempo que sorbe de la taza–, unas malditas máquinas de hacer dinero.
–A mí ni me cuentes –dice Francisco.
–Ni madres, panchito –lo acorralan sus hermanos–, eres igual de siervo que nosotros, respondes al mineral de la tinta en los billetes...
Con ruido llegan al final amargo de sus bebidas y se van en helicóptero a capturar dos empresas familiares coreanas, tres porcentajes mayoritarios de proyectos mexicanos novedosos y la adquisición de cuatro competencias que soñaron alguna vez con ganar algo del mercado a estos granujas...
Tiempo que Francisco ocupa para tratar asuntos completamente distintos, más mundanos, cuestiones de promociones laborales, salarios, permisos, capacitación, menús, equipamiento de cocinas y baños... Entre otros asuntos ¿recreativos?, que siempre lo divierten:
–Somos una compañía de teatro.
–Pero no la única... por desgracia –Les replica.
–Creemos que el teatro es fundamental en la formación del trabajo empresarial ya que promueve la cooperación...
Y Francisco lo interrumpe.
–De eso sabemos suficiente, nuestros trabajadores lo tienen claro en el contrato. ¿Qué otra cosa ofrecen?
–Calidad artística, una puesta en escena al gusto de ustedes para promover valores que apoyen los objetivos de su empresa... Valores como la tolerancia, el respeto, la solidaridad, el valor del trabajo...
–Somos un conglomerado empresarial exitoso, nos ocupamos de estimular los valores que requerimos... ¿Algo más... por ahí... que ofrezcan?
–Tenemos varios proyectos de montaje que, con la producción suficiente, empresas menores nos compran funciones completas, llevamos cinco años en los que hemos ampliado la base de nuestro portafolios...
–¿Cuántos años lleva con ustedes su cliente más longevo?
–Dos años.
–¿Traen algún video?
–Estamos en la red como “El lugar de la emoción sin límites”, ahí está nuestro trabajo... Y lo invitamos –le extiende cortesías–, a ver nuestra versión de Otelo, de Williams Shakespeare.
–Y, ¿es de piel negra su Otelo?
–Más bien lo actualizamos... Es un asesor financiero muy exitoso, traicionado por gente de su mismo departamento...
–Y su Desdémona...
–Es una actriz que vestimos muy elegante y sensual, en la historia es hija del dueño de la empresa... se encarga de los asuntos laborales... Pero Yago...
–...Es un personaje que hace mucho ejercicio...
–¡Sí, ¿cómo lo sabe?!
–Describen a mis hermanos... –Murmura
–Eh, no entendí, si me repite por favor...
–...Pensé en voz alta... Aunque ya tengo la duda; en su versión, ¿cómo le hace su Otelo para conseguir la mano de Desdémona?
–En nuestra versión todos la quieren, y el papá la pretende emparejar con Yago... Pero nuestro Otelo simplemente estuvo en el lugar y a la hora en que Desdémona requería de un teléfono celular porque no encontraba el suyo...
–Y se dio el amor.
–Más bien la pasión... El amor fue toda una discusión en la compañía...
–Cierto... Siempre quise ver cómo le hizo Otelo para llevarse a la cama a esa belleza de mujer. Me interesa su obra... Y quiero conocer a su Desdémona...
–Cuando guste, señor...
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| El Diablo ensaya... 5 (Fragmento. Autor: Javier Acosta Romero. 2021) |
Javier Acosta Romero
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El hermano fue quien la encontró, primero tropezó con el rastro de sangre que pasaba por abajo de la puerta. No se atrevió a entrar, habló por su celular a la casa. Nadie le respondió. Habló con su mamá; no le creyó.
“Ismael, déjate de bromas.”
–Estoy seguro que es mi hermana, mamá.
“Pues si estás tan seguro abre la maldita puerta.”
–No... no tengo edad.
La mamá se exaspero, ¿podía pasar por alto la respuesta estúpida de su hijo, todo un universitario refugiado ahora en reacciones de la infancia?
–¡¿Eres cobarde, Ismael!? –Lo trajo de vuelta–. ¡Abre esa maldita puerta! –le grita, mientras tiene ya un pie fuera de su trabajo, y aborda un taxi, y señala la orientación que el chofer debe llevar.
–¡¡...Qué pasa, Isma...!!
El llanto del hijo en la bocina: “¡Te lo dije, mamá! ¡Te lo dije!”
Un frío congela su garganta.
–¡¿No puede ir más rápido, señor!?
–Iría más rápido... –el taxista ha estado al tanto de ella–, pero el tráfico, señora... Qué más quisiera si la estoy viendo cómo está...
Fue un alboroto extraño. Ningún vecino se acercó a la puerta que sólo mostró un signo de luto dos días después: un muy delicado arreglo floral que algún extraño trajo a pie desde quién sabe dónde. Lo poco que se comentó en la ventana del pan de chocolate, fue que Mitzi se suicidó; que se les hacía que así terminaría, era tan sola y callada; que quizá nunca superó la muerte del abuelo a quien adoraba; los pocos muchachos que llevó a la casa seguro la deprimieron, con ninguno se le vio feliz; la escuela en la que iba era para volver loco a cualquiera, con sus sobrecargas de tareas, sin dejar tiempo para nada; y el rumor creció, en el café De Los Buenos Días alguien sabía (por algún otro enterado) que los papás de Mitzi fueron muy pendejos, ¿en serio no se dieron cuenta de lo que pasaba? Pues como siempre andan afuera, algo así sucedería. Como en la otra casa, igualito... con los niñitos esos que andan en la calle como huérfanos; pero el amante que se consiguió la mamá, nada mal pero; ...sí, todos escuchamos los mismos azotes, pero tampoco digo nada ni usted ni nadie porque parece que la señora lo disfruta; yo también he dudado, y me regañan cuando ando con ganas de ir a denunciar; no sé cómo entender esos gemidos, porque he vivido y sé que esa mujer anda haciendo circo entre las nubes; es una desgracia que en un ambiente así alguien se atreva a suicidarse; nomás falta que el que le trajo flores tan bonitas resulte ser el asesino; puede ser; podría ser; todo puede ser...
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| El Diablo ensaya... 6 (Fragmento. Javier Acosta Romero. 2021) |
6
De varias historias que tiene sobre el Diablo, mantiene dos en su escritorio. La historia del muchacho que da muerte a su madre a cambio de tener como pareja a la mujer más hermosa del momento… Ya no puede terminar con que el diablo se presenta ante el firmante, transcurridas varias décadas, solamente para llevarse su alma; el mismo Diablo decidió alargar el pacto al ofrecerle al joven matricida, asesinar ahora a la esposa, con la promesa que él y sus hijos tendrían una vida de poder y privilegios, como la inmortalidad. Claro, el uxoricidio no es un tema cualquiera, a eso solamente se podría atrever el Diablo, no alguien que procura estar al tanto del bienestar de sus vástagos. Quizá en las publicaciones amarillistas se puedan encontrar algunos uxoricidios, creíbles por tratarse de hechos perdidos entre las vilezas más comunes que se cometen con absoluto albedrío en contra de la integridad y dignidad de la mujer. Como sea, a la humanidad le cuesta menos trabajo el uxoricidio que el mariticidio, del que incluso se destaca desde la mitología el caso Clitemnestra: una de las más bellas mujeres asesina en el baño a uno de los militares peor portados aunque siempre victorioso, Agamenón. ¿Qué falta entonces? ¿Trasladarlo a un viudo con hijos nos haría pensar en la ausencia de la madre de esos niños por mariticidio??? ¿Merecía, Eugenia Linares, que el bruto ese la tomara por el cuello para que no pudiera decir palabra mientras era arrastrada hasta el patio donde finalmente desmayó? Nunca supo que el hombre ese, la siguió arrastrando por obedecer el dictado de una voz que él llamaba santa, sin temor a que los perros ladraran o a que los trasnochados los vieran. Sin cansancio, subió por la pendiente del bosque más cercano, concentrado en simplemente terminar con ella.
–¡Te la entrego, señor! –O algo así dijo, cuando por fin no daba con camino alguno. En la memoria no registra los detalles; que un trasnochado hizo lo posible por detenerlo; que el bruto este lo molió con la misma hacha con que fue interrumpido; que el alboroto atrajo a más curiosos y a varios perros; que la turba no se atrevió a apedrearlo ni a colgarlo ni a prenderle fuego; él mismo fue a entregarse a la cárcel municipal, donde tuvieron que despertar a gritos al carcelero. ¡Oh, malditas noticias! ¿Esto quién lo va a creer? Sin duda, me gusta mi trabajo.
El milagro del diablo comenzó a tomar sentido; en la casa de Eugenia Linares, ya sin ella, dormía el marido abrazado a un saco lleno de monedas de oro. Los brazos del hombre no tenían rasguños, y al marcharse por la mañana, con sus tres hijos, la noticia de la mujer que un leñador ebrio descuartizó con filo, empezaba a transmitirse a las poblaciones circundantes. Más fortuna esperaba al viudo en la ciudad más próxima, para saltar después a la capital y hartarse de valores. Mmmm ¿Por qué no saltar al mundo y conquistarlo? Era evidente; eso hubiera dejado al viudo completamente solo. Y si algo amaba el diablo de ese hombre, era el amor que sentía por sus hijos... Tan parecidos a la mujer que los parió, aunque ninguno de ellos tuviera su mirada.
El Diablo se estira. Se estira otro poco. Truena con delicia las vértebras de su espalda. Hace a un lado el documento y aspirar el escaso aire de la cueva, sólo iluminado por la llama blanca de una veladora que le dedicó a la flor más hermosa del momento.
*
Ahora ¿Quién falta en la historia de la muchachita Mitzytlini? Hemos visto a la mamá, pero no al papá, que frente al cadáver tan lavado y recién zurcido, luego de la autopsia, no tenía en su cabeza más que la masa de culpabilidad que se le acumuló al trasladarse del trabajo a la morgue, lapso en que encontró, en la extraña película de su vida, el momento del error: cuando conoció a su esposa... Así que maldice ese día porque entonces Mitzy no hubiera existido y no hubiera sufrido como se especuló en detalle a lo largo de la autopsia. Ni siquiera se atreve a llegar a casa, donde un vecino ya le ha avisado que las cosas van bien con la limpieza de la entrada y parte de la banqueta… ¡Que en general están limpiando todo!
Reaccionan al dolor sin entenderlo. ¿Qué más da? La muerte arranca los nervios, las lágrimas, el hambre. No hay peor cosa que sentir al que no está. ¿En qué estaba? Sí… ¿Cómo fue que cayó en garras de su esposa? Cómo fue que dio ese paso afuera del vagón, en una estación de metro tan lejos de su casa, sólo por seguir acompañando a su amiga que esa tarde le permitió tocara sus enormes pechos, besara sus jugosos labios y sintiera en los oídos los suspiros que hasta al diablo le hincha las venas más inesperadas…
Pero tanta carne, con la usura, se convierte en una intrincada y gruesa enredadera, una maleza inexpugnable, sellada con la muerte de la hija, que impide explorar y descubrir las ruinas, con el cuerpo que no sabe de deseos, que se hunde en la maleza.
El diablo toca con las manos la frialdad de un brote, igual a la cabeza del papá de Mitzytlini. Puede aplastarlo, puede patearlo, puede escupirle y que el hombre crea que esa lluvia son las lágrimas que nunca aparecerán en sus mejillas.
Tampoco le interesa las lágrimas de otros, ni las voces que lo llaman a la calma de la resignación. Ni en cuenta que camina. Si algo respira es la idea de venganza. Que la vida extinta cobre un significado más allá de las esquelas y de los avisos que dejó colgados en la funeraria... Se sabe una planta, de la que brotan verdes patas y garras, hambre y colmillos de origen vegetal, más evidentes si pudiera estar desnudo, desposeído o indefenso. Siempre es encantador entrarme en la carne y la psique de un cuerpo humano confundido.
Daba lo mismo estar en la morgue que en la funeraria, reconocer el cuerpo o cremarlo por la tarde del siguiente día. Toda esa espera fue un acto banal. Igual los abrazos, el consuelo. Nada agregaron, eran los de siempre, el sentimiento de quien vio a Mitzytlini a ratos y no en la intimidad de los recuerdos, en las cosas que sí significaron y que, de alguna manera, escribían su final... ¿Qué cree mi esposa que ocurrirá cuando regresemos a nuestra cama? Si la abrazo, sabrá que estoy ahí hecho un bulto flácido, escondido. La voluntad la guardo. Estoy a punto de girar la perilla de la puerta y entrar.
Una voz de muchacho… El otro.
Qué caray.
Deja la puerta y sigue la sombra que le llama. Es fácil seguir una sombra y no responder a la conciencia de lo que sí pasa. Se vuelve esa sombra un compañero y se deslizan juntos hasta la tercera entrada. Abren la puerta, puede sentirse el calor de una hoya dejada en el hervor.
–¡Holaaa! –Quién sabe qué respuesta esperaba.
En la recámara del fondo, una mujer responde.
–Estoy aquí, los niños ya están dormidos.
Los niños. Grata ensoñación. Los tiempos de cuando todavía eran dos.
–Y ¿Acabaron su tarea?
–Según ellos, sí –La mujer responde, como si realmente estuviera a la espera del vecino.
Vaya sorpresa la suya cuando los descubrió.
La sombra la retuvo en el momento en que ella huía en busca de los niños.
¿Qué clase de golpes habría esta vez?
La sombra intuye el nerviosismo, tiene una conciencia peculiar, transmite simplemente que en esta ocasión no la someterá como acostumbra, ni le haría sentir el miembro aquel, expandiéndose en su interior como una bomba que punza para quemarla en cada habitación de la consciencia.
Esta vez, te traigo un regalo. Los presenta. Ella no está dispuesta a obedecer, lista a desprenderse de la brutalidad o de la ternura estúpida del hombre que perdió a su hija.
–Parece que no te oye.
Está en un sueño. Sus ojos te miran con descaro. Devora tu figura. Tu cabellera. Tus ojos con el odio que me odia (Falto de lengua y de boca, qué puedo chuparme) ¡Los dejo solos, que no aprecio los modos que surgen de los tríos!






2 comentarios:
La acabo de descubrir amigo! Me dispongo a leer y disfrutar de tu novela por entregas. Excelente idea e imperdible evento.
Felicidades!
Excelente, amigo! Te mando un fuerte abrazo de Año Nuevo
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