domingo, 16 de julio de 2017

Por qué no existen las muertes cómicas

(Imagen del Boletín 650 del INBAL, 17 de mayo de 2017)

Javier Acosta Romero

En una de las funciones de cierre de temporada de la (a)puesta El convivio del difunto, estuve reflexionando algunas cosas mientras transcurrían las humildes situaciones de carácter digestivo, lo que no demerita sino que, caracteriza, la intención de la puesta en escena dirigida por Martín Zapata. Se vale que la gente pase un momento a gusto, sin exigencias ontológicas, acotado solamente por la reputación institucional que cobija a esta obra: la Compañía Nacional de Teatro, lo cual puede explicar que el acceso haya sido gratuito.
            Aquí entonces las reflexiones metaescénicas, claro, más meditadas y ampliadas con los días:
            a) ¿Cómo es posible que las bancas de este teatro (Sala Héctor Mendoza) sean tan incómodas? Aunque también son incómodas las butacas más baratas en los cines... Y El convivio del difunto fue gratuita. La incomodidad, por tanto, debe ser intencional; la gratuidad y las butacas baratas no dan derecho a dormitar ni menos a roncar o estirar las piernas... Igualmente, la incomodidad nos enfoca de modo poderoso, concentra nuestra atención; podemos estar al tanto de lo que ocurre en el escenario porque lo otro que nos ocupa es algo que ocurre ahí mismo: la incomodidad de las bancas... Nuestros sensores parten de la incomodidad para reconocer la comodidad –la modesta estética espectacular– del escenario, donde estamos dispuestos a salir hasta terminada la obra. Concentrados en esa dualidad nos quedamos con lo más evidente de la escena... las caracterizaciones... el d i s c u r s o , quizás... no así la situación que, de ser un planteamiento interesante, se desdibuja a media obra y se improvisa al final... Claro, los espectadores estamos tan incómodos que, efectivamente, al estar pendientes de nuestro trasero dolorido la escena resulta placentera...
            b) La sala es tan pequeña que, si alguien de entre los asistentes hubiera expelido una flatulencia, el resto del público seguro se ofendía, no así los actores... que necesitaban algo vivo para darle intensidad y sabia a sus ejecuciones. Sí, los espectadores sufrimos con las bancas donde nos ubican pero también inferimos el sufrimiento actoral en la escena, donde se emitía un discurso por demás banal, políticamente correcto, a partir de un planteamiento interesante... Pero sólo en el planteamiento, porque la realización prometía, al inicio, un potente material metafísico digno del Siglo de Oro español: un muerto que sigue haciendo uso de su cuerpo como si estuviera vivo; es fársico, sin duda, magnífico, monstruoso; pero da el caso que la historia, llegada a un punto en que se niega a sí misma (yo digo que no supo el autor qué hacer, fue evidente que el material lo rebasó y, antes de que se le saliera de las manos, le echó unos polvos de realismo y), ¡pum!, aterriza en la zona del desengaño, donde el valor de la prehistoria (que ignoraban varios personajes y nosotros) tiene la fuerza de cambiar el curso de la acción. La lluvia moralina se convirtió en diluvio cuando confirmamos el engaño del protagonista con respecto a su condición de muerto, una chistosada en la que se nota que los actores se la pasan a gusto, cosa que inclinaba a los espectadores a dirigir el pulgar hacia abajo en señal de ejecución (sin que la escena lo notara, claro, así nos las gastamos también para procurar nuestro bienestar). El giro convierte a la obra en melodrama y al final, la felicidad se ve perturbada por una muerte más que intempestiva, violenta, porque el destino –que por ser una obra de teatro es de carácter humano–, ejecuta al protagonista sin decir 'agua va'. De terror, pero la sala se olvidó de los pulgares.
            c) Un buen final siempre va a salvar una mala obra. Fue tan impresionante la manera en que el protagonista muere que, todo lo anterior, se olvida. Con esfuerzo uno recuerda que a la primera escena le seguía otra aún más aburrida, unos relámpagos nos despertaban, unas actuaciones nos alertaban jocosamente pero, la muerte, esa nos despertó del todo, no sólo por la certeza de que ya no habría más obra sino porque el ejercicio profesional del actor Arturo Beristain nos puso los pelos de punta: ¡paro cardiaco fulminante...! Todo el aburrimiento lisonjero se olvidó y el presente del cadáver fresco llenó nuestros ojos y nuestro porvenir... Qué gran final, me dije. Esta obra la tiene que ver más gente, eso pensé en ese momento.
            d) Los efectos medidos pertenecen al teatro más tradicional y comercial, y El convivio del difunto juega con ese miedo que hoy en día es de lo más popular, que es el temor a perder la vida intempestivamente; la mímesis con el ambiente terrorista, de inseguridad y de fatalidad que aturde a nuestra época se hace presente en un instante donde los espectadores estábamos nulamente exigidos por la escena. El golpe emocional que recibimos fue tremendo.
            e) Un vacío temático siempre se disimula con un buen trabajo protagonista, como en los partidos de futbol donde termina el encuentro empatado a ceros pero que, gracias a la actuación de algún jugador, más la cerveza, el tiempo transcurrido valió la pena. El salvador en este caso (sin cerveza, un mayor mérito) fue el actor Arturo Beristain (APLAUSOS, APLAUSOS Y MÁS APLAUSOS), se mantiene en forma, sin duda.
              f) Cierto, el título de esta entrada promete una respuesta a por qué no existen las muertes cómicas. Primero, decir que la respuesta que planteo se basa en el ámbito teatral. Así, una muerte bien ejecutada ocurre cuando produce en el espectador la certeza situacional de que la muerte es significativa, por lo tanto debe ser ejecutada y ensayada muchas muchas muchas veces, hasta la perfección. Cualquier variante fuera del plan produce risa y, si esta no se nulifica produce burla que, si no se neutraliza desarrolla en el espectador una sensación de superioridad con respecto al escenario que identifica a los actores y al director y a los productores como gente ridícula y, de eso, ni dios padre se levanta. Lo que me lleva a complementar la idea del título: las muertes cómicas no deben existir, a menos que sea intencional causar risa, burla o ridículo en el espectador. 
usygly@gmail.com
_________________________

Ficha: El convivio del difunto, Teatro “Sala Héctor Mendoza”, Martín Zapata dramaturgia y dirección, Enrique Singer director artístico, Alejandro Luna escenografía e iluminación, Jerildy Bosch diseño de vestuario, Maricela Estrada diseño de maquillaje y peinados, Reparto: Arturo Beristain, Mariana Giménez, Juan Carlos Remolina, Astrid Romo, Gastón Melo, Diana Fidelia. Compañía Nacional de Teatro - Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2017

domingo, 11 de junio de 2017

"Octubre en primavera" - Texto Renegado # 1**

(Fragmento de un collage de César Kostia, ¡Patria Libre!, Cipselas, 2023, p22)

                                                                                                        Javier Acosta Romero
                                                                                                               usygly@gmail.com

No creo en fantasmas. No en los fantasmas de afuera. Pueden seguir platicando lo que quieran sobre aparecidos y desaparecidos y que si el diablo y que si dios y sus ángeles. No creo en eso. El de allá hasta se atreve a hablar de nomos, ¡qué barbaro!
            –¿Y tú, Efraín? ¿Viste fantasmas?
            –¿A poco ya se les agotaron sus historias?
            Con lentitud dijeron que sí; movían la cabeza de un lado a otro, la boca abierta y sonriente; era su esfuerzo por aparentar que no tenemos miedo a pesar de que aquí mismo se siente algo que puede ser un fantasma, aunque en fantasmas no crea.
            –En qué crees entonces, pinche Efra.
            –En lo que he vivido. No me ando con mamadas.
            Esperaba que se rieran, pero no. Al contrario, congelaron su gesto. Quizá ya estamos demasiado empapados con las historias de todos, y que al final son una sola. Pero nadie quiere olvidar. O no podemos.
            –¡Ya, cabrón, cuenta tu historia! –me insisten.
            Por algún lado debo empezar. La yerba crece entre nosotros, son evidentes los retoños que brotaron con las últimas lluvias. Empecé:
–El simple olor a pasto me traslada a cuando era niño y visitamos la Plaza de las Tres Culturas; ahí mi papá nos dice que asesinaron a mucha gente. “Muchos jóvenes... como ese”. Y señaló a chavos, como varios de nosotros, ahora. Especialmente me le quedé viendo a uno, quizá por su greña larga, quizá por su enorme sonrisa o por la forma en que miraba a la chava con quien se reía. En eso, el mismo chavo siente la mirada infantil y a lo lejos me ve y me saluda, levanta una de sus manos. No lo hubiera hecho. Entre que mi papá nos habla y que el chavo es como todos los que mataron, pues clarito vi cómo se dobló, cómo intentó de nuevo ponerse derechito y se dobló otra vez. El niño que yo era no alcanzaba a entender esa agresión, pero estoy seguro que mi papá no me soltó cuando corrió a ayudar al greñaslargas... tirado de una manera rota, desordenada: Le salía sangre por unos agujeros enegrecidos mientras sus manos y sus pies señalaban hacia diferentes partes. Su chava, sacadísima de onda, no sabía si escaparse o llorar. Nadie hizo más, nos acomodamos para verlo morir y, para que él también nos sintiera morir, porque el ejército cargó con todos. En un instante todos agachados; en otro, enmudecidos, con la temperatura del suelo tan caliente como la sangre derramada. De quién podía ser tanto plasma sino de todos, devorados por las máquinas que siempre estuvieron ahí. Nos arrojaron con facilidad en diferentes camiones, llenos de otros muchos muertos.
            “Tan fácil fue, que ese mismo día nos tiraron en fosas, zanjas enormes, escondidas a orillas de la ciudad, todavía pequeña para el naciente mes de octubre de 1968.
            “Quién sabe dónde quedó mi papá, pero aprendí a no extrañarlo. Y ustedes, cabrones, me sorprende que sigan lelos esta historia, como si nunca la hubieran escuchado”.

(***) Este texto ya no encontró cabida en el libro de cuentos La Tarde, los mejores están en ese libro, éste solamente es una probadita que, de gustarles, seguro estarán dispuestos a entrarle con buen diente (exigente diente) al banquete que es el libro. Saludos a todos y felices días!!! Chequen el enlace:

lunes, 4 de julio de 2016

Crónica de una muerte anunciada - Gabo

(Imagen tomada del listado.mercadolibre.com)

Javier Acosta Romero

La magia poética de Crónica de una muerte anunciada, es la de todas las novelas de corte existencial: volver entrañable la muerte de quien, en un principio, era un desconocido para el lector. Y lo logra a partir de una apuesta arriesgada: la repetición enriquecida, que es una manera comunitaria de recordar las cosas: después de la vivencia entran en juego los testigo, o alguna otra información nos hace revivir la experiencia en aspectos que no habíamos sentido ni considerado. Iniciada la novela sabemos que Santiago Nasar morirá asesinado, pero al final es cuando esa muerte ocurre desde la vivencia misma del personaje, porque antes fueron el resto de las versiones (ordenadas, justificadas, afectadas), sin embargo es la víctima la que transmite la experiencia de lo que puede ser morir; rebasa las circunstancias hasta encontrar una respuesta a ese absurdo, cuando los atacantes y la gente lo dejan en paz. La vida del cuerpo acuchillado lo es hasta que termina de desangrarse; el noventa por ciento de la novela es muerte y lo que se dice del muerto, pero es el valor del cuerpo (herido de muerte) el que potencia la existencia, el que transmite al lector esa intensidad insoportable y, sin embargo, el lector permanece ahí, en la realidad donde cierra el libro mientras piensa (porque lo siente) en Santiago Nasar.
             Paradigmáticamente, las cosas que ocurren en la realidad no pueden cambiar, pero sí la manera de contarlas. Por ejemplo, no se puede cambiar la Guerra Fría, aún con nuestra participación es indudable que un imperio lo que menos quiere es morir. Pero, ¿qué somos frente a esa realidad donde pareciera que no ocurre la batalla? A Santiago Nasar le desfiguran el cuerpo, al grado de volverlo irreconocible; lo mismo ocurre con la identidad de las personas en las zonas urbanas, reducidas a porcentajes, números y variables dentro de las estadísticas de población, que es otra manera de presentar el desastre de una Guerra fría que no es lejana ni ajena.
            Otro valor. Los imperios se basan en personas idealitas, que ven la realidad de una única manera y que creen que esa manera es superior a las demás. No podemos cambiar la naturaleza de las personas idealistas. Bayardo San Román, por ejemplo, sale del pueblo de la manera más indigna para un “caballero” en tiempos de guerra fría: se provoca una congestión alcohólica que obliga a sus familiares a sacarlo en una hamaca hasta el embarcadero, disimulando ese ridículo con la belleza propia de las hermanas en actitud de plañideras distractoras, porque a final de cuentas Bayardo San Román (BSR) hizo el ridículo de creer que la mujer de apariencia más pura debía ser virgen porque, la madre más pura seguro conservaba en la virginidad a la hija. Pero, ¿quién (hoy en día) todavía confía en el criterio del ojo? BSR sí (los idealistas sí), porque vive para transmitir una imagen quijotezca de sí mismo, como un idealistas que sólo sabe de elegancia y masculinidad hasta para hacer mutis en las situaciones más desesperadas. Igual, la naturaleza de cualquier imperio es la naturaleza de los individuos bayardosanromanistas, tienen fe en un ideal, se saben con la fuerza para materializar ese ideal, y cuando creen encontrarlo lo presumen a los cuatro vientos hasta que, en la intimidad, no son capaces de mentirse a sí mismos y deciden ver con la verdad: la virginidad (como la superioridad militar) no existe (Estados Unidos no puede negar su virginidad ya que la presencia de Rusia... y de China son por demás tangibles e innegables). El ideal puede conservarse en la mente, se le puede presumir afuera pero, en la intimidad, es difícil no aceptarla porque estamos con nosotros mismos. BSR y las mujeres de su familia son lo mismo que los medias, seducen al pueblo, lo engatusan, pero se esfuman y se victimizan cuando las cosas no ocurren como esperan, sus arranques efectistas envejecen como BSR, aunque siempre están dispuestos a arranques creativos renovados, con otros nombres, en otros estilos, con nuevas poéticas...
          Crónica de una muerte anunciada soporta esta y otras tantas lecturas a partir de sus tantos personajes, debido a su diégesis basada en la porosidad misma de los recuerdos que no son sino desesperados discursos de la verdad, en una época donde la verdad evade las evidencias, la ciencia y los propósitos, donde cualquiera puede decir su verdad. Por ello, el valor poderoso del final de la novela nos aterriza en la belleza de la vida más allá de la verdad, en forma de experiencia casuística, donde el extremo de la vida anuncia la muerte de Santiago Nasar. Y la empatía está porque los últimos momentos son irrenunciables para todos, inevitables, ineludibles, únicos. Ya lo que se haga con el cuerpo a posteriori es una cuestión política, legal, sanitaria, cultural. Y lo que se diga del occiso sabemos que irá perdiendo peso, pues el devenir nos vuelve irrelevantes, y es parejo con todos.

lunes, 27 de junio de 2016

El Principito

(Imagen de amazon.com.mx)

Javier Acosta Romero
usygly@gmail.com

No puedo negar que un texto como El Principito, despierta en mí una gran envidia de escritor, una envidia profesional, que tampoco me impide dejarme llevar por varias de sus escenas y descubrirlas entrañables, como el capítulo II (primer día), el VIII (quinto día), el XVI, el XX, el XXI, el XXII y el enigmático XXIII (octavo día), que es todo un rompimiento -y por ello una revelación- cuando el Principito le habla al narrador de un vendedor de pastillas mejoradas que quitan la sed. El XXIII es otro cuadro de quiebre, representa el octavo día de un aviador varado en el desierto, como lo recuerda el mismo narrador, nostálgico por su amigo Principito, del que se despidió hace seis años, sin mediar ni tratar de arreglar los recuerdos, simplemente los suelta en el orden con que en ese entonces el Principito los fue abordando en el transcurso del incidente aéreo. Al respecto, la propuesta temporal plantea que el Principito está con el aviador los últimos ocho días de todo un año que ha estado viajando por siete planetas, descubriendo en la Tierra la razón para regresar a su planeta-hogar y continuar su convivencia con una rosa.
 Sin embargo, los escenarios extravagantes de los diversos planetas, solamente resaltan en el relato el gran valor del discurso, que es el soporte del texto; a grandes rasgos el discurso propone volver lo ordinario y común en extraordinario, y comparte el secreto: es con la convivencia que lo ordinario logra el prodigio de mutarse en extraordinario, sólo depende del observador el que se obre en milagro el reconocimiento de la singularidad de ese ser “extraordinario” que tenemos al lado. Propuesta demasiado estrecha y simplista, pero ética al fin. Un buen reto para los niños si odian a sus hermanos o a sus mismos padres; el Principito promete lo extraordinario de esos seres odiosos.
 Evidentemente, el planteamiento tiene como base la virtud, y desde la virtud construye un discurso aceptable para la mayoría de las editoriales por el carácter inofensivo del mismo. Se entiende así que sea uno de los materiales más leídos y aceptados por la humanidad ya que no hay mucho que decir al respecto: ¿Quién puede estar en contra de la virtud de mirar como extraordinario lo que de tajo es ordinario, aburrido y hasta repulsivo?
 Implica un fuerte ejercicio de imaginación que, como adulto descalifico, porque espero con gran ánimo que el Principito no haya regresado a su aburrido planeta con su insoportable rosa, que el Principito haya muerto envenenado por la mordida de la serpiente, que la nostalgia del narrador por su amigo desaparecido (muerto en el mejor de los casos) sea en realidad la dosis de evasión necesaria que le impide odiar abiertamente a la gente desagradable con la que convive todos los días.
 Sin embargo, si por las mañanas realizáramos algo equivalente al ejercicio virtuoso propuesto en El Principito, podemos rezar, lanzar una plegaria, bendiciones para todos los que se crucen en nuestro camino y con ello devolvernos la tranquilidad ausente porque, efectivamente, del insulto es fácil que se salte a otro tipo de violencia, se pierda el control, se caiga en la neurosis y, como en los psiquiátricos, de pronto descubriríamos que estamos olvidados del mundo, varados en un desierto, componiendo un irreparable avión, acompañados de cualquier criatura que nos recuerda que no somos de aquí, que no somos de este mundo, que lo mejor es mudar, abandonar el cuerpo que nos aprisiona; y para ello debemos asegurar la única amistad que puede salvarnos: la amistad con nuestro verdugo (la serpiente venenosa), no vaya a ser que a última hora resulte que no estoy loco, sino que efectivamente terminé de leer El Principito, una creación originada desde la ternura, la inocencia y la gracia más virtuosas del mundo infantil idealizado, protegido, amado, saludable...