sábado, 13 de enero de 2018

Hablan los Marcianos

Crónicas Marcianas Ray Bradbury Minotauro 1985 E7
(Imagen tomada de listado.mercadolibre.com)
 
                                                                         Javier Acosta Romero 

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, obliga al lector a asumir una ficción descarada, un artificio sin trucos, donde el lector puede decidir: 'esta crónica sí, esta otra no, esta sí, esta no...' Y desde esa parsimonia el texto hace su propio juego, hasta que uno lo vive y siente como no ficción; se doblega la voluntad del lector a la estructura de ese todo con aseveraciones que no se pueden negar, como lo es que la Tierra ya no es suficiente para el espacio que por salud necesitamos; que los pueblos de la Tierra están en guerra; que la humanidad va en ruta al exterminio sin remedio. Y para argumentarlo (o para burlarse de nosotros), Bradbury hizo uso de un planeta con potencial para ser habitable: Marte, al cual pinta como una extensión exótica de lo absolutamente humano: marcianos con sentimientos y emociones reconocibles en un entorno social típicamente colonialista. ¿A dónde ir entonces? ¿A dónde escapar? Si hay más vida inteligente en otro planeta, la base de esa inteligencia es humanoide, afectiva, emocional, ¿egoísta...? Y si algo parecido al cielo existe en otra parte de la galaxia, es seguro que al descubrirla, los humanos la mudaremos en el infierno necesario para idealizar de nuevo a la belleza como perfección celeste, hasta conseguir otro paraíso, violentarlo y, en la orfandad incesante, de nuevo soñar lo excelso...
            Así las cosas, las digresiones bradburyanas no le dan remedio a la humanidad, más bien confirman nuestra negligencia y descontrol. No aprendemos. Y si rasco un poco en las ideas que esto me produce, lo que encuentro son emociones y sensaciones que puedo describir e identificar en mi experiencia lectora con Crónicas marcianas, porque si el planteamiento evade el plano real, lo hace para dejar al lector apelando a la fábula que las sostiene y, no nos queda de otra, reaccionamos ante los celos y el deseo, reconocibles en Febrero de 1999-Ylla; ante la naturaleza de los recuerdos y la venganza, en Abril de 2000-La tercera expedición; ante la vacuidad del tiempo y el espacio, la amistad, en Agosto de 2002-Encuentro nocturno; ante el racismo, la esclavitud, la noción de libertad y de individuo, en Junio de 2003-Un camino a través del aire; ante la debilidad humana por los afectos, causando con ello actos caóticos, como se muestra en Septiembre de 2005-El marciano; ante la permanente preeminencia del primitivismo a la par del valor que se le da al dinero y a la propiedad, en Noviembre de 2005-Fuera de temporada y; reaccionamos con víscera ante lo contrario, la resistencia que se puede tener frente a la locura y la soledad, al grado de convertirnos en creadores absurdos de artificios placebos, como en Abril de 2026-Los largos años.
            Hay un tratamiento serio en el trasfondo de Crónicas marcianas, pero hay una actitud de desenfado en la manera de armar el relato (su diégesis), lo que propicia que el lector haga uso de las emociones, y que estas crezcan, que surja la indignación o se produzca la confusión; el lector entonces se aleja del libro para filtrar el impacto y ¿pensar? la falta que nos hace dar con una respuesta por demás satisfactoria. Pero no la hay porque, ¿cómo vamos a combatir a la misma humanidad? La humanidad somos todos. A esto le sigue distanciarnos del texto de Bradbury, que realmente compromete al lector en asuntos de interés público; entonces, para evitar tanta responsabilidad, descubrimos la actitud mordaz, irónica por parte del autor, que se convierte abiertamente en el artífice, el mago, el referente natural, concreto, que le devuelve su calidad de objeto a Crónicas marcianas. '¡Ah, qué Bradbury!' Y cerramos el libro con la alegría de volver a la realidad incuestionable donde los marcianos no existen, donde -aparentemente-, nada pasa y no hay necesidad de protestar, porque, '¿cómo combatir a la humanidad?, ¿cómo salir de esta pecera? Nos decidimos del todo a no tomarnos en serio.

jueves, 27 de julio de 2017

La imagen construida y la imagen efectiva

(Imagen tomada de Gaceta UNAM, junio 29 de 2017)

Javier Acosta Romero

Son dos cosas; la imagen construida es un diseño icónico con resonancias culturales; si el espectador hace su parte, identifica estas imágenes sin que por ello logren un efecto ya que la imagen se muestra como un apoyo al discurso que se emite en la escena: ideas, opiniones, posturas, reflexiones. Uno pensaría que en la obra Mi Fausto, eso iba a ocurrir, que estaríamos al pendiente de lo que se dice en la escena, especialmente las verbalizaciones del personaje Fausto. Y dos: la imagen efectiva es aquella que, por encima del discurso emitido por la escena, le dice algo al espectador si este decide quedarse solamente con la situación dada por los caracteres y los elementos espectaculares como la escenografía y la iluminación (es decir, con el ambiente); el espectador permite esta percepción de la misma manera en que operan los anuncios comerciales cuando nos vulneramos (nos relajamos, nos concentramos) frente a la escena y su espectacularidad (sonoridad del discurso, belleza de los actores caracterizados, escenarios naturales, rituales o abstractos), es en esas condiciones que descubrimos imágenes efectivas en Mi Fausto, imágenes eróticas; nos llenamos de estas confiados en la naturaleza profunda del arte (algo que no tiene por qué ser explicado o entendido en este momento); Mi Fausto, es un objeto abstraído de la política mexicana, es como un paraíso revelado, reduccionista de la existencia, donde es fácil concebir la vida-bella, sin la realidad circundante al edificio teatral del Foro Sor Juana Inés de la Cruz, de la UNAM, ¡¡MÉXICO!!, año 2017.
            En Mi Fausto, todo el tiempo estamos escuchando un discurso sobre el que se puede sacar en claro no solamente una idea rectora sino varias ideas, opiniones, puntos de vista, ironías, contrastes que acompañan a la escena, pero la escena, al estar por encima del discurso se vuelve una productora de imágenes con gran poder de seducción. En la puesta en escena Mi Fausto, la presencia de imágenes efectivas lo son por el sonido del discurso –el sonido, su emisión sonora en escena– la cual le da sustancia a la situación en que los actores-personajes se relacionan; y de otra manera no podía ser ya que el discurso lo emiten caracteres alegóricos que por ende no tienen complejidad psicológica, son extremadamente sencillos en su actuar, demasiado fieles a sí mismos; para notar esto tenemos que el carácter más vistoso es... la belleza; otro, el intelecto; otro más sirve para cerrar un triángulo amoroso: el joven aprendiz o el joven discípulo y, para darle ambiente, el erotismo, o sea, el Diablo junto con dos siervos erotómanos igual de alegóricos.
            El discurso no es el fuerte de esta obra, lo son sus recursos espectaculares que ponen en condición sensible los sentidos del espectador, lo cual destaca la labor del director Sergio Cataño, y de sus colaboradores, en particular de quien diseñó la escenografía y LA ILUMINACIÓN, Patricia Gutierrez Arriaga, y quienes caracterizaron a los actores (vestuario de Libertad Mardel, maquillaje de Marisela Estrada, Ruby Tagle en el diseño de movimiento ), además del ambiente sonoro y música original de Juan Mario Oronóz.
            Construir imágenes efectivas no es cosa sencilla, pero Sergio Cataño junto con sus colaboradores lo lograron sobrado, y si bien es un espectáculo al que le cuesta trabajo tanto iniciar como finalizar, así como definir la convención en cuanto a la función semiótica de la zona del escenario que contiene arena, acomete con acierto el mantener en un nivel bajo las caracterizaciones de los personajes ya que la situación es demasiado sencilla: un triángulo amoroso demasiado evidente y forzado a mantenerse como tal, lo cual potencia el valor de ‘la virtud’ como el gran ideal de nuestra época que es de total desasosiego cultural, un sentimiento que quizás se parece en algo a lo que el propio autor original de Mi Fausto, Paul Valéry, vivió en la época de entreguerras del siglo pasado.
usygly@gmail.com
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Ficha: Mi Fausto, teatro “Foro Sor Juana Inés de la Cruz”, original de Paul Valéry; Sergio Cataño dirección, Patricia Gutiérrez Arriaga escenografía e iluminación, Juan Mario Oronóz música original y ambiente sonoro, Libertad Mardel diseño de vestuario, Marisela Estrada diseño de maquillaje y peluquería, Ruby Tagle diseño de movimiento; Elenco: José Angel García, Ana Bertha Espín, Ana Cervantes, Penny Pacheco, Ruby Tagle. Producción Ejecutiva UNAM, México, 2017

domingo, 16 de julio de 2017

Por qué no existen las muertes cómicas

(Imagen del Boletín 650 del INBAL, 17 de mayo de 2017)

Javier Acosta Romero

En una de las funciones de cierre de temporada de la (a)puesta El convivio del difunto, estuve reflexionando algunas cosas mientras transcurrían las humildes situaciones de carácter digestivo, lo que no demerita sino que, caracteriza, la intención de la puesta en escena dirigida por Martín Zapata. Se vale que la gente pase un momento a gusto, sin exigencias ontológicas, acotado solamente por la reputación institucional que cobija a esta obra: la Compañía Nacional de Teatro, lo cual puede explicar que el acceso haya sido gratuito.
            Aquí entonces las reflexiones metaescénicas, claro, más meditadas y ampliadas con los días:
            a) ¿Cómo es posible que las bancas de este teatro (Sala Héctor Mendoza) sean tan incómodas? Aunque también son incómodas las butacas más baratas en los cines... Y El convivio del difunto fue gratuita. La incomodidad, por tanto, debe ser intencional; la gratuidad y las butacas baratas no dan derecho a dormitar ni menos a roncar o estirar las piernas... Igualmente, la incomodidad nos enfoca de modo poderoso, concentra nuestra atención; podemos estar al tanto de lo que ocurre en el escenario porque lo otro que nos ocupa es algo que ocurre ahí mismo: la incomodidad de las bancas... Nuestros sensores parten de la incomodidad para reconocer la comodidad –la modesta estética espectacular– del escenario, donde estamos dispuestos a salir hasta terminada la obra. Concentrados en esa dualidad nos quedamos con lo más evidente de la escena... las caracterizaciones... el d i s c u r s o , quizás... no así la situación que, de ser un planteamiento interesante, se desdibuja a media obra y se improvisa al final... Claro, los espectadores estamos tan incómodos que, efectivamente, al estar pendientes de nuestro trasero dolorido la escena resulta placentera...
            b) La sala es tan pequeña que, si alguien de entre los asistentes hubiera expelido una flatulencia, el resto del público seguro se ofendía, no así los actores... que necesitaban algo vivo para darle intensidad y sabia a sus ejecuciones. Sí, los espectadores sufrimos con las bancas donde nos ubican pero también inferimos el sufrimiento actoral en la escena, donde se emitía un discurso por demás banal, políticamente correcto, a partir de un planteamiento interesante... Pero sólo en el planteamiento, porque la realización prometía, al inicio, un potente material metafísico digno del Siglo de Oro español: un muerto que sigue haciendo uso de su cuerpo como si estuviera vivo; es fársico, sin duda, magnífico, monstruoso; pero da el caso que la historia, llegada a un punto en que se niega a sí misma (yo digo que no supo el autor qué hacer, fue evidente que el material lo rebasó y, antes de que se le saliera de las manos, le echó unos polvos de realismo y), ¡pum!, aterriza en la zona del desengaño, donde el valor de la prehistoria (que ignoraban varios personajes y nosotros) tiene la fuerza de cambiar el curso de la acción. La lluvia moralina se convirtió en diluvio cuando confirmamos el engaño del protagonista con respecto a su condición de muerto, una chistosada en la que se nota que los actores se la pasan a gusto, cosa que inclinaba a los espectadores a dirigir el pulgar hacia abajo en señal de ejecución (sin que la escena lo notara, claro, así nos las gastamos también para procurar nuestro bienestar). El giro convierte a la obra en melodrama y al final, la felicidad se ve perturbada por una muerte más que intempestiva, violenta, porque el destino –que por ser una obra de teatro es de carácter humano–, ejecuta al protagonista sin decir 'agua va'. De terror, pero la sala se olvidó de los pulgares.
            c) Un buen final siempre va a salvar una mala obra. Fue tan impresionante la manera en que el protagonista muere que, todo lo anterior, se olvida. Con esfuerzo uno recuerda que a la primera escena le seguía otra aún más aburrida, unos relámpagos nos despertaban, unas actuaciones nos alertaban jocosamente pero, la muerte, esa nos despertó del todo, no sólo por la certeza de que ya no habría más obra sino porque el ejercicio profesional del actor Arturo Beristain nos puso los pelos de punta: ¡paro cardiaco fulminante...! Todo el aburrimiento lisonjero se olvidó y el presente del cadáver fresco llenó nuestros ojos y nuestro porvenir... Qué gran final, me dije. Esta obra la tiene que ver más gente, eso pensé en ese momento.
            d) Los efectos medidos pertenecen al teatro más tradicional y comercial, y El convivio del difunto juega con ese miedo que hoy en día es de lo más popular, que es el temor a perder la vida intempestivamente; la mímesis con el ambiente terrorista, de inseguridad y de fatalidad que aturde a nuestra época se hace presente en un instante donde los espectadores estábamos nulamente exigidos por la escena. El golpe emocional que recibimos fue tremendo.
            e) Un vacío temático siempre se disimula con un buen trabajo protagonista, como en los partidos de futbol donde termina el encuentro empatado a ceros pero que, gracias a la actuación de algún jugador, más la cerveza, el tiempo transcurrido valió la pena. El salvador en este caso (sin cerveza, un mayor mérito) fue el actor Arturo Beristain (APLAUSOS, APLAUSOS Y MÁS APLAUSOS), se mantiene en forma, sin duda.
              f) Cierto, el título de esta entrada promete una respuesta a por qué no existen las muertes cómicas. Primero, decir que la respuesta que planteo se basa en el ámbito teatral. Así, una muerte bien ejecutada ocurre cuando produce en el espectador la certeza situacional de que la muerte es significativa, por lo tanto debe ser ejecutada y ensayada muchas muchas muchas veces, hasta la perfección. Cualquier variante fuera del plan produce risa y, si esta no se nulifica produce burla que, si no se neutraliza desarrolla en el espectador una sensación de superioridad con respecto al escenario que identifica a los actores y al director y a los productores como gente ridícula y, de eso, ni dios padre se levanta. Lo que me lleva a complementar la idea del título: las muertes cómicas no deben existir, a menos que sea intencional causar risa, burla o ridículo en el espectador. 
usygly@gmail.com
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Ficha: El convivio del difunto, Teatro “Sala Héctor Mendoza”, Martín Zapata dramaturgia y dirección, Enrique Singer director artístico, Alejandro Luna escenografía e iluminación, Jerildy Bosch diseño de vestuario, Maricela Estrada diseño de maquillaje y peinados, Reparto: Arturo Beristain, Mariana Giménez, Juan Carlos Remolina, Astrid Romo, Gastón Melo, Diana Fidelia. Compañía Nacional de Teatro - Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2017

domingo, 11 de junio de 2017

"Octubre en primavera" - Texto Renegado # 1**

(Fragmento de un collage de César Kostia, ¡Patria Libre!, Cipselas, 2023, p22)

                                                                                                        Javier Acosta Romero
                                                                                                               usygly@gmail.com

No creo en fantasmas. No en los fantasmas de afuera. Pueden seguir platicando lo que quieran sobre aparecidos y desaparecidos y que si el diablo y que si dios y sus ángeles. No creo en eso. El de allá hasta se atreve a hablar de nomos, ¡qué barbaro!
            –¿Y tú, Efraín? ¿Viste fantasmas?
            –¿A poco ya se les agotaron sus historias?
            Con lentitud dijeron que sí; movían la cabeza de un lado a otro, la boca abierta y sonriente; era su esfuerzo por aparentar que no tenemos miedo a pesar de que aquí mismo se siente algo que puede ser un fantasma, aunque en fantasmas no crea.
            –En qué crees entonces, pinche Efra.
            –En lo que he vivido. No me ando con mamadas.
            Esperaba que se rieran, pero no. Al contrario, congelaron su gesto. Quizá ya estamos demasiado empapados con las historias de todos, y que al final son una sola. Pero nadie quiere olvidar. O no podemos.
            –¡Ya, cabrón, cuenta tu historia! –me insisten.
            Por algún lado debo empezar. La yerba crece entre nosotros, son evidentes los retoños que brotaron con las últimas lluvias. Empecé:
–El simple olor a pasto me traslada a cuando era niño y visitamos la Plaza de las Tres Culturas; ahí mi papá nos dice que asesinaron a mucha gente. “Muchos jóvenes... como ese”. Y señaló a chavos, como varios de nosotros, ahora. Especialmente me le quedé viendo a uno, quizá por su greña larga, quizá por su enorme sonrisa o por la forma en que miraba a la chava con quien se reía. En eso, el mismo chavo siente la mirada infantil y a lo lejos me ve y me saluda, levanta una de sus manos. No lo hubiera hecho. Entre que mi papá nos habla y que el chavo es como todos los que mataron, pues clarito vi cómo se dobló, cómo intentó de nuevo ponerse derechito y se dobló otra vez. El niño que yo era no alcanzaba a entender esa agresión, pero estoy seguro que mi papá no me soltó cuando corrió a ayudar al greñaslargas... tirado de una manera rota, desordenada: Le salía sangre por unos agujeros enegrecidos mientras sus manos y sus pies señalaban hacia diferentes partes. Su chava, sacadísima de onda, no sabía si escaparse o llorar. Nadie hizo más, nos acomodamos para verlo morir y, para que él también nos sintiera morir, porque el ejército cargó con todos. En un instante todos agachados; en otro, enmudecidos, con la temperatura del suelo tan caliente como la sangre derramada. De quién podía ser tanto plasma sino de todos, devorados por las máquinas que siempre estuvieron ahí. Nos arrojaron con facilidad en diferentes camiones, llenos de otros muchos muertos.
            “Tan fácil fue, que ese mismo día nos tiraron en fosas, zanjas enormes, escondidas a orillas de la ciudad, todavía pequeña para el naciente mes de octubre de 1968.
            “Quién sabe dónde quedó mi papá, pero aprendí a no extrañarlo. Y ustedes, cabrones, me sorprende que sigan lelos esta historia, como si nunca la hubieran escuchado”.

(***) Este texto ya no encontró cabida en el libro de cuentos La Tarde, los mejores están en ese libro, éste solamente es una probadita que, de gustarles, seguro estarán dispuestos a entrarle con buen diente (exigente diente) al banquete que es el libro. Saludos a todos y felices días!!! Chequen el enlace: