LA POESÍA
Javier Acosta
Romero
usygly@gmail.com
De las Rimas
sacras, de Lope de Vega, extraigo el soneto XVIII:[1]
¿Qué tengo yo, que mi amistad
procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno
oscuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas
duras
pues no te abrí! ¡Qué extraño
desvarío,
si de mi gratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas
puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate agota a la ventana;
verás con cuánto amor llamar
porfía»!
Y ¡cuántas, hermosura soberana,
«mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!
Más
detalles contextuales, culteranos, los dejo en el enlace a San Agustín en la
literatura religiosa de Lope, del investigador Hugo Lezcano Tosca.[2] A mí, en
particular, lo que me interesa es empezar a hablar de poesía, y lo haré con el
material de Lope de Vega, que logra encender en mí la sensación de poesía, de
obra de arte aunque, ¿en qué me baso para asegurarlo?
Sin duda, los versos de Lope
permiten reconocer la experiencia que transmite lo que se conoce como sujeto
lírico: es decir, el carácter (por no decir personaje) que convencionalmente
parece expresar los versos (eso sí, quién sabe si en voz alta o en soliloquio),
pero el soneto de Lope (como el de cualquier buen poema) contiene un personaje
(un carácter) que está experimentando un momento intenso en su vida. En el caso
del soneto XVIII, el sujeto lírico (SL) parece sentir miedo, temor, por causa
de una presencia divina, en un momento por demás inesperado. Incluso, este
quiebre o debilidad demuestra que el SL, al no atinar a disculparse sino a
señalar él mismo lo que considera un error, evidencia que ignoraba que la
divinidad estuviera (en serio) afuera de su casa, esperando a que él (el SL) le
abriera.
Un buen poema (desde mi punto de
vista) retrata siempre los momentos más comunes de la vida, los más visitados o
hasta los más monótonos, como lo es el no enterarnos o no querernos enterar de
quién anda afuera de la casa (sin causar problemas) porque tenemos cosas que
consideramos de mayor atención; por eso es de notarse la reacción tän humana
del SL de Lope en su soneto XVIII: humano y nervioso. Ni siquiera sabe cómo
dirigirse a la divinidad, que no es cualquiera sino Dios, porque si es Dios a
quien se dirige, y no dios (con minúscula), entonces reconoce estar frente al
Jefe de jefes... ¿Por qué empezar por los hierros que Dios ya conoce, pues los
vivió todos los días que estuvo en la puerta del SL como si fuera invisible o
un simple indigente pacífico? Y sin embargo, esa fue la reacción del SL, los
versos poseen el suficiente material para hacer posible la imagen de tal
situación (que es otro punto a favor de un buen poema: hacer evidente la imagen
de la situación que vive al límite el SL). Al hablarle a Dios, el SL parece no
saber dónde meter la cabeza, completamente asombrado por la revelación de la
que sólo atina a aceptar su error, a decirse equivocado, a reconocer que
mantuvo congelado el cuerpo de Jesús, como si hubiera sido el de cualquier otra
persona. Así que ese Jesús tuvo que poner un alto a la situación, a la
ignorancia o desinterés del SL y para ello... tuvo que presentarse como es: un
dios, una divinidad. Y tuvo que decirle “deja de negarme, mírame, soy Jesús,
¡Dios encarnado!, he estado afuera de tu casa esperando que me abras, pero como
no lo has hecho he decidido entrar por mí mismo, esperando que me reconozcas...
Y lo has hecho; ¿por qué diantres no me reconociste antes?” Y la respuesta
del SL... no se da porque no supo qué responder ante el asombro de estar frente
a la presencia de DIOS en la sala de su casa.
La situación entonces es más rica,
Dios tuvo que perder la paciencia para que el otro lo reconociera; esto es, un
buen poema siempre pone en juego dos elementos “dramáticos”, uno es el SL y el
otro puede ser una divinidad, otro personaje, la naturaleza, una idea, una sociedad,
un recuerdo... o cualquier otra cosa que ponga en contacto al SL con su entorno
o ambiente, lo que vuelve creíble la situación que sugieren los versos. En el
caso del soneto XVIII, el otro, Dios, tuvo que realizar el acto físico de abrir
él mismo la puerta y presentarse él mismo en su grandiosidad para que el SL no
dudara del calibre de aquella entidad superior. Qué suerte entonces la de este
personaje (SL) de estar en contacto con Dios sin que éste perdiera su
benevolencia ya que no se nota (o interpreta) que el SL haya recibido algún
castigo o algún mal, solamente recibió el esplendor y la voz de Dios.
Claro, ponernos en esa situación es
una exigencia del poema (y de cualquier objeto literario: ponernos en
situación, ser compasivos con la propuesta literaria). Y no se necesita ser
católicos, agnósticos o voluptuoso, el soneto XVIII exige del lector notar (y
quizás sentir) la benevolencia de Dios si éste existiera. Algo ideal para
cualquier torcido moral, en una época como la nuestra (a principios del siglo
XXI), donde el mundo que habitamos es un mundo sin reglas.
[1] http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/rimas-sacras--0/html/ffe59452-82b1-11df-acc7-002185ce6064_1.html
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