domingo, 29 de mayo de 2016

Es-ese-sees-eses... Hamlet en el Foro Sor Juana

Este Hamlet, fue adaptado y dirigido por Flavio González Mello
(Aspecto de la obra Hamlet, 2016. Tomada de milenio.com)

Javier Acosta Romero
usygly@gmail.com

La dirección de González Mello sobre el Hamlet shakesperiano se muestra encaminada a lograr un efecto de conjunto (espectacular) en los momentos que se lo permite la anécdota de la historia clásica del joven hijo que de hablador tiene mucho pero que reboza en acciones desatinadas... Me quedo con los momentos de conjunto: como la primera aparición del fantasma, o la muerte del carácter-Polonio, o el monólogo de contrición que realiza el carácter del rey Claudio, o el cuadro de la presentación que hace Hamlet junto con los caracteres-actores que están de paso en la historia (dura más que los otros momentos), o la presentación del cuerpo del carácter-Ofelia, o el enfrentamiento con floretes, al final del espectáculo... Son cuatro horas de trabajo actoral, cuatro horas de producción con las cuales el espectador se agota porque el espectáculo también se va agotando... cae (empieza en la parte alta del foro), y cae (bajamos), cae -literal-, hasta que percibimos el mundo desde una especie de abajo, una cripta... donde se agota el texto de Shakespeare, las actuaciones y los aplausos.

            Si algo atrae en el Hamlet dirigido por Flavio González Mello, es la escenografía y la iluminación, la atmósfera (con algunos momentos de caracterización, los más valiosos fueron del carácter-Rey Claudio) Y varios contrapuntos… como la voz del actor Emilio Guerrero que se encuentra en un tono distante al del resto, gracias a lo cual, cuando muere se nota su ausencia... Otro contrapunto, las espadas que, como la voz aludida, parecen fuera de lugar con ese vestuario (los floretes sí quedan; pero en la escena de contrición, ahí, la espada concentra un poder devastador, proporcional a la venganza del carácter-Hamlet, cosa que para un florete sería imposible de significar)... Los arrebatos (copiosos) del carácter-Hamlet, que quedarían muy bien en muchachos de 16 o 17 años pero no en un hombre del que sólo se puede sospechar alguna especie de histeria y no la melancolía del carácter original; sin embargo, esta disociación nos permite observar el acercamiento crítico (y no vivencial) que se hace al carácter shakesperiano original. Todo esto forma (muy a su pesar, supongo) la historia del Hamlet shakesperiano... donde lo trágico... que es (al parecer) el dilema en la propuesta actoral... queda en la incertidumbre.

El montaje de González Mello parece decir: “Ya no hay tragedia en Hamlet, sólo hay muerte”... “No hay un mito vivo, está muerto”. La tragedia, entonces..., atrincherada en el dispositivo escénico, en la revisión actoral que tiene como base situaciones de la fábula conocida (donde participan con más peso los carácter de dos enterradores), propician, en primer lugar, (sin querer, insisto) el armado de la historia original. Enorme esfuerzo de producción que pone en claro el agotamiento mismo de la fábula... por abordarla desde la formalidad de su historia... (Müller lo hizo desde la idea). González Mello protege en lo posible la trama original, sus caracteres, las situaciones, y con ello (intencional o no) dejó en la atmósfera lo que desde mi punto de vista puede considerarse una sensación trágica, contemporánea-mexicana... El síntoma del cansancio, del aburrimiento, de la inercia cultural en la cual los espectadores estamos cómodos (rasgo importante de este espectáculo), nos dejamos conducir como mansos corderos, aunque sea para darle tiempo a los cambios escenográficos que tanto necesita este Hamlet. ¿Qué tan muertos estaremos, espectadores, que en la impronta de esta atmósfera mortecina, nuestro cerebro dejó de percibir el olor de un cadáver?


domingo, 22 de mayo de 2016

Shakespeare Diluido

(Aspecto de la obra. Tomada de gob.mx/cultura, septiembre 5 de 2015)

Javier Acosta Romero
usygly@gmail.com

Presencié la puesta en escena del texto Enrique IV (primera parte), allá en el aún teatro Julio Castillo. Estaba ahí mientras la puesta me hacía pensar que el teatro no está obligado a ser siempre arte, o que todo sea arte (como lo es el texto de Shakespeare en el que se basa la puesta). Igualmente, actuar no es un arte, es una profesión que puede llegar a tener momentos altamente artísticos. Pero, ¿lo intentan en Enrique IV-1? No, no lo creo.
    La Compañía Nacional de Teatro no sólo produce arte, promueve el teatro, hace teatro y en esta ocasión eligió el planteamientos escénicos del director Hugo Arrevillaga, quien le proporciona al texto de Shakespeare, un puñado de actores a los que, a su vez, les proporciona un puñado de utilería y vestuario y... una serie de obstáculos y quehaceres que los circunscribe a una manera de decir sus parlamentos... Dando la sensación que el actor goza de libertad (por encima del texto), al grado que uno como espectador ya no sabe a dónde mirar, en un escenario que es realmente pequeño; no es un campo de futbol... es el Julio Castillo... tratado como salón de ensayos...
    ¿Atractivo? Los espectadores escuchan un texto al que se le propone una corporalidad que no logra la creación de personajes ya que la mayoría (el actor que emite al rey, por ejemplo) hace otro carácter, completamente alejado del rey pero reconocible como actor... Y emite en escena no solamente el texto sino otros sonidos y movimientos que acompañan los otros sonidos y movimientos extras de sus compañeros actores... ¿No es eso hacerle al teatro? 
     En los primeros minutos, esta puesta en escena se convierte en espectáculo. En Enrique IV-1 lo que resalta es el juego actoral, por encima del texto, con técnicas que no requieren de un teatro sino de una plaza, al estilo del teatro callejero, que es como (efectivamente) se concibió en su estreno en 2012 en el Zócalo (donde no estuve). Qué tanto es Shakespeare si los actores le ganan el mandado, la emisión es burda, atonal, alejada del valor artístico de Shakespeare.
    Esto a los jóvenes espectadores les gustó; hasta aplaudieron de pie... porque los actores fueron chistosos... ocurrentes... entretenidos. Pero es un error mantener el título de la obra de Shakespeare. Sería un acierto preparar al espectador para la revuelta de actores permitida, atomizada, festejada; a los que les queda chico el escenario del Teatro Julio Castillo. Y qué bueno pero, avisen. Vendrían más jóvenes y no sólo los estudiantes de teatro.
    Ni como teatro escolar cumple; la historia de Enrique IV-1 fue clara pero el tema o un tema... No. Aunque recuerdo un momento y sólo porque el juego actoral planteaba que la emisión del texto fuera dirigida a los espectadores como interlocutores directos: el actor emitía a Falstaff sobre lo absurdo de perder la vida en una guerra, pero habrá durado cinco minutos; el espectáculo completo dura más de dos horas.
    Lo que este Enrique IV-1 deja ver es algo demasiado simple como para recomendarlo. Ir al teatro en la Ciudad de México requiere para el espectador destinar una gran cantidad de tiempo como para que en el escenario no encuentre la densidad en los caracteres y la riqueza en atmósferas evocadoras, propias de Shakespeare.

domingo, 17 de abril de 2016

Poética de La Intensidad (2016)


(Imagen: interior de la mano del autor. 2025)

Primer Libro: Poética del Desastre (2016)

El arte en general ofrece contactar con nuestra innata humanidad, es nuestro laboratorio de posibilidades humanas, corre en paralelo con nuestra existencia: la vida como es, la vida como debería ser, la vida en sus aspectos más absurdos... Siendo el arte en general simulacros de nuestra percepción (sensorial, afectiva, espiritual, conceptual); experimentamos con constructos, objetos, formas, interactuamos con estos para afirmar nuestras vivencias, o enriquecerlas o modificarlas. El arte provoca, por medio de artificios: vivencias, experiencias paralelas a las de nuestra existencia; una existencia que por ser tan cotidiana carece [o carecía porque la moda, el maquillaje, el vestuario, la utilería, la actuación, los escenarios sociales, le dan una buena dosis de artificio a nuestra vida cotidiana] del efecto que producen las técnicas artísticas.
        Pero el propósito del arte va más allá de la ontología personal, recordemos a los griegos de la antigüedad que reconocían en el poder del arte la recreación de hechos (sobre supuestos culturales) para darle identidad a su época (un rostro que se conserva como la época de la Grecia Clásica). Desde entonces, esas recreaciones necesitaron de técnicas de representación ordenadas desde los objetos mismos, creados de modo estético (los objetos literarios, su escritura, son un caso). Ello con una finalidad meramente apelativa, pues le concede al consumidor de ese arte, la posibilidad de identificarse, de pertenecer al grupo que patrocina y difunde ese arte. Por supuesto, con la sobrepoblación y la interconexión que hoy existe entre los individuos, ya no se puede pensar solamente en culturas nacionales o nativas, existe una cultura dominante de identidad global, organizada y mantenida por los medios de comunicación masivos, la cual va a contracorriente de las culturas que le resisten.
        Como muestra de ese dominio o poder, están los objetos de las productoras estadounidenses, la gran producción de sus series televisivas, que han mudado las salas de los teatros al centro mismo de los hogares (sea el comedor, la recámara o el baño) y de las personas fuera del hogar (los llamados smartphone); estos son los unificadores culturales de nuestra época, lo mismo que sus sistemas noticiosos o deportivos, su sistema científico-militar, su sistema innovador de productos y su sistema comercializador de “arte”.
        Pero a pesar de ello, la fenomenología estética del arte sólo responde a su naturaleza: representar lo que somos como habitantes de una sociedad o de un orden (religioso, político, social, institucional, natural, científico). Y lo logra con la misma técnica que los griegos clásicos, cuando el arte no sólo reconocía la belleza, también apreciaba la fealdad; al reconocerse lo bello se le da existencia y su digno lugar a la fealdad. Ambos extremos le permitieron a los griegos pensar en el justo medio, que a la larga ha pasado a nuestros días como una aspiración de lo que debe ser un Estado benefactor: el bien de un lado, el mal del otro y en el centro la justicia, lo justo, o el Estado benefactor. Pensemos por ejemplo en el pago de impuestos: una persona con altos ingresos vs una persona con muy bajos ingresos... En medio quedan las normas que, convertidas en leyes obligan a ambos (empresas y transnacionales incluidas) a aportar con dinero al mantenimiento del Estado benefactor. Pensemos también en el trabajo: el trabajo mejor remunerado vs el trabajo menos remunerado... En medio queda: la protección social (salud-educación-alimentación-recreación-seguridad-cultura) En México lo representó el IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social). Sin embargo, cuando el justo medio [la norma (reglamentos-leyes) y lo normal (lo natural-lo cotidiano-lo ordinario)] cae en las reglas de la estética, se convierte lo normal en ABURRIDO y lo extraordinario (como la belleza o la fealdad) en DIVERTIDO. El arte siempre plantea una insatisfacción con las normas o con la normalidad en que la sociedad convive; se mueve en el mundo de los inconformes, de lo que la cotidianidad no es, e intenta aspirar a eso que no es. Por ejemplo, el arte puede protestar en contra de la corrupción en el gobierno, en contra de la violencia de género, en contra del trabajo infantil... Puede manifestarse en contra de la muerte y de la misma humanidad. Denuncia, evidencia, expone, estudia, ironiza. El arte siempre está en contra de lo normal y de lo cotidiano. Pero, además, el arte es siempre una espada de doble filo. Así como puede atender los asuntos de Estado, los asuntos de interés general, también puede magnificar (por su natural amoralidad y completa humanidad) los asuntos pequeños, los problemas domésticos, la mera intimidad que no se opone al orden social establecido, lo cual permite que miremos en nuestro entorno 'menos social' pero más inmediato: vemos a quién tenemos a nuestro lado (relaciones afectivas) volviéndose evidente las cosas que no queremos de esas relaciones, la insatisfacción que nos produce la cotidianidad de las relaciones personales; por ello existen las historias de amor; si se tiene un hijo o hermano o familiar triste, el arte arma una historia donde ese hijo-problema se redime al convertirse en un hijo reconocido, revalorizado y ejemplar. Todas las historias de superación personal se dan sobre la lógica de que estamos conformes con el entorno social, pero inconformes con nuestra vida a nivel personal, porque sin el conformismo social resultarían historias que nadie creería, serían exageradas, innecesarias o falsas.
        Desde la teoría, incluso, la inconformidad evidente de los objetos artísticos, se establece sobre la representación de un conflicto, de una contraposición o de un hecho dialéctico. Así, planteamientos de interés general, procuran ser agresivos con quienes no han aceptado su entorno tal cual. Pero planteamientos amorosos, con entornos terribles aceptados, son bien recibidos. Y aún más, si algún artista es capaz de ver esa dicotomía, se encuentra en posición de ironizar, de celebrar el absurdo de nuestra convivencia irreconciliable con el valor de la justicia; de tal modo que la ironía, la burla, el chiste, nos muestran el límite para congraciarnos con nuestra finitud existencial. Lamentablemente, un planteamiento irónico, fársico, grotesco, sólo es visible para un consumidor educado en las humanidades e informado en general. Y como esto ocurre cada vez menos, lo que llega a la gente con facilidad son los conflictos afectivos. La televisión y el cine explotan las representaciones del amor en todas sus vertientes (amor a sí mismo, al hermano, al amigo, al ambiente, a la sociedad, al conocimiento, al trabajo, al socio, al deporte, a los enfermos, a la familia, al planeta, a los adelantos científicos, al terror, a los policías, a los vaqueros, a la juventud, a la infancia, al los abuelos...), realizadas con técnicas propias del arte teatral que sustentan el carácter comercial de las mismas; producen objetos 'artísticos' que tienen la peculiaridad de observar los pequeños problemas para neutralizar los problemas mayores, de interés general, lo cual beneficia al discurso apelativo de aceptación cotidiana de la realidad, por más terrible que esta sea ya que no busca transformarla, al contrario, le pone un límite a nuestras posibilidades de existencia colectiva a cambio de liberar los límites en las posibilidades egoístas, que CUALQUIERA puede realizar (robar, mentir, asesinar, abusar, defraudar, enfermar, incumplir...) a expensas del interés general, que cada vez es menos visible.
        La mayoría de las personas (consumidores para la cultura dominante) no se niegan a las representaciones de los pequeños problemas, es lo único confiable que les ofrece el Estado, ya que la función del arte no ha cambiado desde la Grecia Clásica: lo que buscan las personas es reconocerse, pertenecer a una cultura sostenida por un discurso mayor que se replica (hasta la nausea hoy en día), sea de forma cognitiva o instintiva (persuadiendo o sugestionando), ofreciendo razones morales (series de televisión, noticiarios) o provocando un ejercicio deliberado de emociones (telenovelas, concursos, eventos deportivos...) que inhiben la participación ciudadana y propician en los individuos una sensibilidad tendiente a la sugestión, al pensamiento mágico, a la fantasía, propios de una madurez infantil. Es ahí donde se manifiestan de modo organizado las técnicas del arte, los objetos artísticos... En el control social. El discurso dominante nos vuelve vulnerables, nos aquieta porque, ¿cómo vamos a resolver los problemas sociales, que son cuestiones de adultos, si no tenemos la madurez para enfrentarlos? Más (ironizo) cuando ni siquiera tenemos resueltos los problemas personales afectivos.
        El arte, entonces (o su técnica de representación), cuando es masivo y oficial, no solamente propicia la formación de una identidad cultural, también propicia la conservación de esa cultura en un diario acontecer donde se nos olvida (o eso quisieran) que lo normal es lo natural... Siendo que en la naturaleza tal cual, la que se queda afuera de cualquier discurso, esa no guarda parámetros para la belleza y la fealdad porque en la naturaleza no existen. Por ello, en esa cotidianidad natural (sin belleza y sin fealdad), las personas encuentran una salida, un beneficio, una evasión... Adoramos lo intenso, la intensidad con que transcurre nuestra vida, ya que la virtud, con su contraparte odiosa (el vicio), le ha dado paso a valores más esquivos como la satisfacción (y su contraparte: la frustración). Revisemos, ¿con qué intensidad vivimos la satisfacción y la frustración? Qué moral se le puede aplicar al comportamiento infantil que nos propicia esa actitud si a final de cuentas es un efecto colateral del discurso dominante vía sus manifestaciones técnico-artísticas, y no creo que haya sido advertido ya que orada a la misma sociedad norteamericana, cada vez más exhausta con ser el emblema ideal de las sociedades humanas. Y si bien la humanidad ha reaccionado positivamente al dar con la solución para contrarrestar esta adoración por la intensidad, vía la realización íntegra del individuo en concordia con la naturaleza (lo que nos da como resultado: salud mental), el discurso oficial también ha reaccionado y lo ha vuelto un tema de moda, sobreexpuesto, que le ha permitido apropiarse de ese discurso saludable para pervertirlo y con ello desencantar al grueso de espectadores [Con plantear situaciones en las que no todos merecen estar saludables o en las que no todos pueden económicamente conseguir lo necesario para estar saludables], que ante el desencanto retornan a la intensidad combatida, representada en lo cotidiano: el respeto a la propiedad, iniciativas y deseos privados, por más retorcidos que estos sean.
        El valor íntimo (“oculto” a los ojos de la sociedad) que le damos a la intensidad, prioriza la satisfacción egoísta que sólo requiere de una actitud de suficiencia, sin importar la naturaleza detonadora de la misma (vía sustancias, prácticas, objetos o dispositivos). Una satisfacción que no requiere de cumplir con expectativas de índole social ni familiar, se oculta en las tradiciones y en las formas oficiales, pero también está presente en los sistemas antisociales, contraculturales o de resistencia, vive en paralelo a nuestra convivencia. Así, lo que no cumple el discurso dominante, la sociedad lo cubre con permisiones (vicios, perversiones) que están fuera del presupuesto oficial, pero cuyos efectos requieren de invertir más en instituciones de imagen y de seguridad policiaco-militar, nunca en salud y educación porque, de hacerlo, se hablaría de un Estado benefactor y no en lo que está convertido el Estado malechor mexicano, por citar un ejemplo.

jueves, 10 de junio de 2010

Texto espectacular: ZOOT SUIT (2010)


(Tomado de news.ucs.edu, 2010)

Javier Acosta Romero
usygly@gmail.com

México estaba en deuda con Luis Valdez y su Zoot Suit original (1978), que ahora trae a México, traducido al español por primera vez. Es interesante presenciar cómo la cultura chicana tiene mucho qué revelar de nosotros mismos. Es interesante el estarnos enterando de los mecanismos culturales de sobreviviencia que una generación de mexicanos nacidos en Estados Unidos se vieron necesitados de usar para sobrevivir a la cultura norteamericana y arraigarse en esa misma nación. Es un texto escénico hermoso, íntimo, puesto ahí para sentir la sangre llamando a la sangre. Nosotros participamos de ese peregrinar, de ese éxodo confuso y vital donde el fondo muestra un grupo chicano agrediendo a una familia de mexicanos que cambiaron su apellido por otro más norteamericano y, luego, esta misma familia agredida, agrede a otro grupo de chicanos produciéndose al final un asesinato. La misma familia, en una tierra ajena, riñendo entre sí. La carga de contrariedades es muy fuerte. Luego, se potencia este conflicto al poner Luis Valez la lupa en una familia en particular y en un personaje en especial: Henry Reyna y su familia (consanguíneos, amigos y banda); las lealtades, las jerarquías, el orden natural sobresalen con una afectividad apabullante. Este teatro es un encuentro cultural pero a nivel profundo; quien lo toma, bien; quien no lo toma, también está bien. Por supuesto, la obra invita a la unión, a beber de ese río profundo que tiene su cenit en un momento, yo diría, de comunión, cuando se desprende del cuerpo del protagonista (Henry Reyna) el cuerpo original, indígena, que asciende para sacrificarse por... Henry, en primer instancia, y por todos los espectadores a nivel profundo. Insisto, hay quien toma esto, hay quien no y, tampoco lo dudo, habrá quien lo rechace. Y no dudo que si se le llega a reponer dentro de 30 años, seguirá surtiendo efecto de la misma manera. Más de treinta años separan la versión original del hecho real (1944), y tuvo éxito. Un poco más de treinta años separan a la versión original (1978) de la premier mundial en español (2010). Zoot Suit teatral es ya, no lo dudo, un clásico de la cultura latinoamericana, expresa nuestra identidad, nos lleva a visitarla y nos enfrenta a sus contrariedades. Y eso es lo que hoy necesitamos en este 'desmadre' de país en que vivimos.

En cuanto al género, Zoot Suit, es como las tragedias griegas puestas en escena, nos topamos con la distancia estética, con los modos, el estilo de actuación, sobreviviendo lo mismo que en el fondo de las tragedias, su efecto, su esencia cultural, existencial a veces, ética otras, instintiva, moral. Siempre de modo provechoso su mal nos hace bien, su comunión nos involucra (si queremos), renueva una parte de nuestro espíritu (espíritu igual a psique y/o afectos). Zoot Suit es más que pasar un buen rato o es más que reflexionar y sentir. Y el personaje de Henry Reyna venciéndose a sí mismo hasta estabilizarse en una especie de normalidad civil, pues es más que suficiente para hablar de un restablecimiento del orden cuando en un principio se planteaba un desorden. Y el cosmos, sin duda es el de la cultura mexicana, el cual se hace visible y tangible en el desprendimiento del indígena que asciende a las alturas rojas, de sangre; como una masa mítica, porque el resto del tiempo la mexicanidad es natural en la idiosincrasia de los personajes.

Seguramente será difícil aceptar que es una tragedia, sin embrago, para los que persiguen o ven más a Brecht en esta estética, yo no lo vi. Pienso en un clásico brechtieno que ha sido confundido con tragedia, Galileo Galilei, donde la estructura en cada cuadro de su secuencia es demostrativo; todos los cuadros son demostrativos, ahí no hay un cosmos agredido o interlocutor sino que hay un choque a nivel de relaciones sociales, un choque entre un grupo social y otro, entre una ideología y otra; quizá Brecht muestra ahí contradicciones ideológicas pero no contradicciones humanas, a nivel de imaginario colectivo, como sí las hay en Zoot Suit, y por eso preveo que es ya un clásico dramático latinoamericano, que soportará las puestas en escena de generaciones distantes, sean liberales o sean conservadoras, sean revolucionarias o sean de una plutocracia, como lo es la sociedad en que nos desarmamos día con día.

miércoles, 9 de junio de 2010

Texto espectacular: 9 DÍAS DE GUERRA EN FACEBOOK. (2010)

Texto espectacular: 9 DÍAS DE GUERRA EN FACEBOOK. (2010)
Autores: Luis Mario Moncada (dramaturgia) y Martín Acosta (dirección)
Género: Melodrama.
México. V. 2010.
El texto en escena siempre será una puesta en escena (drama). Pero el texto, ocupado como un elemento más del lenguaje teatral, siempre será sonido (espectáculo). En 9 días de guerra en Facebook, me llamó mucho la atención cómo el texto puesto en escena se iba diluyendo en sonido para luego regresar al drama, haciendo de esta obra una especie de teatro experimental, sin apuesta alguna, donde los creadores parecen más atentos a los resultados y las posibilidades teatrales de un fenómeno comunicativo que está entrando en la vida cotidiana de varias personas: las redes sociales de las tecnologías de información y comunicación (las TIC famosas). Así, en escena, vemos que donde el texto hablado se agota, requiere del espectáculo para salvar al discurso escénico de la aburrición; donde se agota la idea dramática (dramaturgia de Luis Mario Moncada) entra al quite la tesitura espectacular (dirección de Martín Acosta). Y, por supuesto, cuando sólo se está al tanto de los resultados (como ese efecto del colchón cayendo de lo alto sorpresivamente, o el acto de magia para desaparecer a una actriz al final) es de esperar un cierto desconcierto en el espectador, al que los creativos necesitan escuchar. Y lo hacen, abren espacios para recibir conclusiones sobre lo que están percibiendo. Yo, por mi parte, rogué a Dios porque no me acercaran el micrófono ya que iba a soltar un disparate, iba a decir algo así como: “yo estoy de acuerdo con Rosalinda a pesar de que está bien loca”. Claro que no iba a ser el único en soltar disparates. Fue hasta que los espectadores lo permitimos cuando se empezó a opinar de un modo 'serio'. Sin embargo, cuando el discurso escénico nos pidió opinar sobre la pertinencia de haber borrado (sacado de una discusión) a la misma Rosalinda, ocurrió algo curioso, la respuesta del público fue contradictoria o complaciente, al grado de que entró en choque un espectador con la narración escénica, donde ya estaba preparada la respuesta correcta para continuar: “el moderador hizo bien en expulsar a Rosalinda”. Valiendo una observación: en un espectáculo esto no ocurriría, las reacciones de los espectadores fluirían, encontrarían su cause, pero como no lo hubo, el espectador se alerta para quedarse con la historia (con el aspecto dramático paralelo a la discusión), terminando de modo brusco el experimento y obligando al espectáculo desarrollado a aceptar en este caso la supremacía del drama impuesto. Claro, alguien debía ceder. Y si algo se debe aprender de esto es que cualquier manifestación de texto emitido en escena, es traicionero si se le mantiene y se le apapacha dramáticamente. La nobleza de los elementos espectaculares (actuaciones, coreografías, iluminación, efectos visuales, discurso sonoro) soportan a una pareja dramática por más disonante que esta sea, pero, ¿el espectador tiene por qué soportarlo? Dar con el género podría ayudarnos. Yo diría que aunque 9 días de guerra en Facebook tiene una estructura demostrativa, no se sabe bien a bien qué es lo que quiere demostrar; demasiada ambigüedad diluida en algo experimental. Por lo mismo, creo que la discusión que se da entre los personajes no es seria. Y si no es seria no nos queda más que identificar a todo este material como melodramático. Aunque, si bien un melodrama debe entretener, este sería un melodrama bastante aburrido y hasta cansado. Quizá dentro de las zonas del experimento igualmente ocurren efectos “serios”, que prevén la pesadez de la primera parte de la obra. Pero como el experimento se diluye para agrandar un drama enano (porque no me van a decir que la vida pusilánime del personaje moderador es interesante) entonces no se puede confiar en que hayan intentado algo diferente, sigue siendo un melodrama; e insisto, un melodrama bastante aburrido, parchado y que vale la pena por la Rosalinda (Olivia Lagunas) de las primeras tres cuartas partes de la función, después se le nota muy cansada y carente de energía, y no creo que sea más que un efecto colateral del mismo discurso experiemental. Por lo mismo, convendría que 9 días de guerra en Facebook se conservara como experimento, convendría que la historia paralela del moderador se borrara. Convendría arriesgar el espectáculo aunque solamente durara una hora y se quedara con dos o tres espectadores; finalmente, el Foro Sor Juana es un espacio universitario y lo soportaría. O que, realizados estos cambios, 9 días de guerra en Facebook cambie de teatro; ahí está el Santa Catarina.


lunes, 19 de octubre de 2009

CRÍTICA TEATRAL A / “POR FAVOR NO MANDEN RIÑONES POR CORRESPONDENCIA”

(Imagen tomada de interescena.com, octubre 5 de 2009)

Javier Acosta Romero
usygly@hotmail.com

El instante. La fuerza del instante dilatándose. Es el fuerte del espectáculo que tres dramaturgos actores organizan en el “Foro Sor Juana” de la UNAM. Le pusieron Por favor, no mande riñones por correspondencia, que alude sin duda a la energía de tres asesinos famosos en sus sociedades y en sus particulares épocas. Es denuncia también: asesinos que al ser perseguidos producen nuevas víctimas, las víctimas de sus perseguidores. Asesinos que alienta el mismo medio, la cultura, la familia. Asesinos existenciales (poetas, como lo enuncian los mismos creadores) en un mundo que parece justificar a sus propios monstruos. Los abraza. Los perdura. El espectáculo es un remedo organizado, maniquíes colgantes, escaleras que suben y suben y suben. Tres niveles; desde el tercero uno de los actores se arroja con palabras de “El Caníbal de la Guerrero”. Se arroja. Entre ellos, también, se cachetean fuerte, y más fuerte, y más fuerte, y más fuerte. Es el agravio del golpe. Es la violencia por la violencia. Sin comentarios; se da porque es.
No hay una historia qué contar. Hay reacciones a motivos, reacciones a reacciones sociales, a reacciones policíacas, a reacciones del mismo espacio oscuro, vacío realmente. Un espectáculo efectivo. Inmediato. Agresivo; exigente con su espectador. Los actores se declaran actores y nos muestran el juego de lo poco que valen las palabras en un escenario: se declaran actores actuando. Las actitudes, el gesto corporal, la secuencia gestual conducen el espectáculo. Juegan con las intensidades del asesinato y nos guardan un trabajo efectivo con el discurso que forman al relacionarse con la pistola como objeto: precisa, fundamental, atractiva, poderosa: mata a un barbero, mata a un amante, anula la integridad de varios espectadores a los que apuntó por segundos y con actitud, con amenaza, con ganas aparentes de asesinarnos.
Le comento a un amigo sobre este hecho, “te llegan a apuntar con una pistola cargada porque te muestran cómo le ponen 'una bala real', y así, simulando el actor ser El Asesino de Virginia Tech., te apunta y te amenaza”
-¿En serio?
-Pues claro, a mi me apuntó.
Ante esto, mi amigo se indignó, dijo que él sí le hubiera dicho algo al actor porque eso es “pasarse”, eso “no se vale”, “qué te garantiza que esa cosa no se dispare”.
Y es ahí donde entra de nuevo la fuerza del teatro porque fue un espectáculo íntimo, sólo para los que estábamos, no para los que no llegaron. Los que no llegan, es por algo; cada espectáculo tiene su carga y a Por favor, no manden riñones por correspondencia llegan los que están sintiendo la violencia de una sociedad que no libera del todo la discusión que se necesita sobre los asesinatos, la muerte violenta, el perjuicio directo contra terceros.

PD. Siendo más riguroso (¿por qué no?), si bien el espectáculo es efectivo, los actores no son los idóneos, el casting es inexistente; al menos, quien se salva de esto es José Alberto Gallardo, pero los otros dos no significan a la obra o al menos no responden semánticamente a los requerimientos del texto. Cualquiera puede actuar, claro está, pero al armar un espectáculo se debe pensar en el bien del mismo y no en el bien personal o en el bolsillo actoral o en el ego. Esto, no lo dudo, es otra muestra de la crisis económica que le está pegando a todos pues es preferible recibir un dinerito por ser dramaturgo, por actuar y dirigir que, solamente, por dirigir o por dirigir y escribir o solamente por actuar. En fin, allá las conciencias de estos piratas del teatro que porque pueden hacer todas esas cosas, no buscan quién pueda hacerlo mejor que ellos; que los hay. Lo que se pierde, claro, es demasiado, porque si bien funciona este espectáculo, sólo es eso, un espectáculo que funciona, que no defrauda; aunque podría ser algo más (¿por qué no?), podría ser (con un casting) un epicentro cultural; un referente estético del año.

PD 2: Ya sin ser riguroso: es un espectáculo que debe visitarse por lo que se vive ahí si se está dispuesto a confiar en los actores. La propuesta es efectiva; es como visitar el borrador de una gran idea, más no la versión definitiva.

PD 3: Cuando salí del “Foro Sor Juana” mi primera impresión es que vi un espectáculo perfecto para un bar. Lo sórdido del conjunto más el ambiente de un bar ubicaría en su dimensión (con esos actores) a este espectáculo. ¡Teatro-bar! Sería un éxito.

viernes, 25 de septiembre de 2009

JUGAR A MORIR


(Imagen tomada de interescena.com, septiembre 22 de 2009)


Javier Acosta Romero
usygly@gmail.com

Como parte del proyecto cultural del IMSS, se está presentando -los lunes y martes a las 8:00 PM- en el teatro Julio Prieto, un espectáculo que combina la multimedia con el teatro dramático, Jugar a morir: Pizarnik en el País de las maravillas; es decir, en este espectáculo hay un texto dramático de fondo que, al emitirlo en escena se apoya en recursos multimedia, haciendo de esto un evento singular a cargo del director Gabriel Figueroa Pacheco, quien no da su brazo a torcer y le apuesta al uso de la multimedia para darle una espectacularidad digital a un texto bien organizado por Zaría Abreu (dramaturga).

Sin embargo, a quienes no estamos tan acostumbrados a este tipo de espectáculos: proyecciones de computadora sobre los laterales y sobre el fondo de la ¿escenografía?, nos encontramos aquí con la versatilidad que se puede lograr en el movimiento de las imágenes: explosiones, video, manipulación de imágenes fijas, traslaciones animadas, imágenes grotescas, expresiones irónicas, fondos móviles minimalistas, etc., donde el actor dramatiza con puertas digitales enormes haciendo de Jugar a morir un discurso en el que se notan separados el texto y los recursos multimedia; aunque en algunas excelentes ocasiones su combinación o su soliloquio (solamente multimedia; solamente dramatización) logran fijarse en el espectador.

También debería decir que a lo largo del espectáculo el espectador se acostumbra a estos cambios bruscos del discurso, pero en realidad tantos cambios lo vuelven cansado, nos alejan del texto y alejados es más fácil fijarnos en las particularidades: la tela del vestuario, el maquillaje, el trazo escénico, las medidas corporales de las actrices (Micaela Gramajo, Frida Islas, Florencia Sandoval y Tony Marcín (sic) y del actor Arnoldo Picazzo; también nos da tiempo de pensar en el concepto de la puesta sin llegar a algo concreto (o quizá sí: la sensación de observar un revoltijo de discursos y elementos que al final agotan al espectador). Pero si particularizamos, el espectáculo se salva. No importa cómo sea el personaje que representan y sus alucinaciones (personaje basado en la biografía de la poeta argentina Alejandra Pizarnik), importan más los puntos altos del espectáculo, cuando el texto dramatizado (sin multimedia pero con iluminación) se fijan en el espectador; intensos instantes de emoción: la poeta batallando con sus alucinaciones; la poeta amando indirectamente a su psiquiatra, sin reconocerlo; el psiquiatra batallando con sus propios sentimientos de deseo por esa loca; la fantasía burlesca de las horas del té, los diferentes simulacros de suicidio de la poeta; la enorme soledad del personaje, su descaro sexual que inquietó a varias y varios espectadores; el uso de un paraguas rojo, el uso de una máscara de conejo pero hasta ahí... El resto es cansado, como espectadores recibimos demasiado en esa relación escena-sala, que termina saturándonos por la multimedia y por los cambios de actrices sobre el mismo personaje.

Lo que podría decirle a estos enjundiosos creadores (algunos de ellos becados, que es algo que hoy en día no significa nada) es que aún están experimentando con lo que ellos mismos llaman “transdisciplinario”, término que le queda mejor a las artes plásticas pero no al arte teatral que lo ha hecho todo el tiempo. Lo que no se puede negar en esta experimentación es que también se debe lograr algo concreto con el uso de la multimedia; al menos, no dudaría que un uso moderado de este recurso obligaría a que la puesta dramática se viera más y se siguiera en mejores condiciones para el espectador. Cabría incluso la pregunta: realmente, como espectáculo, ¿qué movimiento emocional-intelectual se le ofrece al espectador? Si la respuesta es un movimiento didáctico, no aprendí nada, no me interesa esa reconocida poeta argentina. Si la respuesta es pasar un buen rato, no es cierto, la biografía inhibe el ejercicio de emociones del espectador pues estamos ahí enterándonos de posibles privacidades de un ser humano que sí existió y que ahora se le balconea con la famosa licencia poética. Pero si la respuesta es una reflexión existencial (percepción de la realidad, filosofía existencial, relaciones humanas trascendentes), se deberían entonces olvidar de la biografía y concentrar sus esfuerzos en un personaje a modo para hilar con delicadeza las mejores escenas de la obra, seguro encontrarían un equilibrio entre la multimedia y la puesta en escena, lograrían un buen espectáculo: concentrado, coherente y maravilloso.

PD 1. Volviendo a la realidad, sabemos que el teatro mexicano no da para realizar este tipo de cambios. Incluso, uno se acostumbra a ver espectáculos armados pero no logrados, no acabados, con lo cual el profesionalismo y la tradición se extinguen, se vuelven inexistentes, se olvidan con rapidez.

PD 2. Políticamente, este programa del IMSS (un programa federal) de acercar lo mejor del teatro mexicano a la población es detestable, pues se les olvida agregar que el teatro que presentan se da en una crisis económica brutal, donde los creadores hacen lo que pueden desde la pobreza, lo cual debería ser una vergüenza para las mismas instituciones que apuestan a la sobrevivencia del teatro pero no a engrandecer el arte teatral. ¿O los mexicanos no merecemos un gran teatro artístico-popular?

PD 3. Debo responderme: “Nos conformamos con lo que se hace desde las televisoras”.

PD 4. Por cierto, el espectáculo (o lo que sea) de Jugar a morir cuesta 30 pesos el boleto.