viernes, 4 de diciembre de 2020

Portales a la oscuridad - Este es uno - El Diablo ensaya


El Diablo Ensaya... (Fragmento) / Javier Acosta /2020

 

Javier Acosta Romero


 

1

Ahí está él, con ropas de descanso, satisface la curiosidad de su nieta que, asombrada, no comprende la complejidad del mundo ni de su mañana. El abuelo le advierte –menos mal– lo que no debe hacer cuando alguien (alguien) repite ciertas palabras sobre una estrella de cinco picos, semejante a la que dibuja en el piso con su sangre.

            –¡Vete de aquí, encomiéndate al Espíritu Santo y reza un Padre Nuestro; reza hasta que llegues a tu casa...!

            Ese hombre es como yo. Conocemos la verdad y sólo avisamos para que el otro se dé por enterado. Y enterarnos, escuchar, entender no es lo mismo a vivir, experimentar, dimensionar... Si no, que me lo digan. Quiero ver quién me lo dice...

*

Aburrición. Me detengo en esa muchachita hermosa como muchas... Llora que llora y sigue en el derrame de su malestar. Simplemente susurro lo que cualquier chica espera en casos tan bobos: libertad. “Tienes derecho a divertirte, a llegar tarde a casa; ni que te hubieras drogado o acostado con algún gañan...” Sí –dice ella–. Sí me la pasé bien y, con una cachetada, esta pendeja –su mamá–, me quiere quitar la única felicidad que he tenido en mi vida???

        Los padres son perfectos ayudantes cuando de tentar se trata; yo empujo... aprovecho, dirijo el corazón del desgraciado; en este caso desgraciada, que aprieta sus lágrimas y muestra los dientes y mira en el pasado el pentáculo que con tanta claridad le enseñó su abuelo...

        Usa el filo de unas tijeras sin desinfectar... Se cruza la palma de la mano y la herida le arde conforme la sangre se acumula, se cae en goterones. No debería llevarle tanto tiempo trazar unas cuantas líneas, calcular la geometría, lograr los vértices, escribir mi nombre al encimar letra por letra... Le contesto, hago el primer milagro: cierro su herida, el ardor se apaga, no habrá rastros de infección... Un buen ungüento hace lo mismo pero, yo soy el ungüento por excelencia... Lo  feo para mí es que la muchacha no me tenga miedo. Su cara es la misma de aquel día, hay asombro en sus lágrimas, mucha curiosidad, y la advertencia del abuelo suena dulce, indefensa, musical... la más perfecta versión para una canción de cuna.

  Dudo incluso en practicar mi entrada majestuosa de monstruo enrojecido, pentasexual, híbrido, con patas de cabra, cabeza de cabrón, cuerpo de toro y con la verga descomunal de un burro satisfecho... 

        La niña no me tiene miedo.

*

Mitzy despierta, siente la poca luz del día entre las sábanas. Asoma la cabeza; está ahí el grabado hecho con sangre y, en el centro, el nombre aquel, letra sobre letra, seco, ¿quemado? Le extraña el silencio, tanto silencio. No escucha el portazo que da su hermano, quien se va en el carro con sus papás para bajarse cerca de la escuela. Pero fue el ruido del pasador lo que la hizo despertar y sentirse sola; con el cansancio de la fiesta, con la sequedad del alcohol en la lengua y en los labios... La bofetada de su madre todavía exigiendo a golpes su obediencia o al menos un comportamiento gentil, con decisiones maduras y fiestas menos alocadas que la dejaran al menos caminar con propiedad y no en 'eses' y vómitos a s que r o s o s  en cada caída.

            Un buen desayuno la podría aliviar. Pero continúa en la cama y espera. Estira el brazo, mira la palma de su mano; le da vueltas, observa los detalles de ese milagro que le hice. No se ve la cortada por ninguna parte. La sangre, en cambio, sí se nota en el filo de las tijeras dejadas en el piso y en la geométrica invocación medio-trazada en el muro, arribita de la cama, que también está pegada a la pared. Entiende que las cicatrizaciones perfectas no existen.

            Ahora estira un brazo fuera de las cobijas... Con sus dedos revisa la calidad de los bordes negros en la pared donde la sangre le dio estructura a aquella invocación satánica; recuerda el dibujo mucho más pequeño y menos descuidado. Lástima que su abuelo nunca le explicó qué pasaría si no se iba de ahí sin rezar un Padre Nuestro.

            Suspira. Es un instante para no pensar, aunque la curiosidad rompe con eso. No siente un cambio en su personalidad; revisa cada parte de su cuerpo; todo igual y en su lugar... Incluso tiene la certeza de que aún posee una alma... o lo que sea el inquilino que llevamos dentro, ese que no es carne y se confunde con la voz del pensamiento o con el voceador de la emoción, sin límites, sin ancla, sin descanso, sólo para deleitar a un cuerpo, dimensional y bastante limitado.

            –¿Ya estoy muerta?

            –¿En la muerte las heridas desaparecen? –le pregunto–, ¿hay silencio absoluto como ahorita? –Suda frío–. La luz del sol es sólo la prueba de que estás más cerca del infierno...

            Pero tocan la puerta; el timbre con su ruido me interrumpe.

            “El señor de la basura...

            “Que sea el señor de la basura...”

            Como sea, donde anda el diablo son siempre territorios de la muerte.

            Suena el timbre una vez más. Mitzy se despierta otro poco.

            –M a m a a a . . .  –Disimula pereza, más impaciente que todas sus mañanas.

            Nadie responde.

            –¡Mamá! –llama otra vez.

            El timbre hace lo mismo.

            Sale del cuarto y va directo a la cocina, con algunas palabras por delante para empezar la discusión del día.

            Pero no hay nadie en la cocina. Apaga su desplante antes de responder al regaño que no ocurre. Suena el timbre por tercera vez.

            Sus pies están helados con ese trepidar descalzo por la casa. Llega a la entrada, observa  oculta tras el velo de la ventana, y que se escucharía mejor si todavía dijéramos “dintel”: observa  oculta tras el velo del dintel.

            Afuera me divierto. Toco la puerta con la percha de un hombre espigado, muy vital, perfectamente vestido a la moda, fresco, todo yo, con corbata delgada, solapas abiertas, con mi traje de puños descubiertos, y con el toque de mi morral al hombro, muy costoso, bastante chic. Le guiño un 'hola' a Mitzy, sorprendida tras el velo del dintel; le gesticulo con alegría mi presencia, con las ganas milenarias de abrazarla (literal).

            Mitzy retrocede. Otra vez toco, siempre amigable, sin prisas que opaquen el encuentro. Pero coincide (o no) que el sol se oculta. Ella se aferra a la perilla de la puerta, su alma se inquieta, el corazón le da vueltas. Está segura de que no abrirá, ni aunque el aire nublado de la mañana congele el piso y entumezca sus pies.

            –Quién –dice y regaña. O eso intenta.

            –¡Me llamaste y aquí estoy!

            Breve silencio. Más bien, pasé algo de saliva.

            –Tengo entendido que tú eres la joven Amalia Mitzytlini... y que quieres tu libertad. Traigo conmigo un breve contrato, pero podemos negociar las cláusulas...

            Mitzy le pide que la espere en el café, a espaldas de la casa, el de “Los buenos Díaz” Tú ya sabes, creo. Y lo sé, hasta ahora, porque... no todo es importante para el diablo.

            Con mis zapatos en imitación de algodón y suelas sintéticas, camino hacia el café, seguro con que la muchacha irá detrás, a una distancia apropiada para poder estudiarme y convencerse...

            Pero cuando Mitzytlini perdió de vista a tan inesperado galán, lo primero que hizo fue soltar el picaporte. Rezaba por fin un padre nuestro y no sabía a dónde llevar sus pies helados, o a dónde huir porque estaba en el lugar donde se sentía más segura en el mundo.

            ¿A dónde escapar? Se pierde en los versos del Padre Nuestro y termina el estribillo de una canción que le escuchó a su hermano, sin por ello acertar del todo... Porque se fue, porque murió; porque el Señor se la llevó... Se ha ido al cielo y, para poder seguir, debo ser muy buena para estar con él, Dios, amén.

            Es algo más que puros nervios. Tiene la enorme certeza de que el Padre Nuestro no funcionará. Tiene consigo un jabón de trastes y zacate. Talla la pared del cuarto hasta desaparecer toda la sangre dispuesta en el diagrama, pero conforme borra, la herida en su mano vuelve a abrirse...

            En la cafetería de Los buenos Díaz, el recién llegado sorbe su bebida arábiga, una mezcla de altura con sabor vainilla. Agrego, además, dos sobrecitos de azúcar mascabada para neutralizar la acidez y exaltar la vainilla...

            –¿Otra cosa, señor?

            –Sí, quiero que...

            El muchacho enfría de golpe el pensamiento... Observa sin querer la hondura de mis ojos en destellos de fuego. Suda frío.

            –Cuánto lo siento –le digo.

            Chupo mis labios, pongo al descubierto mi lengua viperina y se eleva el efecto nocivo de mis ojos. El muchacho, sin controlarse, tiembla frío.

            –Perdón en serio –Insisto, de manera que suena más a maldición–. No se me da… ser cálido cuando alguien, como tú –Toco su frente al señalarlo–, intentas engañarme.

            La carne del muchacho, sus músculos, su cuerpo, no obedecen la emergencia de salir huyendo. “El diablo ríe”. Yo, me río. La oleada de los primeros clientes ya pasó. Se encuentra abandonado.

            Me echo a reír como un dios vencido. Es mi carcajada un bufido que nace de la matriz del mundo; apestoso, telúrico, espásmico... el aliento de mis fauces atosiga al joven; quisiera decir que lo corrompo... aunque solamente tiembla. Su voz tiembla...

            –...Son cin cuen ta pe sos .

            –Toma mil... –Sonrío–. A menos que prefieras cincuenta mil.

            El joven despachador me observa un poco más. Aquellos dedos largos juegan con un billete de mil, notando sin esfuerzo las más de cinco extensiones de la mano, asidas al contorno rosáceo del billete...

            –¿...Es un re ga lo ? ? –Reza en su interior un Padre Nuestro, lo sé, vibra en la cafetería y un poco más allá.

            –Imbécil –le digo con ternura–, regalado no te puedo dar nada.

            –Es tá bi en –Su mueca vislumbra algo de alegría.

            Termina de rezar en su interior y se concentra en cantarle ahora al Espíritu Santo, igual y como su madre le insistió las veces que lo encontró frotándose en el trasero de una vecinita, contentos con jugar al papá y a la mamá.

            Esos versos, o el canto en sí, siempre me apaciguan. Y al instante crece el alma del que reza, hasta tomar confianza para crecer un poco más y asomarse en mis pupilas. Se ciega con ternura por el resplandor de los valles de la muerte, donde todo se quema. El tiempo se quema. La espada se quema. Los cuerpos se queman. Las ideas. Mi memoria. Dios, que tanto queman, se quema, revuelan sus cenizas, conforma las cosas del presente, que se queman de nuevo para abrazarse al polvo y vivir en la ceniza... Una buena idea de la eternidad.

            “Lo que algún día nos dio amor o un poco de alegría, nunca vuelve –El muchacho me escucha en su pensamiento–. “Y si nos dio todo el amor y toda alegría, tampoco vuelve”.

            Eso son mis ojos, los valles de donde nada vuelve. Poco o todo, mueren las cosas, mi resplandor, el miedo en la piel tras el mostrador de tan limpia cafetería. Son mis ojos la ventana a un mundo que se gobierna solo. Jamás me necesita.

            –...Es tá bien, a mi go –dice quedo–. Es tá bien. Es gra tis pa ra us ted.


*

Mitzy sabe que la pequeña hemorragia no va a detenerse. La cita en el café de “Los buenos Díaz” se vuelve inevitable; todo lo que toca lo embarra con la sangre de la herida abierta: su ropa, las sábanas, el celular... donde marca un número e igual ensucia su pequeña pantalla sin alcanzar a ver al que llama. Confía todo a su memoria.

            –¿Oldas? Por favor, tienes que ayudarme.

            –Mitzytlini, ¿qué te pasa? –Afortunadamente es la voz de Oldas.

            –Recordé tu historia de los exámenes que pasaste sin estudiar... Creo que acabo de hacer una estupidez pero sé que puedes ayudarme...

            –Mitzy... Dulce Mitzy...

            –Oldas –Era su voz pero... aquel tono–. Oldas, amigo, ¿eres tú?

            –Habla el dueño de Oldair –le digo.

            –¿...Qué?

            –Ya sabes quién soy, aunque no sólo me gusta ser el diablo, también me gusta ser el espantoso, el babilonio, el dragón, el cabra, el calumniador, el tentador, el fiscal, el pentasexuado,  el hermoso-horrible... El amo de Oldair... el mismo Oldair ocupado por mi ser... y tú, Mitzy, también, próximamente, ya que escuché un “sí” escasamente inteligible... ¿Lo recuerdas?

            Cuando terminé de presentarme, el cuerpo de Mitzytlini (todavía dueño de su voluntad) ya se había decidido a reaccionar con esa sensación de frío en exceso, donde no solamente se hiela el cuerpo sino también el corazón y las ideas. Se espantó. La cortada continuó su cauce carmesí para humedecer todo el entorno hasta vaciarse el corazón de la muchacha.


 ***


El Diablo Ensaya 2 (Fragmento) Autor: Javier Acosta - 2020


Javier Acosta Romero

2

Se puede decir que se aparece el diablo. O creer que se aparece el diablo…

            Repito. Se aparece el diablo, uno lo cree y lo puede platicar… O no creerlo. De todos modos ocurre: se aparece el diablo. Incluso, se puede juntar la comunidad para tratar el asunto de las apariciones continuas del diablo ya que su fama empieza a llamar la atención de los atrevidos que lo buscan y de los despistados que lo encuentran... Oldair lo vivió, Mitzy también, y son de los casos menos sonados. Los otros… casos. Esos, todos los días se repiten. Como el caso del viejo Gonzaga, quien se cita siempre al pie del mismo árbol, en la esquina de la calle que lo vio nacer en las primeras décadas del siglo pasado... Nada ha cambiado y, según dicen, nada cambiará a pesar de los grandes comercios que lo asfixian de a poco, pero nunca la esquina donde Gonzaga ocupa su sillón para pasar las noches bajo la frágil luz de esta calle.

      Si alguien supiera que Gonzaga vivía en la tercera puerta a partir de la esquina más cercana, sabría también que la casa está vacía. Hasta la llave de entrada se ha perdido. El origen de la vida en esa casa se ha olvidado. Sólo es que den las siete de la noche para tocar el capulín que le sirve de sombrilla, compañero o tótem y, una presencia, se materializa, ya sea como niño o como señora, como oficinista o como obrero, tendera, médico, lo que quieran, hasta un futbolista de la cancha más cercana... Siempre con el mismo discurso:

            –Soy el diablo –le dicen.

            –No es cierto –les responde.

            –Sí lo soy.

            –Eres demasiado humano para serlo.

            –Te lo demostraré. Mataré a todos los habitantes de esta pendeja calle y solamente a ti te dejaré vivir.

            –No, por favor –les suplica falsamente a todos–, ya he perdido a muchos como para que otros tantos mueran nomás por dudar de que eres el diablo.

            –Entonces, ¿ya me crees?

            –‘Te lo creo’.

            –De todos modos mataré a los de esta cuadra.

            –Por favor –suplica como si pidiera tres tacos de canasta–, sólo mátame a mí, yo soy el pendejo que dudó, nadie más. ‘Te lo suplico’.

            –Está bien.

            Y una nueva ramita nace en el tronco del capulín, lleno de nudos gimientes, todos con el mismo rostro de Gonzaga, agradecido con no creerle nunca al diablo, día a día, esclavo en una calle que nunca tiene para cuándo desaparecer, con todo y los esfuerzo que se han hecho en los alrededores, como el café De los buenos días o el salón de fiestas que está al otro lado. O la tortería que devino en heladería para luego ser tortería de nuevo y al final un práctico expendio de comida corrida. O el bar de la contraesquina, dos pisos de mesas que nunca duermen aunque estén vacías. O los tacos de parrilla que atienden al lado opuesto los fines de semana, en uno de los costados del palacio industrial de Loreto, devenido en vecindad de comercios, atragantados por el museo de una muerta. Por eso es bueno regresar a la esquina, observar que sólo queda el capulín, el largo sillón maltrecho de Gonzaga y, a unos cuantos pasos, la clínica misteriosa atascada de ancianos que llegan a hacerse pruebas químicas con la locura de querer recobrar la salud perdida... O encontrar, a un ladito, la sucursal bancaria (lado posterior del maldito consorcio global todavía norteamericano), que sólo ofrece una salida de emergencia. O el agujero de más abajo, con unos cuantos pasos se alcanza, ahí entran los carros a un burdel de mercancías que dan a la otra calle, esa sí concurrida, artificial y bendecida con el tráfico permanente de Revolución, el final de la avenida. Por eso regreso con Gonzaga, dormido y despierto, todo un faquir del altiplano; complementa su cena con el olor de la panadería informal que se abrió junto al café Delosbuenosdías, donde con abrir una ventana se atiende a la clientela escasa del barrio y a la masa trabajadora que circula a diario: pedidos de conchas de chocolate, donas de chocolate, cuernos rellenos de chocolate, rebanadas de vainilla con orillas de chocolate... Ahhh, el chocolate... Gonzaga define la carga de aceite que afecta el olor de tanto chocolate mientras responde a las voces que se acallan con los días, mientras súplica, tan falso como tantas oraciones, para que nadie más se muera en esa calle.

 

***


El Diablo ensaya 3 (Fragmento) Autor: Javier Acosta Romero. 2020


Javier Acosta Romero 

      3

O los hermanos, claro. Entre los dos les es más fácil todo, y es siempre mayor la recompensa. Porque solitos, puede uno hacerle al loco y nada pasa, el universo se calla ese secreto. A menos, claro, que el diablo haga presencia y exija a ese par la corrección debida para que no terminen iguales a su padre, que por algo nunca conocieron.

            La vida de ese par de niños no existiría sin el diablo. Mejor es que le teman, porque el ejercicio de la disciplina lo desconocían. Sí, la disciplina es cosa del diablo y de quien se deje gobernar... Cae el sol y las lámparas del alumbrado público se encienden, es hora de regresar a casa antes de que el diablo llegue, porque si encontraba al par de hermanos afuera, los encerraba de pie en el pequeño armario, sin posibilidad alguna de estirarse ni de ir al baño, hasta la mañana del día siguiente. Y si hicieron sus cochinadas, debían lavar antes de irse a la escuela. Y, la tarea que no hicieron, la harían como fuera, ¡pues qué!, son las seis de la mañana, en dos horas se puede todo; y allá ustedes si me mandan llamar por su huevonería!!!

            ...Era preferible meterse a tiempo a casa, escuchar a su mamá hacer la comida (si la había: mamá, comida o ambas) y observar la tele, pendientes de la puerta, que tiembla (podían jurarlo) cuando el diablo encaja la llave, la gira y entreabre. ¿Todo bien? ¿Qué creen que traje? Y si la mamá estaba, era la única que respondía “no sabemos, ¿qué es?” Y el diablo lanza una carcajada, dilata la respuesta hasta agarrarle las nalgas a la dama porque, pobre si no estaba, cuando por fin llegaba la mujer.

            Era la recámara un cuarto de torturas, un interrogatorio exhaustivo sobre todos los pasos extras que ella dio “inesperadamente” para visitar a una hermana, encaminar al abuelo, ir al mandado... El diablo nunca le creía (ni los hijos, ¿cuál abuelo?) Por la mañana la mamá disimulaba con torpeza el dolor de su cuerpo torturado. Nada de abrazos, vámonos ya, hijitos, sus cosas mis amores, otra vez no se peinaron, como si no existiera el cepillo (no existía). El diablo, en tanto, se perdía en las mañanas, no estaba en la recámara ni en el baño; nunca lo veían a esas horas ni escuchaban la puerta si se iba. --------------------------------------------------- Lo único que podían jurar era que el novio de su mami se iba con las sombras de la noche (literal), sin cuerpo, sin voz, sin remordimientos. Se iba con las sombras entrada la mañana.


 ***


El Diablo ensaya... 4 (Fragmento. Javier acosta 2020). 


 Javier Acosta Romero

  

4

Nadie recuerda desde cuándo esa calle es tan oscura, pero lo achacan a la construcción de la acera de enfrente, que nadie recuerda tampoco cuándo se construyó. Un edificio de ocho niveles cuya posición y amplitud sólo permite que los primeros rayos de sol entren a las casitas (media hora, no más), el resto del día son las sombras, su frialdad inquietante. Los dueños de la construcción pensaron en la renta que cada piso les debía proporcionar; barata, 30 mil pesos, y la planta baja la dividieron en tres para que cada comercio soltara su cuerno respectivo. Además, la azotea era para los dueños, que utilizaron la estructura como cimiento para una residencia muy modesta de 800 metros cuadrados... De vez en cuando, desde lo alto, uno de los residentes va a asomarse a la parte oscura de la calle para observar al viejo Gonzaga discutir con algún diablo de gente; y alcanza a ver a los hermanos jugar desenfrenados, famélicos, aprovechando al máximo la ausencia de su madre, una joven que daba pinta de no ser madre de ningún chamaco ni de nadie... Y, claro, la otra vecina, ahí va, como siempre, rumbo al café “De los buenos días”, siempre perezosa y separada de su familia.

            Cuánta alegría veía en todo eso comparado con la sobriedad que él vivía en las alturas. Es momento de regresar a casa. Le da la espalda a la penumbra, sin ganas de quedarse deslumbrado con el sol de esa mañana, pleno y juvenil, por eso camina con pasos inseguros, directo al umbral del comedor, donde su padre está en convite junto con sus otros hermanos. Con modestia, admira a su padre y a sus dos hermanos mientras atacan el menú asiático que acostumbran desde hace algunos meses; sus preferido son los fideos vietnamitas... Aunque es triste también el desapego que siempre llega rápido sobre las cosas favoritas: antes de los fideos fueron los albondigones de arroz japonés, y más atrás prefirió las lonjas de pescado cocidas con sal... Pero en lo profundo de la sinceridad, extraña las pelotas de carne y arroz con chipotle, y las masas de sabores que bebían como atole o champurrado... Tiempos que se debaten en otros tantos sabores olvidados, con la presencia del papá cada vez más insustancial, igualito a las actividades de su par de hermanos recién salidos del gimnasio, olorosos a esa colonia con que intentan cubrir las potentes emanaciones de su hedor...

          Siempre el raro es él, que disfruta ese aire de afuera, que conserva en su piel el luminoso sol de las mañanas, que siente los pasos camino al comedor como si pisara una luz pura, una sensación de levedad, necesaria para abordar con ligereza los almuerzos cotidianos.

            –¿Todo bien, Pancho?

            –Sí, padre.

            –Y, ustedes dos, ¿ya están listos?

            –Con la pistola desenfundada, papá...

            –Desenfundada y con cargadores extras, jejeje...

            –...Algún día –Mastica el papá– deberíamos esforzarnos en perder dinero. Ya basta de ganar... Es algo que debe ser posible, ¿no lo creen?

            –Ha de ser, jejeje... –responde el más pequeño–, cuando gano menos de lo que esperaba sufro igual, como si perdiera.

            Mastican las verduras caramelizadas.

            –¿En serio, Perico?

            –...Si no gano lo planeado me frustro, papá, lo siento como si perdiera la vida en una dimensión a la que ya no puedo regresar si no es con ganancias.

            –¡Bravo! –Irrumpe Francisco y bromea–, mi hermanito es una prueba más de que el dinero no es todo en la vida ni es trascendente en los negocios. ¡Perico ya es un adicto, papá!

            El menor construye la respuesta y la tiene ya en la punta de la lengua, pero le gusta también la manera en que brotan las venas en los músculos de su antebrazo al momento de arrojar la servilleta en la cara de su hermano...

            –Soy un adicto a querer siempre más. ¿Cuál es el pedo?

            Nadie responde, porque saben que lo siguiente llevará la servilleta de cada uno a la oquedad de la boca de cada cual. Eso, Perico lo desea, resbala el impulso por su mirada que denota además una singular ingesta drogadicta. Perico es el único que escucha los cubiertos cual potentes bombarderos contra los restos de comida. Pero disimula. Todos disimulan. Llevan su energía a dejar en claro el cansado gesto, segundos necios donde el papá limpia intensamente sus comisuras con la idea que a diario lo aligera:

            –La única manera de perder todo lo que tenemos, será si nos desaparecemos unos cuantos días, o todo un año, o toda la vida.

            Francisco esculca en la intención de esas palabras...

            –¿En realidad lo crees?

            El papá descubre entonces que pensó en voz alta y su primera reacción es natural: lo niega; se sonríe; enrojece; hace muecas. Es torpe en su respuesta que no les dice nada:

            –Mmmmm-ññññññ-ahhhh... sí.

            –Pues estoy contigo, papá. Es buena idea –canta Períco, que devora más fideos vietnamitas.

            Los otros dos no esperaban menos e inevitablemente ríen a carcajadas.

            Perico se lanza sobre ellos, desordena la mantelería mientras infesta con tela las oquedades babosas de sus hermanos:

            –Sí –sus músculos son ágiles tenazas–, yo mismo los mataría, puedo verlos reventados por completo, sin ningún pedazo de carne que asegure al mundo que ustedes existieron.

            –¡Jahahahahaha! –Los hermanos se pierden en la poca resistencia para terminar huyendo de la mesa, con su papá absorto en el paréntesis creado con estruendo (cachorros al fin): platos caído, sillas chirriantes y tanta comida disparada en todas partes.

            Perico tiene euforia para regalar.

            El mayor y Francisco, más conscientes de que su padre sigue en la vida, firme en su silla, retoman la formalidad de las mañanas. Usan las mismas servilletas que sacaron de sus bocas, ladean la cabeza, estiran el cuello y la espalda... Mastican... Sonríen entre ellos, se congracian con su padre.

            –A mí parecer –dice el mayor– lo tuyo me suena a una excelente película. En lo que pueda, quiero ayudarte...

            –Empieza entonces con envenenarnos el desayuno de mañana –Lo reta su papá.

            El primogénito sabe dónde terminará esto.

            –...Puedo hacerlo, envenenarnos tantito, pero dile a nuestros agentes que me lo permitan.

            Silencio.

            Y continúa:

            –Nuestros agentes siempre te obedecen. No hay necesidad de que nosotros lo hagamos. Ellos pueden.

            El papá mastica un trocito jugoso de pollo adobado, se sabe el artífice de este laboratorio familiar desprovistos de su propia historia, sin el pasado de una esposa, de una madre engendradora, o de otra parentela a la que puedan invitar o visitar. Las lágrimas le atascan la garganta. Pasa saliva. Ya no le importa si está pensando o si lo dice desde los pulmones...

            –He tenido ganas de matarlos, y sí, he intentado matarlos, no sólo matarlos a ustedes, matarnos. Nuestro cuerpo de seguridad no es el problema... ellos nunca intervienen... ni se enteran... Es algo peor, les he puesto a ustedes el cañón de una pistola mientras duermen, una espada, un cuchillo, una escopeta. He hecho el esfuerzo por matarlos, y al tratar de liberar ese impulso asesino, algo siempre se interpone... Hasta he traído bombas para detonarlas, y las activo pero nunca estallan. No pasa absolutamente nada...

            Los hijos dejan de comer, bajan la vista para no avergonzar a su padre con las tantas lágrimas que le escurren por la cara sin limpiarse ninguna; algunas caen en la taza de té...

            –También he intentado prenderle fuego a este edificio... He mandado a un grupo especializado a que arroje sobre nosotros misiles dirigidos con laser, o que saboteen nuestro helicóptero y toda nuestra flota de transporte... Pero nunca nada; somos malditamente intocables, prodigiosamente invencibles...

            Silencio. No sabe si sus hijos lo escucharon o disimulan que realmente nada ocurre porque, lo más seguro, es que realmente nada ocurre.

            –Papá –dice Perico–, si en serio quieres tanto unas vacaciones, tómalas y ya...

            Ríen los otros, y aprovechan para pasar a otros asuntos. El mayor despepita, dice que hay una nueva viuda, la recepcionista de la sede en Polanco, tan hermosa muchacha y simplemente su viudez la ha convertido en apestada... Pues apúntate hermano.

            –Apúntate tú a ver si así se te quita lo putote.

            –Yo lo digo por ti, para ver si lo puto lo confirmas y me dejas a la Chela esa, de los Aguinaga.

            –Te dejaré pero bien pendejo o, si quieres emparentar, ahí está la mayor, culta y todo... igual y te quita la cara de asno que le pones las veces que te pide la invites a salir...

           Ese juego los vuelve a la cordura. El papá los observa todavía desde su ventana de lágrimas, en una derrota más entre tantos intentos para destruirse. Hasta ganas tiene de volver a sonreír. Escucha entonces el inconfundible deslizamiento de la silla, pesado y mordaz.

            Francisco se levanta.

            –Tú, ¿a dónde...?

            –¿Al trabajo...? –Responde irónico.

            –Nada, hoy llegaremos tarde –Gruñe el papá y pide más té para todos, que obedecen con aparente calma, impacientes por devorar el postre para dejar la mesa y aprestarse a arrebatar aún más dinero, al modo como la humanidad procuraba las ceremonias previas a la cacería.

            –Somos unas máquinas –mastica el papá, y sonríe al tiempo que sorbe de la taza–, unas malditas máquinas de hacer dinero.

            –A mí ni me cuentes –dice Francisco.

            –Ni madres, panchito –lo acorralan sus hermanos–, eres igual de siervo que nosotros, respondes al mineral de la tinta en los billetes...

            Con ruido llegan al final amargo de sus bebidas y se van en helicóptero a capturar dos empresas familiares coreanas, tres porcentajes mayoritarios de proyectos mexicanos novedosos y la adquisición de cuatro competencias que soñaron alguna vez con ganar algo del mercado a estos granujas...

            Tiempo que Francisco ocupa para tratar asuntos completamente distintos, más mundanos, cuestiones de promociones laborales, salarios, permisos, capacitación, menús, equipamiento de cocinas y baños... Entre otros asuntos ¿recreativos?, que siempre lo divierten:

            –Somos una compañía de teatro.

            –Pero no la única... por desgracia –Les replica.

            –Creemos que el teatro es fundamental en la formación del trabajo empresarial ya que promueve la cooperación...

            Y Francisco lo interrumpe.

            –De eso sabemos suficiente, nuestros trabajadores lo tienen claro en el contrato. ¿Qué otra cosa ofrecen?

            –Calidad artística, una puesta en escena al gusto de ustedes para promover valores que apoyen los objetivos de su empresa... Valores como la tolerancia, el respeto, la solidaridad, el valor del trabajo...

            –Somos un conglomerado empresarial exitoso, nos ocupamos de estimular los valores que requerimos... ¿Algo más... por ahí... que ofrezcan?

            –Tenemos varios proyectos de montaje que, con la producción suficiente, empresas menores nos compran funciones completas, llevamos cinco años en los que hemos ampliado la base de nuestro portafolios...

            –¿Cuántos años lleva con ustedes su cliente más longevo?

            –Dos años.

            –¿Traen algún video?

            –Estamos en la red como “El lugar de la emoción sin límites”, ahí está nuestro trabajo... Y lo invitamos –le extiende cortesías–, a ver nuestra versión de Otelo, de Williams Shakespeare.

            –Y, ¿es de piel negra su Otelo?

            –Más bien lo actualizamos... Es un asesor financiero muy exitoso, traicionado por gente de su mismo departamento...

            –Y su Desdémona...

            –Es una actriz que vestimos muy elegante y sensual, en la historia es hija del dueño de la empresa... se encarga de los asuntos laborales... Pero Yago...

            –...Es un personaje que hace mucho ejercicio...

            –¡Sí, ¿cómo lo sabe?!

            –Describen a mis hermanos... –Murmura

            –Eh, no entendí, si me repite por favor...

            –...Pensé en voz alta... Aunque ya tengo la duda; en su versión, ¿cómo le hace su Otelo para conseguir la mano de Desdémona?

            –En nuestra versión todos la quieren, y el papá la pretende emparejar con Yago... Pero nuestro Otelo simplemente estuvo en el lugar y a la hora en que Desdémona requería de un teléfono celular porque no encontraba el suyo...

            –Y se dio el amor.

            –Más bien la pasión... El amor fue toda una discusión en la compañía...

            –Cierto... Siempre quise ver cómo le hizo Otelo para llevarse a la cama a esa belleza de mujer. Me interesa su obra... Y quiero conocer a su Desdémona...

            –Cuando guste, señor...


***


El Diablo ensaya... 5 (Fragmento. Autor: Javier Acosta Romero. 2021)

Javier Acosta Romero 

 

5

El hermano fue quien la encontró, primero tropezó con el rastro de sangre que pasaba por abajo de la puerta. No se atrevió a entrar, habló por su celular a la casa. Nadie le respondió. Habló con su mamá; no le creyó.

            “Ismael, déjate de bromas.”

            –Estoy seguro que es mi hermana, mamá.

            “Pues si estás tan seguro abre la maldita puerta.”

            –No... no tengo edad.

            La mamá se exaspero, ¿podía pasar por alto la respuesta estúpida de su hijo, todo un universitario refugiado ahora en reacciones de la infancia?

            –¡¿Eres cobarde, Ismael!? –Lo trajo de vuelta–. ¡Abre esa maldita puerta! –le grita, mientras tiene ya un pie fuera de su trabajo, y aborda un taxi, y señala la orientación que el chofer debe llevar.

            –¡¡...Qué pasa, Isma...!!

            El llanto del hijo en la bocina: “¡Te lo dije, mamá! ¡Te lo dije!”

            Un frío congela su garganta.

            –¡¿No puede ir más rápido, señor!?

           –Iría más rápido... –el taxista ha estado al tanto de ella–, pero el tráfico, señora... Qué más quisiera si la estoy viendo cómo está...

            Fue un alboroto extraño. Ningún vecino se acercó a la puerta que sólo mostró un signo de luto dos días después: un muy delicado arreglo floral que algún extraño trajo a pie desde quién sabe dónde. Lo poco que se comentó en la ventana del pan de chocolate, fue que Mitzi se suicidó; que se les hacía que así terminaría, era tan sola y callada; que quizá nunca superó la muerte del abuelo a quien adoraba; los pocos muchachos que llevó a la casa seguro la deprimieron, con ninguno se le vio feliz; la escuela en la que iba era para volver loco a cualquiera, con sus sobrecargas de tareas, sin dejar tiempo para nada; y el rumor creció, en el café De Los Buenos Días alguien sabía (por algún otro enterado) que los papás de Mitzi fueron muy pendejos, ¿en serio no se dieron cuenta de lo que pasaba? Pues como siempre andan afuera, algo así sucedería. Como en la otra casa, igualito... con los niñitos esos que andan en la calle como huérfanos; pero el amante que se consiguió la mamá, nada mal pero; ...sí, todos escuchamos los mismos azotes, pero tampoco digo nada ni usted ni nadie porque parece que la señora lo disfruta; yo también he dudado, y me regañan cuando ando con ganas de ir a denunciar; no sé cómo entender esos gemidos, porque he vivido y sé que esa mujer anda haciendo circo entre las nubes; es una desgracia que en un ambiente así alguien se atreva a suicidarse; nomás falta que el que le trajo flores tan bonitas resulte ser el asesino; puede ser; podría ser; todo puede ser...


***


El Diablo ensaya... 6 (Fragmento. Javier Acosta Romero. 2021)

 Javier Acosta Romero

6

De varias historias que tiene sobre el Diablo, mantiene dos en su escritorio. La historia del muchacho que da muerte a su madre a cambio de tener como pareja a la mujer más hermosa del momento… Ya no puede terminar con que el diablo se presenta ante el firmante, transcurridas varias décadas, solamente para llevarse su alma; el mismo Diablo decidió alargar el pacto al ofrecerle al joven matricida, asesinar ahora a la esposa, con la promesa que él y sus hijos tendrían una vida de poder y privilegios, como la inmortalidad. Claro, el uxoricidio no es un tema cualquiera, a eso solamente se podría atrever el Diablo, no alguien que procura estar al tanto del bienestar de sus vástagos. Quizá en las publicaciones amarillistas se puedan encontrar algunos uxoricidios, creíbles por tratarse de hechos perdidos entre las vilezas más comunes que se cometen con absoluto albedrío en contra de la integridad y dignidad de la mujer. Como sea, a la humanidad le cuesta menos trabajo el uxoricidio que el mariticidio, del que incluso se destaca desde la mitología el caso Clitemnestra: una de las más bellas mujeres asesina en el baño a uno de los militares peor portados aunque siempre victorioso, Agamenón. ¿Qué falta entonces? ¿Trasladarlo a un viudo con hijos nos haría pensar en la ausencia de la madre de esos niños por mariticidio??? ¿Merecía, Eugenia Linares, que el bruto ese la tomara por el cuello para que no pudiera decir palabra mientras era arrastrada hasta el patio donde finalmente desmayó? Nunca supo que el hombre ese, la siguió arrastrando por obedecer el dictado de una voz que él llamaba santa, sin temor a que los perros ladraran o a que los trasnochados los vieran. Sin cansancio, subió por la pendiente del bosque más cercano, concentrado en simplemente terminar con ella.

            –¡Te la entrego, señor! –O algo así dijo, cuando por fin no daba con camino alguno. En la memoria no registra los detalles; que un trasnochado hizo lo posible por detenerlo; que el bruto este lo molió con la misma hacha con que fue interrumpido; que el alboroto atrajo a más curiosos y a varios perros; que la turba no se atrevió a apedrearlo ni a colgarlo ni a prenderle fuego; él mismo fue a entregarse a la cárcel municipal, donde tuvieron que despertar a gritos al carcelero. ¡Oh, malditas noticias! ¿Esto quién lo va a creer? Sin duda, me gusta mi trabajo.

            El milagro del diablo comenzó a tomar sentido; en la casa de Eugenia Linares, ya sin ella, dormía el marido abrazado a un saco lleno de monedas de oro. Los brazos del hombre no tenían rasguños, y al marcharse por la mañana, con sus tres hijos, la noticia de la mujer que un leñador ebrio descuartizó con filo, empezaba a transmitirse a las poblaciones circundantes. Más fortuna esperaba al viudo en la ciudad más próxima, para saltar después a la capital y hartarse de valores. Mmmm ¿Por qué no saltar al mundo y conquistarlo? Era evidente; eso hubiera dejado al viudo completamente solo. Y si algo amaba el diablo de ese hombre, era el amor que sentía por sus hijos... Tan parecidos a la mujer que los parió, aunque ninguno de ellos tuviera su mirada.

            El Diablo se estira. Se estira otro poco. Truena con delicia las vértebras de su espalda. Hace a un lado el documento y aspirar el escaso aire de la cueva, sólo iluminado por la llama blanca de una veladora que le dedicó a la flor más hermosa del momento.

*

Ahora ¿Quién falta en la historia de la muchachita Mitzytlini? Hemos visto a la mamá, pero no al papá, que frente al cadáver tan lavado y recién zurcido, luego de la autopsia, no tenía en su cabeza más que la masa de culpabilidad que se le acumuló al trasladarse del trabajo a la morgue, lapso en que encontró, en la extraña película de su vida, el momento del error: cuando conoció a su esposa... Así que maldice ese día porque entonces Mitzy no hubiera existido y no hubiera sufrido como se especuló en detalle a lo largo de la autopsia. Ni siquiera se atreve a llegar a casa, donde un vecino ya le ha avisado que las cosas van bien con la limpieza de la entrada y parte de la banqueta… ¡Que en general están limpiando todo!

            Reaccionan al dolor sin entenderlo. ¿Qué más da? La muerte arranca los nervios, las lágrimas, el hambre. No hay peor cosa que sentir al que no está. ¿En qué estaba? Sí… ¿Cómo fue que cayó en garras de su esposa? Cómo fue que dio ese paso afuera del vagón, en una estación de metro tan lejos de su casa, sólo por seguir acompañando a su amiga que esa tarde le permitió tocara sus enormes pechos, besara sus jugosos labios y sintiera en los oídos los suspiros que hasta al diablo le hincha las venas más inesperadas…

            Pero tanta carne, con la usura, se convierte en una intrincada y gruesa enredadera, una maleza inexpugnable, sellada con la muerte de la hija, que impide explorar y descubrir las ruinas, con el cuerpo que no sabe de deseos, que se hunde en la maleza.

            El diablo toca con las manos la frialdad de un brote, igual a la cabeza del papá de Mitzytlini. Puede aplastarlo, puede patearlo, puede escupirle y que el hombre crea que esa lluvia son las lágrimas que nunca aparecerán en sus mejillas.

            Tampoco le interesa las lágrimas de otros, ni las voces que lo llaman a la calma de la resignación. Ni en cuenta que camina. Si algo respira es la idea de venganza. Que la vida extinta cobre un significado más allá de las esquelas y de los avisos que dejó colgados en la funeraria... Se sabe una planta, de la que brotan verdes patas y garras, hambre y colmillos de origen vegetal, más evidentes si pudiera estar desnudo, desposeído o indefenso. Siempre es encantador entrarme en la carne y la psique de un cuerpo humano confundido.

            Daba lo mismo estar en la morgue que en la funeraria, reconocer el cuerpo o cremarlo por la tarde del siguiente día. Toda esa espera fue un acto banal. Igual los abrazos, el consuelo. Nada agregaron, eran los de siempre, el sentimiento de quien vio a Mitzytlini a ratos y no en la intimidad de los recuerdos, en las cosas que sí significaron y que, de alguna manera, escribían su final... ¿Qué cree mi esposa que ocurrirá cuando regresemos a nuestra cama? Si la abrazo, sabrá que estoy ahí hecho un bulto flácido, escondido. La voluntad la guardo. Estoy a punto de girar la perilla de la puerta y entrar.

            Una voz de muchacho… El otro.

            Qué caray.

            Deja la puerta y sigue la sombra que le llama. Es fácil seguir una sombra y no responder a la conciencia de lo que sí pasa. Se vuelve esa sombra un compañero y se deslizan juntos hasta la tercera entrada. Abren la puerta, puede sentirse el calor de una hoya dejada en el hervor.

            –¡Holaaa! –Quién sabe qué respuesta esperaba.

            En la recámara del fondo, una mujer responde.

            –Estoy aquí, los niños ya están dormidos.

            Los niños. Grata ensoñación. Los tiempos de cuando todavía eran dos.

            –Y ¿Acabaron su tarea?

            –Según ellos, sí –La mujer responde, como si realmente estuviera a la espera del vecino.

            Vaya sorpresa la suya cuando los descubrió.

            La sombra la retuvo en el momento en que ella huía en busca de los niños.

            ¿Qué clase de golpes habría esta vez?

            La sombra intuye el nerviosismo, tiene una conciencia peculiar, transmite simplemente que en esta ocasión no la someterá como acostumbra, ni le haría sentir el miembro aquel, expandiéndose en su interior como una bomba que punza para quemarla en cada habitación de la consciencia.

            Esta vez, te traigo un regalo. Los presenta. Ella no está dispuesta a obedecer, lista a desprenderse de la brutalidad o de la ternura estúpida del hombre que perdió a su hija.

            –Parece que no te oye.

            Está en un sueño. Sus ojos te miran con descaro. Devora tu figura. Tu cabellera. Tus ojos con el odio que me odia (Falto de lengua y de boca, qué puedo chuparme) ¡Los dejo solos, que no aprecio los modos que surgen de los tríos!


domingo, 19 de enero de 2020

YAGÉ!!!


Javier Acosta Romero

“¿Quién soy ahora?” Que un evento cultural logre tan acentuada lucidez existencial obligaría a mirar con mayor atención qué lo detonó: la ingestión de ayahuasca en una ceremonia de sanación, de la mano de dos maestros del Amazonas colombiano, Jaime Muriel y Julián Saute, en medio de un santuario natural como lo es el bosque Los Organillos, de la comunidad otomí, en el Estado de México, a hora y media de la Ciudad de México.  ¿Quién soy ahora, a partir de esa ceremonia? Si lo comparo con algunos eventos teatrales, tengo que ir más allá, cruzar los límites de las instituciones que administran y proveen eventos en los espacios teatrales. Luego, en el extremo opuesto, si lo comparo con las ceremonias religiosas (las que tengo más presentes son las ceremonias del culto católico), tengo que ir más allá de la figura del sacerdote, cruzar los límites de la figura sanadora de los terapeutas y aterrizar en el ritual colectivo de las “constelaciones familiares”. Entre esos extremos, en la zona donde el teatro deja de ser institucional y donde las ceremonias colectivas dejan de ser instituciones religiosas para detenerse en el instante de la sanación, está, a un lado (no sé cuál) la sola vivencia de fe en lo divino (como sea), la propiciación del encuentro místico vía los rituales milenarios del yagé, su efecto enteógeno. “¿Quién soy ahora?” La ceremonia expandió mi mente para que observe ciertas tareas a realizar (intuidas por mí, conocidas solamente por mí en esa otra zona –interior e íntima– en la que no podemos mentirnos a nosotros mismos) y que de otra manera no hubiera advertido en la hecatombe dramática de este siglo XXI, que siempre nos marca con las acciones que realizamos frente a otros o que ocultamos de otros; además, la dimensión mística, de encuentro con lo divino (como lo entienda cada quién), fue tan convincente que aún trato de observar las cuestiones morales y éticas que ofrece esta cultura del yagé (equivalente regional amazónico de la ayahuasca), que a fuerza de intromisiones colonialistas y por sobrevivencia guarda muchos sincretismos con los rituales católicos.
Aspecto del santuario otomí Los Organillos, al amanecer, terminada la ceremonia. Lo sorprendente es que no se nota lo purgado por catorce personas por ningún lado.
 Al practicarla (aunque haya sido por única vez) acercó a varios... Pero hablaré de mi persona. Acercó a mi persona a una dimensión espiritual, metafísica, con efectos que ahora percibo en el mundo físico: en cuestiones de salud y salud emocional, donde la tranquilidad y la paz (la ausencia de conflicto) las suponía ideales, pero la mente es poderosa, y el ritual al que aludo lo fue también, por eso lo reseño. La ceremonia otorga verdades (si eso se requiere) o dones distintos como las "respuestas". Se puede llegar a la ceremonia por curiosidad, se puede imitar a los otros participantes por unos cuantos minutos, pero cuando sucede la ingesta del purgante se vulnera lo orgánico y nuestro actuar se apega a lo imprevisto de su efecto. Hay quienes vomitamos muchas veces y una vez tuvimos diarrea. Y hay quien primero tuvo diarrea y luego vómito, o ambas al mismo tiempo o etcétera. Somos el actuar de la purga en nuestro cuerpo, con efectos profundos en las dimensiones de la psique que no son para nada recreativos sino, por su intimidad universal, sagrados. Y debo aceptar que negué el efecto cuanto pude, como si se tratara de algo que me haría daño (ellos le llaman “resistencia”), me decía que la purga era terrible. Sin embargo, su sabor (a café con miel) y la manera en que llegó al estómago (con absoluta suavidad y calma), me decía que todo saldría bien (Yo histérico por fuera). Eran los primeros cinco minutos, luego... a vomitar, a equilibrar la ansiedad del cuerpo con esa calma que seguía avanzando (lo sentía) como un astuto y ligero animalito que hurgaba con sabiduría en mi sistema digestivo. Escalofríos y espasmos de respiración me decían que aún estaba ahí. Los párpados cerrados, la introspección simbólica, la magia del animalito con su temperamento y buen humor en cada célula, construía rincones apartados, extraños o familiares momentos, enigmáticos, que exigían un actuar, un decidir, un aceptar, un resolver, un encontrar. Por fuera, en tanto, más vómito, diarrea, cuerpo cortado, adormilamiento, espasmos... Con dos pautas más para ingerir más purga, acompañados de una música que en la plenitud mística (o sueño o encuentro) me sujetaron al mundo y me asomaron al otro con la humildad de una guitarra acústica, de una armónica silvestre, sonajas naturales, dos voces jóvenes, una femenina y otra masculina (Fue hasta el otro día que me enteré que se trataba de un grupo musical profesional, originario de Morelos, Palo Mango. Dejo un enlace en YouTube: https://www.youtube.com/playlist?list=PLzwzLtoxV-o8gVviZSMvX_sCQTAtQEEkf ).
Terminada la ceremonia, con el grupo Palo Mango, Rebeca Catalán y Diego Velázquez. En medio de ellos el organizador de la ceremonia, Gerardo. Tan frescos todos en ese "amar-nacer" del amanecer otomí.
Si no me sabía enfermo me sentía en tratamiento, abnegado a aquella fría madrugada, cercano al fuego que hicieron en la chimenea del local (una amplia cabaña de ladrillo con techo de lámina) donde un grupo de personas permanecíamos en metamorfosis, como bultos inermes cuando no estábamos purgando con vómito y diarrea. Éramos música, la armónica pueblerina llevada al interior de un bosque majestuoso, aferrados a los cuidados del santuario otomí. Me hubiera gustado, al amanecer, ayudarles a acomodar las sillas para hacer un círculo que los Maestros pidieron, pero yo me sentía tan vacío, tan inútil que podía caer si no me hubieran ayudado. Mi situación era lamentable y primeriza. Estaba seguro de que no podría regresar a casa por mi propio pie. Lograron el círculo y los Maestros nos dieron la bienvenida a ese “¡Amar-nacer, amar-nacer!” que dicen ellos del amanecer, muy opuesto al despojo humano en que yo estaba convertido. Pero la ceremonia continuó, los Maestros nos pidieron no abrir los ojos y mantener una postura que nos permitiera recibir “¡regalos del cielo!”. Cerré los ojos, puse las palmas de las manos hacia arriba, en forma de cuenco y por encima de los hombros, con la actitud del desorientado al que le daba lo mismo a dónde lo empujara el poder del cielo. Los Maestros hicieron dos rondas individuales, personalizadas para cada consultante: plegarias al Padre, rezos o conjuros yagé (no lo sé) que fueron aliviando mi tanto malestar y acallando mi asombro hasta vibrar con sus rezos y su fiesta energizantes. Me sentí tan feliz, tan en concordancia con el mundo que, sonreí y lloré. Para sorpresa de los primerizos, la ceremonia no termina con los efectos del purgante, se cierra con el ritual personalizado que puso mi cuerpo en sintonía con la belleza del lugar, con la belleza de las personas con quienes compartí la madrugada y el amanecer del 20 de diciembre de 2019, una ceremonia sorprendente por la sencillez de sus recursos y por la humanidad de sus Maestros. Es tan simple como llevar a servicio una máquina, un carro, unos zapatos. Pero si los zapatos o el carro están mejor que sus dueños, lo que hay es torpeza y malestar. Ni siquiera sentía hambre. Nada necesitaba, al contrario, tomaba el respirar como el regalo que es, el mirar como el regalo que es, el tocar como el milagro que es... Y como cualquier revelación mística me tardé varios días en escribir la reseña prometida que hoy entrego. Queda así.
El Maestro colombiano, el taita Jaime Muriel con su servidor, terminada la ceremonia. Sin agotamiento, sin malestar, sin necesidad de nada.
Anexo algunos enlaces si la inquietud aparece, ya para acercarse o para alejarse, responder al llamado o dejarlo pasar entre los ruidos urbanos. Nada obliga. Nadie.



viernes, 29 de noviembre de 2019

"INSANIA": LA ESTÉTICA DE LA HUMILDAD

Javier Acosta Romero

Nunca había asistido tres veces a una misma puesta en escena. Lo hice con “Insania” (así se llama la obra) y realizarlo, sabía, me permitiría dar una valoración un poco más precisa de sus alcances. Esto fue en el Foro Contigo América, un lugar bastante agradable, cómodo y con espacio de estacionamiento desde las siete de la tarde. Asistí al estreno (muy emotivo, lleno de energía), regresé a mitad de temporada (la mejor integración del espectáculo) y al cierre también llegué (demasiada tensión en el ambiente, además, grabaron en video la puesta completa). ¡Qué rara obra! Pero muy agradable. El montaje es responsabilidad de Aleyda Gallardo (directora), fue ella quien decidió arrojarle al espectador un trabajo actoral resistente y exigente, sostenido por diversos diálogos frente a los cuales uno no sabe qué hacer; el espectáculo no nos obliga a seguir una historia, que de todos modos ocurre aunque en términos muy sencillos: Mariana, una mujer (que nunca vemos), después de padecer una crisis laboral que se complica con un aborto, regresa con el hombre con el que concibió para vivir con él aunque no lo ame, porque en su corazón está otro hombre perfectamente bien instalado. Pero reitero, nunca vemos a Mariana, a quien vemos en el escenario es a dos mujeres que parecen ser parte de esa primera mujer; no tienen nombre, no duermen y podemos decir que habitan en lo que se da en llamar la zona del subconsciente. Este par de entidades femeninas organizan situaciones donde nos enteran de Mariana de una manera crítica (o autocrítica), qué piensa, qué siente, qué ve, qué vive, qué recuerda y, al mismo tiempo, rompen con esas situaciones sin propósito aparente (eso el espectador lo puede resolver), y ya estamos entonces ante Dios (con mayúsculas) con su esposa (supongo que también debería ir con mayúscula), y en otro rompimiento intervienen las diosas Afrodita y Perséfone, luego irrumpen la legendaria Lilith y la olvidada Eva... Cromática de entidades que confirman el arduo trabajo actoral de Lita César y Sandra Galeano.

A cada momento brincan de un tono serio a otro cómico, de una situación real a otra muy ideal. ¡Todo un caos esa cabeza de Mariana! Y, sin embargo, como espectadores no podemos quejarnos porque a ese caos lo habita la belleza, empezando por la belleza física de las actrices, continuando con la belleza con que se escuchan (o se emiten) los diálogos y, si seguimos algunas situaciones, encontramos belleza en el discurso de la obra, en la sola emisión del texto (modestia aparte, original de quien esto escribe). Además, el gesto con que las actrices dialogan cubre un plan de ruta acompañado con la presencia de un muñeco tamaño natural (un objeto evidente pero inasible, despersonificado, que le permite ser cualquier cosa o cualquier persona, incluso ser la esencia misma de Mariana. ¡Una genialidad de la directora!) El escenario del Foro Contigo América, dispuesto en cámara negra, deja muy pocos objetos a la vista, entre ellos ese muñeco genial; siendo las actrices las que rescatan y construyen con tres sillas, una mesita, una cafetera, el muñeco especial, un par de zapatos altos, una minimaleta de maquillaje, una pequeña estola, un ceñidor, resignificándolos o deconstruyéndolos sin escapar de nuestra vista ni de nuestros oídos. Son la humildad de la belleza, la belleza sin pretensiones, natural, como cuando nos acabamos de bañar y sonreímos. Porque a la belleza, sin más, los mortales la adoramos y la seguimos. Sólo espero que haya una segunda temporada para que más gente la pueda apreciar.

usygly@gmail.com


*Anexo un enlace a la reseña de Eugenia Galeano, sobre esta misma obra.

martes, 19 de junio de 2018

TIEMPO BÍFIDO: Cuentística de Leda Rendón

EL ACTO SAGRADO
Javier Acosta Romero

“Línea de sangre” es el texto que mejor me atrapó del libro Tiempo bífido. Es un relato sobre una situación cotidiana como lo es investigar, en este caso es una investigación sobre el linaje femenino de uno de los personajes, produciendo un despliegue narrativo lleno de virtudes que nos posibilitan avanzar por el conocimiento que obtenemos del ambiente, el cual se aleja de tajo de lo cotidiano para adentrarnos en lo sobrenatural, metafísico, mítico, sexual, de ensueño. Un estilo que raramente llega a los ojos cuando lo que se busca son preocupaciones más universales, políticas, de índole ético. Tiempo bífido no va por ahí, responde a una circunstancia lectora de desenfado, un momento para experimentar con la realidad desde la base propia de los sueños más telúricos: las revelaciones, los juegos rituales, los viajes chamánicos. Evidentemente, el libro nos lleva a una edad donde la moral y la ética no se experimentan, cosa que es propia del mundo onírico, de las representaciones subconsciente y de las alucinaciones. Pero salvada esa resistencia, el material de la autora Leda Rendón (mexicana), se consume igual que cualquier otra sustancia de efecto psicotrópico, donde vale más vivir el juego ritual, la experiencia prohibida, el tabú, que tratar de ponerlo en un buen lugar dentro de la realidad objetiva, moral y política. Incluso, al separarnos de esta manera de las cosas tangibles y del tiempo cronológico, nos sorprende el libro con un relato que acusa una visión sumamente crítica sobre la barbarie de la ciencias, del poder y de la riqueza: “La última”, que entrados en la dinámica rendoniana, nos presenta un evento donde un personaje llega a ser tres o cuatro personajes que miran como un sólo ser a partir de sus seis u ocho ojos, y a sentir a partir de las sensaciones de cada uno de los cuerpos que todos sienten como un sólo ser, pero cada cual con sus propias intenciones hasta que se vuelve evidente quién es quién y por lo mismo quién será la única: una hembra, no puedo decir mujer (deben leerlo), porque posee belleza pero no por eso es algo femenino...
    La animalidad, el instinto, la locura, la insensatez, el prodigio, lo prohibido... hierben a lo largo de los textos, se desbordan y nos embotan de ese mundo que permanece en los sentidos aún después de leerlo ya que responde al mundo ancestral, a la familia original que se reprodujo de modo endogámico, incestuoso, con las consecuencias clásicas del matricidio, el asesinato en general que, desprovisto de la terminología política funciona como una auténtica muerte ritual, sacrificios que permitieron la purificación del tiempo y la sacralización del espacio... Así que Tiempo bífido es un libro que nos lleva a un viaje subconsciente para descubrir en nosotros lo que se da en llamar el cerebro reptiliano, y para ello deforma a nuestro yo (o de plano nos desmiembra), deforma o sustituye a nuestra época, a nuestra sociedad y a nuestros valores... algo necesario para regresar con nuevo brío y de modo contrastado al presente del lector. Por supuesto, quienes lleguen a leerlo, la manera en que me hubiera gustado hacerlo sería empezar por “Línea de sangre”, para adentrarnos otro poco con “La última” y terminar en pleno alucin ritual, patriarcal, primigenio con los dos primeros textos, “Detrás del espejo” y “Tiempo bífido”, en ese orden.
Presté mi libro y nunca regresó Snif! Maldita memoria

 

lunes, 18 de junio de 2018

LOS DE ABAJO: Novela de Mariano Azuela

LA DENSIDAD LITERARIA DE "LOS DE ABAJO"
Javier Acosta Romero

Uno de los conceptos que mayor trabajo cuesta creer o aceptar en la práctica de la lectura es la mímesis, cuya revisión estética se la dejo a los especialistas. Sin embargo, para explicar la famosa novela de Mariano Azuela, Los de abajo, encuentro en la mímesis la categoría estética predominante en la diégesis, fundamentalmente porque explica la manera en que le dí lectura.
      Como entiendo el concepto desde la práctica lectora, se refiere a toda aquella información que el texto arroja directa o indirectamente sobre el contexto al que alude y/o al que pertenece no sólo la novela, también la esfera cultural del lector, y aunque ambas esferas no coincidan en el tiempo. Por ejemplo, en la novela de Azuela la mímesis está con la actitud aguerrida de quienes entraron a la revuelta de 1910 siendo que yo lector nací en la segunda mitad del siglo XX, pero miméticamente reconozco la actitud aguerrida de los mexicanos revolucionarios y en especial, reconozco la noción de libertad y de revancha que exime a los personajes de Azuela de un aparato de justicia eficaz. La novela insiste en ello: socialmente le da seguimiento a un grupo guerrillero que se identifica con el villismo por pura geografía, sin conformarse ideológica o políticamente; simplemente se dejan ir por la dinámica de la revuelta. Denotan con ello carencias educativas (formativas, pensando en el concepto de modernidad) que por comparación mimética hacen de los guerrilleros de Azuela víctimas de las circunstancias de una guerra en la que pudiendo decidir mejor (para beneficio personal y social), no les era posible por la peculiaridad de su carácter y, al contrario, los personajes insisten en el barbarismo (lo opuesto a la modernidad) al grado de que la esfera política desaparece y poéticamente se abandonan a lo que ellos consideran debe ser el momento “heroico” de su muerte, a manos de otros guerreros, mucho mejor pertrechados y victoriosos.
    Con lo anterior, más cuestionamientos miméticos saltaron: ¿Quiénes ganaron, entonces, en la revuelta de 1910? Busqué el carácter de los elementos externos que indirectamente señala la novela... Los villistas, ellos, ¿merecían no solamente perder la guerra sino, además, debían ser exterminados? El discurso de Mariano Azuela es ambiguo, porque al aniquilar tan poéticamente a los guerreros que estaban bajo las órdenes del personaje Demetrio Macías, favorable al movimiento villista, parece quitarnos la preocupación de los excesos que hubieran existido si estos llegaban a gobernar como lo hicieron en cada pueblo que agredían (o tomaban). Miméticamente enfilo las baterías hacia el contexto donde fue escrita la novela y me encuentro con que el autor la escribió en el exilio, temiendo alguna represalia de los carrancista por la participación directa del autor en la revuelta, del lado villista... Sin embargo, no veo en la novela Los de abajo algo que me diga que el autor está a favor del movimiento villista, al contrario, es como si el autor hubiera concentrado los excesos que pudieran explicar el fracaso del villismo como opción de gobierno.
    Además, esta reflexión que apela al material de la mímesis, se da en una época de elecciones federales (lo escribo en abril de 2018, en México y como mexicano), donde los defensores de la continuidad están haciendo lo miso que Mariano Azuela: producen escenas de miedo, que le dicen a la gente que esas serían las consecuencias de votar por los posibles renovadores del gobierno. Y aunque la memoria de Mariano Azuela es intocable, la poética de su novela le resta fuerza al movimiento villista, movimiento al que paradojicamente perteneció, por eso creo que su novela le sirvió más para revisar (y con ello purgar) los excesos de quienes se dijeron villistas pero que se comportaron como bandidos. ¡Qué difícil! Porque me niego a tirar por la borda la imagen heroica y popular que tengo del villismo, de la misma manera en que me niego a creer en las patrañas electoreras de los políticos conservadores que se expresan vía los medios masivos de comunicación hoy día: noticiarios, anuncios, comunicadores, prensa, influencers, internet... Ni siquiera puedo pensar que Los de abajo es nacionalista o pacifista porque muestra los horrores y heroísmos de la guerra. No, porque si intento argumentarlo gana siempre la visión de Azuela, que es contraria al carácter popular del villismo, del cual históricamente se establece que buscaba la justicia para las bases sociales encarnadas por los desposeídos, a quienes no les hizo justicia la revuelta, de la misma manera que le ocurre a los desposeídos de hoy (cien años después), a quienes los conservadores han abandonado en la ignorancia, que es propicia solamente a las estructuras, efectos y amoralidades del hampa.

 

lunes, 14 de mayo de 2018

"Gringo viejo" / Carlos Fuentes el equilibrista


Javier Acosta Romero

Al leer la novel Gringo viejo (1985), uno recuerda que escribir es divertido, como lo puede ser cualquier juego de destreza y estrategia. Pienso por ejemplo en el ajedrez o en el futbol. La diversión de escribir es fácil transmitirla cuando el texto literario que se lee se asegura de cumplir con su poética y no tanto con el lector. Gringo viejo se convierte con ello en una especia de objeto con valor antropológico, donde se revelan elementos que le dicen al LECTOR: “Mira, aquí cambia el hilo conductor, quiero extraviarte... “Ah, aquí exijo que te fijes en el discurso que le pertenece a cada personaje... “Ah, no te puse sobre aviso pero aquí damos un salto cuántico (cambio de tiempo-espacio sin que por ello dejemos de estar en el mismo espacio narrado)... “Ah, finalmente la mujer cara de luna, un personaje sin importancia, tiene un pasado fundamental para la diégesis... “Ah, entrada triunfal de Francisco Villa en el cierre de la novela; cinco minutos que se está en la lectura y mira, se retira con honores... “Ah, te aviso,  Gringo viejo está basada en un hecho real sobre el que me puse a fantasear (yo Carlos Fuentes)...”
    Una fantasía. Sobre todo por esa imagen del revolucionario mexicano que se relaciona sexualmente con una gringa que tenía ganas de perderse en el sexo de ese mexicano, del que terminamos conociendo aspectos tan íntimos como el momento en que fue fecundado, o el momento en que se convierte en heredero y protector de un pasado nativo incierto... E igualmente estamos en el momento en que fue rescatado por la mujer cara de luna y estamos también en el momento de la muerte de su padre y en el momento de su propia muerte. Hablamos del personaje Tomás Arroyo, general villista que funge como un carácter desconcertante, prototípico; un monstruo que era necesario hacer posible, amplificarlo al margen de la historia (qué mejor que en una novela), siempre al margen, para observarlo sin problemas... y extrañarnos con su virtuosismo, con su arrogancia, con su sabiduría, con su soberbia, con su galantería, con su trivialidad, con su raza... con su aniquilación, necesaria para darle salida al resto de los personajes...
    Gringo viejo es un constructo que apenas se sostiene, del que uno espera su caída pero nunca ocurre, se mantiene al filo de su construcción (su identidad poética), negando la naturaleza de la fuerza gravitacional, utilizando la fuerza del talento para este tipo de juegos. Diversión con que se sustenta y sostiene cualquier fantasía, como si se tratara de la exposición de un orgasmo ambientado en el razonamiento de pensar al mexicano en su naturaleza profunda, en la densidad de su humanidad desde  un territorio villista; en la topografía mexicana del norte que se condimenta con la geografía del sur. Gringo viejo no es un objeto para disfrutar, ni siquiera para entretener, es una arma para descubrir, para argumentar, para destruir. Es un texto que al estar a la defensiva convierte sus fragmentos en intentos desesperados de nacionalismo, en sacudidas locuaces de cordura, en estertores de vida-muerte-vida necesarios para contrastar a aquel prototipo mexicano con algo que se está volviendo objetivo, pesadillezco, en la personalidad de los criminales que cogobiernan en nuestro país, cada vez menos mexicano y más trasnacional, teniendo como consecuencia el mismo quebranto del sujeto en su identidad. Carlos Fuentes tuvo el privilegio de jugar con ello, divertirse. Pero ahora, al ser tan real la incisión de nuestra idiosincrasia, la virtud del general Arroyo se vuelve una aspiración cultural, y su extinción una necesidad social. Alguien debería sanar esa incisión o lesión que le permite al mexicano asesinar a sangre fría a otros muchos mexicanos, en contubernio con otros mexicanos, frente a los ojos del mundo.
 


martes, 8 de mayo de 2018

SONETO XVIII: LOPE DE VEGA

LA POESÍA
Javier Acosta Romero
usygly@gmail.com
 
Lope de Vega. /Imagen  de Wikipedia (2022)

De las Rimas sacras, de Lope de Vega, extraigo el soneto XVIII:[1]

            ¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
            ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
            que a mi puerta cubierto de rocío
            pasas las noches del invierno oscuras?
           
            ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras
            pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
            si de mi gratitud el hielo frío
            secó las llagas de tus plantas puras!
           
            ¡Cuántas veces el ángel me decía:
            «Alma, asómate agota a la ventana;
            verás con cuánto amor llamar porfía»!
           
            Y ¡cuántas, hermosura soberana,
            «mañana le abriremos», respondía,
            para lo mismo responder mañana!

Más detalles contextuales, culteranos, los dejo en el enlace a San Agustín en la literatura religiosa de Lope, del investigador Hugo Lezcano Tosca.[2] A mí, en particular, lo que me interesa es empezar a hablar de poesía, y lo haré con el material de Lope de Vega, que logra encender en mí la sensación de poesía, de obra de arte aunque, ¿en qué me baso para asegurarlo?
            Sin duda, los versos de Lope permiten reconocer la experiencia que transmite lo que se conoce como sujeto lírico: es decir, el carácter (por no decir personaje) que convencionalmente parece expresar los versos (eso sí, quién sabe si en voz alta o en soliloquio), pero el soneto de Lope (como el de cualquier buen poema) contiene un personaje (un carácter) que está experimentando un momento intenso en su vida. En el caso del soneto XVIII, el sujeto lírico (SL) parece sentir miedo, temor, por causa de una presencia divina, en un momento por demás inesperado. Incluso, este quiebre o debilidad demuestra que el SL, al no atinar a disculparse sino a señalar él mismo lo que considera un error, evidencia que ignoraba que la divinidad estuviera (en serio) afuera de su casa, esperando a que él (el SL) le abriera.
            Un buen poema (desde mi punto de vista) retrata siempre los momentos más comunes de la vida, los más visitados o hasta los más monótonos, como lo es el no enterarnos o no querernos enterar de quién anda afuera de la casa (sin causar problemas) porque tenemos cosas que consideramos de mayor atención; por eso es de notarse la reacción tän humana del SL de Lope en su soneto XVIII: humano y nervioso. Ni siquiera sabe cómo dirigirse a la divinidad, que no es cualquiera sino Dios, porque si es Dios a quien se dirige, y no dios (con minúscula), entonces reconoce estar frente al Jefe de jefes... ¿Por qué empezar por los hierros que Dios ya conoce, pues los vivió todos los días que estuvo en la puerta del SL como si fuera invisible o un simple indigente pacífico? Y sin embargo, esa fue la reacción del SL, los versos poseen el suficiente material para hacer posible la imagen de tal situación (que es otro punto a favor de un buen poema: hacer evidente la imagen de la situación que vive al límite el SL). Al hablarle a Dios, el SL parece no saber dónde meter la cabeza, completamente asombrado por la revelación de la que sólo atina a aceptar su error, a decirse equivocado, a reconocer que mantuvo congelado el cuerpo de Jesús, como si hubiera sido el de cualquier otra persona. Así que ese Jesús tuvo que poner un alto a la situación, a la ignorancia o desinterés del SL y para ello... tuvo que presentarse como es: un dios, una divinidad. Y tuvo que decirle “deja de negarme, mírame, soy Jesús, ¡Dios encarnado!, he estado afuera de tu casa esperando que me abras, pero como no lo has hecho he decidido entrar por mí mismo, esperando que me reconozcas... Y lo has hecho; ¿por qué diantres no me reconociste antes?” Y la respuesta del SL... no se da porque no supo qué responder ante el asombro de estar frente a la presencia de DIOS en la sala de su casa.
            La situación entonces es más rica, Dios tuvo que perder la paciencia para que el otro lo reconociera; esto es, un buen poema siempre pone en juego dos elementos “dramáticos”, uno es el SL y el otro puede ser una divinidad, otro personaje, la naturaleza, una idea, una sociedad, un recuerdo... o cualquier otra cosa que ponga en contacto al SL con su entorno o ambiente, lo que vuelve creíble la situación que sugieren los versos. En el caso del soneto XVIII, el otro, Dios, tuvo que realizar el acto físico de abrir él mismo la puerta y presentarse él mismo en su grandiosidad para que el SL no dudara del calibre de aquella entidad superior. Qué suerte entonces la de este personaje (SL) de estar en contacto con Dios sin que éste perdiera su benevolencia ya que no se nota (o interpreta) que el SL haya recibido algún castigo o algún mal, solamente recibió el esplendor y la voz de Dios.
            Claro, ponernos en esa situación es una exigencia del poema (y de cualquier objeto literario: ponernos en situación, ser compasivos con la propuesta literaria). Y no se necesita ser católicos, agnósticos o voluptuoso, el soneto XVIII exige del lector notar (y quizás sentir) la benevolencia de Dios si éste existiera. Algo ideal para cualquier torcido moral, en una época como la nuestra (a principios del siglo XXI), donde el mundo que habitamos es un mundo sin reglas.

Nota (2026): Alegoría. El soneto de Lope es tan admirable que es importante advertir la simplicidad con que plantea algo tan complejo como lo es la Epifanía posterior al golpe que seguramente vivió el sujeto lírico (el yo poético) en forma de catarsis. No es que Dios haya entrado, es que siempre estuvo ahí. Y es pasada la catástrofe que el yo poético lo advierte (Epifanía). El asunto que plantea la visión alegórica es qué hacer con dicha revelación ya que el yo poético sigue siendo humano y sigue siendo un ser terreno, sigue siendo imperfecto, sigue sin trascender sus vicios.  La respuesta parece clara y obvia. Dios seguirá estando ahí, como límite y meta donde el factor “poder (omnipotencia)” le es políticamente nítida al voluble y caprichoso carácter del yo poético, que seguirá siendo imperfecto mientras pueda, porque el otro lado de la moneda ya lo conoce y, ahí, es claro que se deja de ser humano. 






[1]     http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/rimas-sacras--0/html/ffe59452-82b1-11df-acc7-002185ce6064_1.html
[2]     https://cvc.cervantes.es/literatura/criticon/PDF/107/107_137.pdf

domingo, 21 de enero de 2018

La novela como idea


portada Papa Goriot
(Portada del libro en la Editorial Bruguera)


Javier Acosta Romero


Por sus proporciones toda novela también es un ensayo. Pienso, por ejemplo, en Papá Goriot (1834-35) de Balzac, que por el título, algunos intentan encuadrarla dentro de la historia del personaje Goriot y sus, físicamente, esplendorosas hijas. Sin embargo, al atender otros elementos propios de la diégesis, nos topamos con la constante presencia y constantes contriciones (no por ello evolución) del personaje joven y hermoso, Eugène Rastignac. Igualmente, pero de modo más tajante, el resto son caracteres contenidos por Balzac antes de entrar en crisis existenciales verdaderas, como en el caso de la señora de Beausánt, que ante el casamiento de su amante, mantiene su imagen de gran señora y decide emigrar, alejarse de las habladurías y señalamientos de París, siendo todo el tiempo la misma mujer que sufre por la traición del amante; un cambio probable era que buscara la revancha, humillar al amante (porque lo podía hacer y el marqués de Ajuda se lo merecía) pero Balzac decide simplemente alejarla. Es decir, todos los caracteres tienen una noción muy clara de cuál es su papel en el mundo narrado, que a final de cuentas es un mundo correcto, un pariscentrismo a modo para la inserción y éxito social del joven provinciano Eugène, quien efectivamente se curte en la ciudad con la consciencia del exceso y el derroche, contrarios a los conservadores deberes familiares y sociales; el empuje que muestra al principio de la novela, al final lo luce con el agregado de la experiencia, sin por ello tomar una actitud distinta o distante. Al final sabemos que Eugène va a regresar a cenar con una de las hijas de Goriot, por más despreciable que ésta sea. No tiene ojos para observarse como un parisino más, la única vez que lo hace es frente a un espejo y solamente para confirmar que cumple físicamente con lo requerido. Y esto porque Balzac se asegura de que las cosas sean como las planeó, ya que en el fondo hay una idea que sostiene: en París se da la obediencia, la lucha y la rebeldía, y el mismo Balzac los menciona en el último capítulo, cuando el narrador dice que Eugène piensa que la obediencia es aburrida, la rebeldía es imposible y la lucha es incierta. Por supuesto, no es un discurso para tomarse en serio [ojo los que ven en esta novela el precedente del materialismo marxista], pero es un discurso al fin, y bien estructurado (ensayado) porque lo demuestra a partir de los personajes; solamente el lector tiene que inferir esta propuesta (o tesis) y así dará con que la obediencia la detentan al menos dos personajes: Victorine Taillefer (cuya obediencia se ve recompensada en el tercer capítulo) y la señora de Beausánt, que al obedecer la etiqueta social evita el quebrantamiento de su prestigio. En cuanto a la rebeldía, el mismo narrador menciona a Vautrin, para que no haya dudas, que es un hampón con prestigio y, por lo mismo, nadie más es rebelde si conservamos el discurso de la novela. Por último, la lucha: en la que entra la mayoría de los personajes, solamente motivados por el dinero o por el deseo amoroso (como se entienda este, porque también es sexual pero a la vez es prestigio social); siendo un determinante fundamental el poseer dinero ya sea para ir de fiesta, para apostar, para contratar un servicio funerario o para mantener a un amante. Peculiarmente, en los tres rasgos sociales propuestos, Eugène encaja, incluso en el aspecto rebelde –un momentito– ya que las veces que es tentado por Vautrin, cede solamente al de seducir con éxito a la muchachita Victorine Taillefer mientras el hampón se encarga de mandar a matar al hermano de ésta para que sea la única heredera de una gran fortuna; pero el joven no pasa de la seducción, ni siquiera formaliza, siempre es un chico obediente que se resiste a la tentación sin negarla.

            Abordar Papá Goriot desde la idea que plantea el autor (vía narrador-personaje) nos evita indigestarnos con concebir la unidad de la historia como el eje narrativo; son muchas situaciones las que plantea y ninguna es dominante. Pero la idea sí lo es. Una idea muy sencilla y por lo mismo reconocible para quienes habitan cualquier urbe en cualquier época: la constante entre el éxito o el fracaso social, sin puntos medios (sin clase media, media baja, baja o medio burguesa). Éxito o fracaso, que dramáticamente implica RIESGO para evitar uno y lograr el otro. El riego social atrapa el interés del lector que, para nuestra época, ya no es tan fácil que caiga en la red, sobre todo por lo evidente de las condiciones adyacentes al riesgo social en la circunstancia del siglo XXI, la sobrepoblación, que nos obliga a mirarnos de otra manera, mucho más sensibles en lo social y en lo humano; incluso nos obliga a mirar y reconocer a los no humanos que también habitan el planeta y que requieren de espacio y de respeto. Papá Goriot, en cambio, nos habla de un mundo sin el mundo de la naturaleza, nos habla de un mundo antropófago, propio del derroche, del que hoy todavía algunos viven, otros lo añoran y otros, simplemente, nos conmovemos ya que está dentro de nuestras actitudes a disciplinar, con todo el dolor goloso e infantil que nos habita.

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sábado, 13 de enero de 2018

Hablan los Marcianos

Crónicas Marcianas Ray Bradbury Minotauro 1985 E7
(Imagen tomada de listado.mercadolibre.com)
 
                                                                         Javier Acosta Romero 

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, obliga al lector a asumir una ficción descarada, un artificio sin trucos, donde el lector puede decidir: 'esta crónica sí, esta otra no, esta sí, esta no...' Y desde esa parsimonia el texto hace su propio juego, hasta que uno lo vive y siente como no ficción; se doblega la voluntad del lector a la estructura de ese todo con aseveraciones que no se pueden negar, como lo es que la Tierra ya no es suficiente para el espacio que por salud necesitamos; que los pueblos de la Tierra están en guerra; que la humanidad va en ruta al exterminio sin remedio. Y para argumentarlo (o para burlarse de nosotros), Bradbury hizo uso de un planeta con potencial para ser habitable: Marte, al cual pinta como una extensión exótica de lo absolutamente humano: marcianos con sentimientos y emociones reconocibles en un entorno social típicamente colonialista. ¿A dónde ir entonces? ¿A dónde escapar? Si hay más vida inteligente en otro planeta, la base de esa inteligencia es humanoide, afectiva, emocional, ¿egoísta...? Y si algo parecido al cielo existe en otra parte de la galaxia, es seguro que al descubrirla, los humanos la mudaremos en el infierno necesario para idealizar de nuevo a la belleza como perfección celeste, hasta conseguir otro paraíso, violentarlo y, en la orfandad incesante, de nuevo soñar lo excelso...
            Así las cosas, las digresiones bradburyanas no le dan remedio a la humanidad, más bien confirman nuestra negligencia y descontrol. No aprendemos. Y si rasco un poco en las ideas que esto me produce, lo que encuentro son emociones y sensaciones que puedo describir e identificar en mi experiencia lectora con Crónicas marcianas, porque si el planteamiento evade el plano real, lo hace para dejar al lector apelando a la fábula que las sostiene y, no nos queda de otra, reaccionamos ante los celos y el deseo, reconocibles en Febrero de 1999-Ylla; ante la naturaleza de los recuerdos y la venganza, en Abril de 2000-La tercera expedición; ante la vacuidad del tiempo y el espacio, la amistad, en Agosto de 2002-Encuentro nocturno; ante el racismo, la esclavitud, la noción de libertad y de individuo, en Junio de 2003-Un camino a través del aire; ante la debilidad humana por los afectos, causando con ello actos caóticos, como se muestra en Septiembre de 2005-El marciano; ante la permanente preeminencia del primitivismo a la par del valor que se le da al dinero y a la propiedad, en Noviembre de 2005-Fuera de temporada y; reaccionamos con víscera ante lo contrario, la resistencia que se puede tener frente a la locura y la soledad, al grado de convertirnos en creadores absurdos de artificios placebos, como en Abril de 2026-Los largos años.
            Hay un tratamiento serio en el trasfondo de Crónicas marcianas, pero hay una actitud de desenfado en la manera de armar el relato (su diégesis), lo que propicia que el lector haga uso de las emociones, y que estas crezcan, que surja la indignación o se produzca la confusión; el lector entonces se aleja del libro para filtrar el impacto y ¿pensar? la falta que nos hace dar con una respuesta por demás satisfactoria. Pero no la hay porque, ¿cómo vamos a combatir a la misma humanidad? La humanidad somos todos. A esto le sigue distanciarnos del texto de Bradbury, que realmente compromete al lector en asuntos de interés público; entonces, para evitar tanta responsabilidad, descubrimos la actitud mordaz, irónica por parte del autor, que se convierte abiertamente en el artífice, el mago, el referente natural, concreto, que le devuelve su calidad de objeto a Crónicas marcianas. '¡Ah, qué Bradbury!' Y cerramos el libro con la alegría de volver a la realidad incuestionable donde los marcianos no existen, donde -aparentemente-, nada pasa y no hay necesidad de protestar, porque, '¿cómo combatir a la humanidad?, ¿cómo salir de esta pecera? Nos decidimos del todo a no tomarnos en serio.

jueves, 27 de julio de 2017

La imagen construida y la imagen efectiva

(Imagen tomada de Gaceta UNAM, junio 29 de 2017)

Javier Acosta Romero

Son dos cosas; la imagen construida es un diseño icónico con resonancias culturales; si el espectador hace su parte, identifica estas imágenes sin que por ello logren un efecto ya que la imagen se muestra como un apoyo al discurso que se emite en la escena: ideas, opiniones, posturas, reflexiones. Uno pensaría que en la obra Mi Fausto, eso iba a ocurrir, que estaríamos al pendiente de lo que se dice en la escena, especialmente las verbalizaciones del personaje Fausto. Y dos: la imagen efectiva es aquella que, por encima del discurso emitido por la escena, le dice algo al espectador si este decide quedarse solamente con la situación dada por los caracteres y los elementos espectaculares como la escenografía y la iluminación (es decir, con el ambiente); el espectador permite esta percepción de la misma manera en que operan los anuncios comerciales cuando nos vulneramos (nos relajamos, nos concentramos) frente a la escena y su espectacularidad (sonoridad del discurso, belleza de los actores caracterizados, escenarios naturales, rituales o abstractos), es en esas condiciones que descubrimos imágenes efectivas en Mi Fausto, imágenes eróticas; nos llenamos de estas confiados en la naturaleza profunda del arte (algo que no tiene por qué ser explicado o entendido en este momento); Mi Fausto, es un objeto abstraído de la política mexicana, es como un paraíso revelado, reduccionista de la existencia, donde es fácil concebir la vida-bella, sin la realidad circundante al edificio teatral del Foro Sor Juana Inés de la Cruz, de la UNAM, ¡¡MÉXICO!!, año 2017.
            En Mi Fausto, todo el tiempo estamos escuchando un discurso sobre el que se puede sacar en claro no solamente una idea rectora sino varias ideas, opiniones, puntos de vista, ironías, contrastes que acompañan a la escena, pero la escena, al estar por encima del discurso se vuelve una productora de imágenes con gran poder de seducción. En la puesta en escena Mi Fausto, la presencia de imágenes efectivas lo son por el sonido del discurso –el sonido, su emisión sonora en escena– la cual le da sustancia a la situación en que los actores-personajes se relacionan; y de otra manera no podía ser ya que el discurso lo emiten caracteres alegóricos que por ende no tienen complejidad psicológica, son extremadamente sencillos en su actuar, demasiado fieles a sí mismos; para notar esto tenemos que el carácter más vistoso es... la belleza; otro, el intelecto; otro más sirve para cerrar un triángulo amoroso: el joven aprendiz o el joven discípulo y, para darle ambiente, el erotismo, o sea, el Diablo junto con dos siervos erotómanos igual de alegóricos.
            El discurso no es el fuerte de esta obra, lo son sus recursos espectaculares que ponen en condición sensible los sentidos del espectador, lo cual destaca la labor del director Sergio Cataño, y de sus colaboradores, en particular de quien diseñó la escenografía y LA ILUMINACIÓN, Patricia Gutierrez Arriaga, y quienes caracterizaron a los actores (vestuario de Libertad Mardel, maquillaje de Marisela Estrada, Ruby Tagle en el diseño de movimiento ), además del ambiente sonoro y música original de Juan Mario Oronóz.
            Construir imágenes efectivas no es cosa sencilla, pero Sergio Cataño junto con sus colaboradores lo lograron sobrado, y si bien es un espectáculo al que le cuesta trabajo tanto iniciar como finalizar, así como definir la convención en cuanto a la función semiótica de la zona del escenario que contiene arena, acomete con acierto el mantener en un nivel bajo las caracterizaciones de los personajes ya que la situación es demasiado sencilla: un triángulo amoroso demasiado evidente y forzado a mantenerse como tal, lo cual potencia el valor de ‘la virtud’ como el gran ideal de nuestra época que es de total desasosiego cultural, un sentimiento que quizás se parece en algo a lo que el propio autor original de Mi Fausto, Paul Valéry, vivió en la época de entreguerras del siglo pasado.
usygly@gmail.com
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Ficha: Mi Fausto, teatro “Foro Sor Juana Inés de la Cruz”, original de Paul Valéry; Sergio Cataño dirección, Patricia Gutiérrez Arriaga escenografía e iluminación, Juan Mario Oronóz música original y ambiente sonoro, Libertad Mardel diseño de vestuario, Marisela Estrada diseño de maquillaje y peluquería, Ruby Tagle diseño de movimiento; Elenco: José Angel García, Ana Bertha Espín, Ana Cervantes, Penny Pacheco, Ruby Tagle. Producción Ejecutiva UNAM, México, 2017