domingo, 19 de enero de 2020

YAGÉ!!!


Javier Acosta Romero

“¿Quién soy ahora?” Que un evento cultural logre tan acentuada lucidez existencial obligaría a mirar con mayor atención qué lo detonó: la ingestión de ayahuasca en una ceremonia de sanación, de la mano de dos maestros del Amazonas colombiano, Jaime Muriel y Julián Saute, en medio de un santuario natural como lo es el bosque Los Organillos, de la comunidad otomí, en el Estado de México, a hora y media de la Ciudad de México.  ¿Quién soy ahora, a partir de esa ceremonia? Si lo comparo con algunos eventos teatrales, tengo que ir más allá, cruzar los límites de las instituciones que administran y proveen eventos en los espacios teatrales. Luego, en el extremo opuesto, si lo comparo con las ceremonias religiosas (las que tengo más presentes son las ceremonias del culto católico), tengo que ir más allá de la figura del sacerdote, cruzar los límites de la figura sanadora de los terapeutas y aterrizar en el ritual colectivo de las “constelaciones familiares”. Entre esos extremos, en la zona donde el teatro deja de ser institucional y donde las ceremonias colectivas dejan de ser instituciones religiosas para detenerse en el instante de la sanación, está, a un lado (no sé cuál) la sola vivencia de fe en lo divino (como sea), la propiciación del encuentro místico vía los rituales milenarios del yagé, su efecto enteógeno. “¿Quién soy ahora?” La ceremonia expandió mi mente para que observe ciertas tareas a realizar (intuidas por mí, conocidas solamente por mí en esa otra zona –interior e íntima– en la que no podemos mentirnos a nosotros mismos) y que de otra manera no hubiera advertido en la hecatombe dramática de este siglo XXI, que siempre nos marca con las acciones que realizamos frente a otros o que ocultamos de otros; además, la dimensión mística, de encuentro con lo divino (como lo entienda cada quién), fue tan convincente que aún trato de observar las cuestiones morales y éticas que ofrece esta cultura del yagé (equivalente regional amazónico de la ayahuasca), que a fuerza de intromisiones colonialistas y por sobrevivencia guarda muchos sincretismos con los rituales católicos.
Aspecto del santuario otomí Los Organillos, al amanecer, terminada la ceremonia. Lo sorprendente es que no se nota lo purgado por catorce personas por ningún lado.
 Al practicarla (aunque haya sido por única vez) acercó a varios... Pero hablaré de mi persona. Acercó a mi persona a una dimensión espiritual, metafísica, con efectos que ahora percibo en el mundo físico: en cuestiones de salud y salud emocional, donde la tranquilidad y la paz (la ausencia de conflicto) las suponía ideales, pero la mente es poderosa, y el ritual al que aludo lo fue también, por eso lo reseño. La ceremonia otorga verdades (si eso se requiere) o dones distintos como las "respuestas". Se puede llegar a la ceremonia por curiosidad, se puede imitar a los otros participantes por unos cuantos minutos, pero cuando sucede la ingesta del purgante se vulnera lo orgánico y nuestro actuar se apega a lo imprevisto de su efecto. Hay quienes vomitamos muchas veces y una vez tuvimos diarrea. Y hay quien primero tuvo diarrea y luego vómito, o ambas al mismo tiempo o etcétera. Somos el actuar de la purga en nuestro cuerpo, con efectos profundos en las dimensiones de la psique que no son para nada recreativos sino, por su intimidad universal, sagrados. Y debo aceptar que negué el efecto cuanto pude, como si se tratara de algo que me haría daño (ellos le llaman “resistencia”), me decía que la purga era terrible. Sin embargo, su sabor (a café con miel) y la manera en que llegó al estómago (con absoluta suavidad y calma), me decía que todo saldría bien (Yo histérico por fuera). Eran los primeros cinco minutos, luego... a vomitar, a equilibrar la ansiedad del cuerpo con esa calma que seguía avanzando (lo sentía) como un astuto y ligero animalito que hurgaba con sabiduría en mi sistema digestivo. Escalofríos y espasmos de respiración me decían que aún estaba ahí. Los párpados cerrados, la introspección simbólica, la magia del animalito con su temperamento y buen humor en cada célula, construía rincones apartados, extraños o familiares momentos, enigmáticos, que exigían un actuar, un decidir, un aceptar, un resolver, un encontrar. Por fuera, en tanto, más vómito, diarrea, cuerpo cortado, adormilamiento, espasmos... Con dos pautas más para ingerir más purga, acompañados de una música que en la plenitud mística (o sueño o encuentro) me sujetaron al mundo y me asomaron al otro con la humildad de una guitarra acústica, de una armónica silvestre, sonajas naturales, dos voces jóvenes, una femenina y otra masculina (Fue hasta el otro día que me enteré que se trataba de un grupo musical profesional, originario de Morelos, Palo Mango. Dejo un enlace en YouTube: https://www.youtube.com/playlist?list=PLzwzLtoxV-o8gVviZSMvX_sCQTAtQEEkf ).
Terminada la ceremonia, con el grupo Palo Mango, Rebeca Catalán y Diego Velázquez. En medio de ellos el organizador de la ceremonia, Gerardo. Tan frescos todos en ese "amar-nacer" del amanecer otomí.
Si no me sabía enfermo me sentía en tratamiento, abnegado a aquella fría madrugada, cercano al fuego que hicieron en la chimenea del local (una amplia cabaña de ladrillo con techo de lámina) donde un grupo de personas permanecíamos en metamorfosis, como bultos inermes cuando no estábamos purgando con vómito y diarrea. Éramos música, la armónica pueblerina llevada al interior de un bosque majestuoso, aferrados a los cuidados del santuario otomí. Me hubiera gustado, al amanecer, ayudarles a acomodar las sillas para hacer un círculo que los Maestros pidieron, pero yo me sentía tan vacío, tan inútil que podía caer si no me hubieran ayudado. Mi situación era lamentable y primeriza. Estaba seguro de que no podría regresar a casa por mi propio pie. Lograron el círculo y los Maestros nos dieron la bienvenida a ese “¡Amar-nacer, amar-nacer!” que dicen ellos del amanecer, muy opuesto al despojo humano en que yo estaba convertido. Pero la ceremonia continuó, los Maestros nos pidieron no abrir los ojos y mantener una postura que nos permitiera recibir “¡regalos del cielo!”. Cerré los ojos, puse las palmas de las manos hacia arriba, en forma de cuenco y por encima de los hombros, con la actitud del desorientado al que le daba lo mismo a dónde lo empujara el poder del cielo. Los Maestros hicieron dos rondas individuales, personalizadas para cada consultante: plegarias al Padre, rezos o conjuros yagé (no lo sé) que fueron aliviando mi tanto malestar y acallando mi asombro hasta vibrar con sus rezos y su fiesta energizantes. Me sentí tan feliz, tan en concordancia con el mundo que, sonreí y lloré. Para sorpresa de los primerizos, la ceremonia no termina con los efectos del purgante, se cierra con el ritual personalizado que puso mi cuerpo en sintonía con la belleza del lugar, con la belleza de las personas con quienes compartí la madrugada y el amanecer del 20 de diciembre de 2019, una ceremonia sorprendente por la sencillez de sus recursos y por la humanidad de sus Maestros. Es tan simple como llevar a servicio una máquina, un carro, unos zapatos. Pero si los zapatos o el carro están mejor que sus dueños, lo que hay es torpeza y malestar. Ni siquiera sentía hambre. Nada necesitaba, al contrario, tomaba el respirar como el regalo que es, el mirar como el regalo que es, el tocar como el milagro que es... Y como cualquier revelación mística me tardé varios días en escribir la reseña prometida que hoy entrego. Queda así.
El Maestro colombiano, el taita Jaime Muriel con su servidor, terminada la ceremonia. Sin agotamiento, sin malestar, sin necesidad de nada.
Anexo algunos enlaces si la inquietud aparece, ya para acercarse o para alejarse, responder al llamado o dejarlo pasar entre los ruidos urbanos. Nada obliga. Nadie.



viernes, 29 de noviembre de 2019

"INSANIA": LA ESTÉTICA DE LA HUMILDAD

Javier Acosta Romero

Nunca había asistido tres veces a una misma puesta en escena. Lo hice con “Insania” (así se llama la obra) y realizarlo, sabía, me permitiría dar una valoración un poco más precisa de sus alcances. Esto fue en el Foro Contigo América, un lugar bastante agradable, cómodo y con espacio de estacionamiento desde las siete de la tarde. Asistí al estreno (muy emotivo, lleno de energía), regresé a mitad de temporada (la mejor integración del espectáculo) y al cierre también llegué (demasiada tensión en el ambiente, además, grabaron en video la puesta completa). ¡Qué rara obra! Pero muy agradable. El montaje es responsabilidad de Aleyda Gallardo (directora), fue ella quien decidió arrojarle al espectador un trabajo actoral resistente y exigente, sostenido por diversos diálogos frente a los cuales uno no sabe qué hacer; el espectáculo no nos obliga a seguir una historia, que de todos modos ocurre aunque en términos muy sencillos: Mariana, una mujer (que nunca vemos), después de padecer una crisis laboral que se complica con un aborto, regresa con el hombre con el que concibió para vivir con él aunque no lo ame, porque en su corazón está otro hombre perfectamente bien instalado. Pero reitero, nunca vemos a Mariana, a quien vemos en el escenario es a dos mujeres que parecen ser parte de esa primera mujer; no tienen nombre, no duermen y podemos decir que habitan en lo que se da en llamar la zona del subconsciente. Este par de entidades femeninas organizan situaciones donde nos enteran de Mariana de una manera crítica (o autocrítica), qué piensa, qué siente, qué ve, qué vive, qué recuerda y, al mismo tiempo, rompen con esas situaciones sin propósito aparente (eso el espectador lo puede resolver), y ya estamos entonces ante Dios (con mayúsculas) con su esposa (supongo que también debería ir con mayúscula), y en otro rompimiento intervienen las diosas Afrodita y Perséfone, luego irrumpen la legendaria Lilith y la olvidada Eva... Cromática de entidades que confirman el arduo trabajo actoral de Lita César y Sandra Galeano.

A cada momento brincan de un tono serio a otro cómico, de una situación real a otra muy ideal. ¡Todo un caos esa cabeza de Mariana! Y, sin embargo, como espectadores no podemos quejarnos porque a ese caos lo habita la belleza, empezando por la belleza física de las actrices, continuando con la belleza con que se escuchan (o se emiten) los diálogos y, si seguimos algunas situaciones, encontramos belleza en el discurso de la obra, en la sola emisión del texto (modestia aparte, original de quien esto escribe). Además, el gesto con que las actrices dialogan cubre un plan de ruta acompañado con la presencia de un muñeco tamaño natural (un objeto evidente pero inasible, despersonificado, que le permite ser cualquier cosa o cualquier persona, incluso ser la esencia misma de Mariana. ¡Una genialidad de la directora!) El escenario del Foro Contigo América, dispuesto en cámara negra, deja muy pocos objetos a la vista, entre ellos ese muñeco genial; siendo las actrices las que rescatan y construyen con tres sillas, una mesita, una cafetera, el muñeco especial, un par de zapatos altos, una minimaleta de maquillaje, una pequeña estola, un ceñidor, resignificándolos o deconstruyéndolos sin escapar de nuestra vista ni de nuestros oídos. Son la humildad de la belleza, la belleza sin pretensiones, natural, como cuando nos acabamos de bañar y sonreímos. Porque a la belleza, sin más, los mortales la adoramos y la seguimos. Sólo espero que haya una segunda temporada para que más gente la pueda apreciar.

usygly@gmail.com


*Anexo un enlace a la reseña de Eugenia Galeano, sobre esta misma obra.

martes, 19 de junio de 2018

TIEMPO BÍFIDO: Cuentística de Leda Rendón

EL ACTO SAGRADO
Javier Acosta Romero

“Línea de sangre” es el texto que mejor me atrapó del libro Tiempo bífido. Es un relato sobre una situación cotidiana como lo es investigar, en este caso es una investigación sobre el linaje femenino de uno de los personajes, produciendo un despliegue narrativo lleno de virtudes que nos posibilitan avanzar por el conocimiento que obtenemos del ambiente, el cual se aleja de tajo de lo cotidiano para adentrarnos en lo sobrenatural, metafísico, mítico, sexual, de ensueño. Un estilo que raramente llega a los ojos cuando lo que se busca son preocupaciones más universales, políticas, de índole ético. Tiempo bífido no va por ahí, responde a una circunstancia lectora de desenfado, un momento para experimentar con la realidad desde la base propia de los sueños más telúricos: las revelaciones, los juegos rituales, los viajes chamánicos. Evidentemente, el libro nos lleva a una edad donde la moral y la ética no se experimentan, cosa que es propia del mundo onírico, de las representaciones subconsciente y de las alucinaciones. Pero salvada esa resistencia, el material de la autora Leda Rendón (mexicana), se consume igual que cualquier otra sustancia de efecto psicotrópico, donde vale más vivir el juego ritual, la experiencia prohibida, el tabú, que tratar de ponerlo en un buen lugar dentro de la realidad objetiva, moral y política. Incluso, al separarnos de esta manera de las cosas tangibles y del tiempo cronológico, nos sorprende el libro con un relato que acusa una visión sumamente crítica sobre la barbarie de la ciencias, del poder y de la riqueza: “La última”, que entrados en la dinámica rendoniana, nos presenta un evento donde un personaje llega a ser tres o cuatro personajes que miran como un sólo ser a partir de sus seis u ocho ojos, y a sentir a partir de las sensaciones de cada uno de los cuerpos que todos sienten como un sólo ser, pero cada cual con sus propias intenciones hasta que se vuelve evidente quién es quién y por lo mismo quién será la única: una hembra, no puedo decir mujer (deben leerlo), porque posee belleza pero no por eso es algo femenino...
    La animalidad, el instinto, la locura, la insensatez, el prodigio, lo prohibido... hierben a lo largo de los textos, se desbordan y nos embotan de ese mundo que permanece en los sentidos aún después de leerlo ya que responde al mundo ancestral, a la familia original que se reprodujo de modo endogámico, incestuoso, con las consecuencias clásicas del matricidio, el asesinato en general que, desprovisto de la terminología política funciona como una auténtica muerte ritual, sacrificios que permitieron la purificación del tiempo y la sacralización del espacio... Así que Tiempo bífido es un libro que nos lleva a un viaje subconsciente para descubrir en nosotros lo que se da en llamar el cerebro reptiliano, y para ello deforma a nuestro yo (o de plano nos desmiembra), deforma o sustituye a nuestra época, a nuestra sociedad y a nuestros valores... algo necesario para regresar con nuevo brío y de modo contrastado al presente del lector. Por supuesto, quienes lleguen a leerlo, la manera en que me hubiera gustado hacerlo sería empezar por “Línea de sangre”, para adentrarnos otro poco con “La última” y terminar en pleno alucin ritual, patriarcal, primigenio con los dos primeros textos, “Detrás del espejo” y “Tiempo bífido”, en ese orden.
Presté mi libro y nunca regresó Snif! Maldita memoria

 

lunes, 18 de junio de 2018

LOS DE ABAJO: Novela de Mariano Azuela

LA DENSIDAD LITERARIA DE "LOS DE ABAJO"
Javier Acosta Romero

Uno de los conceptos que mayor trabajo cuesta creer o aceptar en la práctica de la lectura es la mímesis, cuya revisión estética se la dejo a los especialistas. Sin embargo, para explicar la famosa novela de Mariano Azuela, Los de abajo, encuentro en la mímesis la categoría estética predominante en la diégesis, fundamentalmente porque explica la manera en que le dí lectura.
      Como entiendo el concepto desde la práctica lectora, se refiere a toda aquella información que el texto arroja directa o indirectamente sobre el contexto al que alude y/o al que pertenece no sólo la novela, también la esfera cultural del lector, y aunque ambas esferas no coincidan en el tiempo. Por ejemplo, en la novela de Azuela la mímesis está con la actitud aguerrida de quienes entraron a la revuelta de 1910 siendo que yo lector nací en la segunda mitad del siglo XX, pero miméticamente reconozco la actitud aguerrida de los mexicanos revolucionarios y en especial, reconozco la noción de libertad y de revancha que exime a los personajes de Azuela de un aparato de justicia eficaz. La novela insiste en ello: socialmente le da seguimiento a un grupo guerrillero que se identifica con el villismo por pura geografía, sin conformarse ideológica o políticamente; simplemente se dejan ir por la dinámica de la revuelta. Denotan con ello carencias educativas (formativas, pensando en el concepto de modernidad) que por comparación mimética hacen de los guerrilleros de Azuela víctimas de las circunstancias de una guerra en la que pudiendo decidir mejor (para beneficio personal y social), no les era posible por la peculiaridad de su carácter y, al contrario, los personajes insisten en el barbarismo (lo opuesto a la modernidad) al grado de que la esfera política desaparece y poéticamente se abandonan a lo que ellos consideran debe ser el momento “heroico” de su muerte, a manos de otros guerreros, mucho mejor pertrechados y victoriosos.
    Con lo anterior, más cuestionamientos miméticos saltaron: ¿Quiénes ganaron, entonces, en la revuelta de 1910? Busqué el carácter de los elementos externos que indirectamente señala la novela... Los villistas, ellos, ¿merecían no solamente perder la guerra sino, además, debían ser exterminados? El discurso de Mariano Azuela es ambiguo, porque al aniquilar tan poéticamente a los guerreros que estaban bajo las órdenes del personaje Demetrio Macías, favorable al movimiento villista, parece quitarnos la preocupación de los excesos que hubieran existido si estos llegaban a gobernar como lo hicieron en cada pueblo que agredían (o tomaban). Miméticamente enfilo las baterías hacia el contexto donde fue escrita la novela y me encuentro con que el autor la escribió en el exilio, temiendo alguna represalia de los carrancista por la participación directa del autor en la revuelta, del lado villista... Sin embargo, no veo en la novela Los de abajo algo que me diga que el autor está a favor del movimiento villista, al contrario, es como si el autor hubiera concentrado los excesos que pudieran explicar el fracaso del villismo como opción de gobierno.
    Además, esta reflexión que apela al material de la mímesis, se da en una época de elecciones federales (lo escribo en abril de 2018, en México y como mexicano), donde los defensores de la continuidad están haciendo lo miso que Mariano Azuela: producen escenas de miedo, que le dicen a la gente que esas serían las consecuencias de votar por los posibles renovadores del gobierno. Y aunque la memoria de Mariano Azuela es intocable, la poética de su novela le resta fuerza al movimiento villista, movimiento al que paradojicamente perteneció, por eso creo que su novela le sirvió más para revisar (y con ello purgar) los excesos de quienes se dijeron villistas pero que se comportaron como bandidos. ¡Qué difícil! Porque me niego a tirar por la borda la imagen heroica y popular que tengo del villismo, de la misma manera en que me niego a creer en las patrañas electoreras de los políticos conservadores que se expresan vía los medios masivos de comunicación hoy día: noticiarios, anuncios, comunicadores, prensa, influencers, internet... Ni siquiera puedo pensar que Los de abajo es nacionalista o pacifista porque muestra los horrores y heroísmos de la guerra. No, porque si intento argumentarlo gana siempre la visión de Azuela, que es contraria al carácter popular del villismo, del cual históricamente se establece que buscaba la justicia para las bases sociales encarnadas por los desposeídos, a quienes no les hizo justicia la revuelta, de la misma manera que le ocurre a los desposeídos de hoy (cien años después), a quienes los conservadores han abandonado en la ignorancia, que es propicia solamente a las estructuras, efectos y amoralidades del hampa.

 

lunes, 14 de mayo de 2018

"Gringo viejo" / Carlos Fuentes el equilibrista


Javier Acosta Romero

Al leer la novel Gringo viejo (1985), uno recuerda que escribir es divertido, como lo puede ser cualquier juego de destreza y estrategia. Pienso por ejemplo en el ajedrez o en el futbol. La diversión de escribir es fácil transmitirla cuando el texto literario que se lee se asegura de cumplir con su poética y no tanto con el lector. Gringo viejo se convierte con ello en una especia de objeto con valor antropológico, donde se revelan elementos que le dicen al LECTOR: “Mira, aquí cambia el hilo conductor, quiero extraviarte... “Ah, aquí exijo que te fijes en el discurso que le pertenece a cada personaje... “Ah, no te puse sobre aviso pero aquí damos un salto cuántico (cambio de tiempo-espacio sin que por ello dejemos de estar en el mismo espacio narrado)... “Ah, finalmente la mujer cara de luna, un personaje sin importancia, tiene un pasado fundamental para la diégesis... “Ah, entrada triunfal de Francisco Villa en el cierre de la novela; cinco minutos que se está en la lectura y mira, se retira con honores... “Ah, te aviso,  Gringo viejo está basada en un hecho real sobre el que me puse a fantasear (yo Carlos Fuentes)...”
    Una fantasía. Sobre todo por esa imagen del revolucionario mexicano que se relaciona sexualmente con una gringa que tenía ganas de perderse en el sexo de ese mexicano, del que terminamos conociendo aspectos tan íntimos como el momento en que fue fecundado, o el momento en que se convierte en heredero y protector de un pasado nativo incierto... E igualmente estamos en el momento en que fue rescatado por la mujer cara de luna y estamos también en el momento de la muerte de su padre y en el momento de su propia muerte. Hablamos del personaje Tomás Arroyo, general villista que funge como un carácter desconcertante, prototípico; un monstruo que era necesario hacer posible, amplificarlo al margen de la historia (qué mejor que en una novela), siempre al margen, para observarlo sin problemas... y extrañarnos con su virtuosismo, con su arrogancia, con su sabiduría, con su soberbia, con su galantería, con su trivialidad, con su raza... con su aniquilación, necesaria para darle salida al resto de los personajes...
    Gringo viejo es un constructo que apenas se sostiene, del que uno espera su caída pero nunca ocurre, se mantiene al filo de su construcción (su identidad poética), negando la naturaleza de la fuerza gravitacional, utilizando la fuerza del talento para este tipo de juegos. Diversión con que se sustenta y sostiene cualquier fantasía, como si se tratara de la exposición de un orgasmo ambientado en el razonamiento de pensar al mexicano en su naturaleza profunda, en la densidad de su humanidad desde  un territorio villista; en la topografía mexicana del norte que se condimenta con la geografía del sur. Gringo viejo no es un objeto para disfrutar, ni siquiera para entretener, es una arma para descubrir, para argumentar, para destruir. Es un texto que al estar a la defensiva convierte sus fragmentos en intentos desesperados de nacionalismo, en sacudidas locuaces de cordura, en estertores de vida-muerte-vida necesarios para contrastar a aquel prototipo mexicano con algo que se está volviendo objetivo, pesadillezco, en la personalidad de los criminales que cogobiernan en nuestro país, cada vez menos mexicano y más trasnacional, teniendo como consecuencia el mismo quebranto del sujeto en su identidad. Carlos Fuentes tuvo el privilegio de jugar con ello, divertirse. Pero ahora, al ser tan real la incisión de nuestra idiosincrasia, la virtud del general Arroyo se vuelve una aspiración cultural, y su extinción una necesidad social. Alguien debería sanar esa incisión o lesión que le permite al mexicano asesinar a sangre fría a otros muchos mexicanos, en contubernio con otros mexicanos, frente a los ojos del mundo.
 


martes, 8 de mayo de 2018

SONETO XVIII: LOPE DE VEGA

LA POESÍA
Javier Acosta Romero
usygly@gmail.com
 
Lope de Vega. /Imagen  de Wikipedia (2022)

De las Rimas sacras, de Lope de Vega, extraigo el soneto XVIII:[1]

            ¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
            ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
            que a mi puerta cubierto de rocío
            pasas las noches del invierno oscuras?
           
            ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras
            pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
            si de mi gratitud el hielo frío
            secó las llagas de tus plantas puras!
           
            ¡Cuántas veces el ángel me decía:
            «Alma, asómate agota a la ventana;
            verás con cuánto amor llamar porfía»!
           
            Y ¡cuántas, hermosura soberana,
            «mañana le abriremos», respondía,
            para lo mismo responder mañana!

Más detalles contextuales, culteranos, los dejo en el enlace a San Agustín en la literatura religiosa de Lope, del investigador Hugo Lezcano Tosca.[2] A mí, en particular, lo que me interesa es empezar a hablar de poesía, y lo haré con el material de Lope de Vega, que logra encender en mí la sensación de poesía, de obra de arte aunque, ¿en qué me baso para asegurarlo?
            Sin duda, los versos de Lope permiten reconocer la experiencia que transmite lo que se conoce como sujeto lírico: es decir, el carácter (por no decir personaje) que convencionalmente parece expresar los versos (eso sí, quién sabe si en voz alta o en soliloquio), pero el soneto de Lope (como el de cualquier buen poema) contiene un personaje (un carácter) que está experimentando un momento intenso en su vida. En el caso del soneto XVIII, el sujeto lírico (SL) parece sentir miedo, temor, por causa de una presencia divina, en un momento por demás inesperado. Incluso, este quiebre o debilidad demuestra que el SL, al no atinar a disculparse sino a señalar él mismo lo que considera un error, evidencia que ignoraba que la divinidad estuviera (en serio) afuera de su casa, esperando a que él (el SL) le abriera.
            Un buen poema (desde mi punto de vista) retrata siempre los momentos más comunes de la vida, los más visitados o hasta los más monótonos, como lo es el no enterarnos o no querernos enterar de quién anda afuera de la casa (sin causar problemas) porque tenemos cosas que consideramos de mayor atención; por eso es de notarse la reacción tän humana del SL de Lope en su soneto XVIII: humano y nervioso. Ni siquiera sabe cómo dirigirse a la divinidad, que no es cualquiera sino Dios, porque si es Dios a quien se dirige, y no dios (con minúscula), entonces reconoce estar frente al Jefe de jefes... ¿Por qué empezar por los hierros que Dios ya conoce, pues los vivió todos los días que estuvo en la puerta del SL como si fuera invisible o un simple indigente pacífico? Y sin embargo, esa fue la reacción del SL, los versos poseen el suficiente material para hacer posible la imagen de tal situación (que es otro punto a favor de un buen poema: hacer evidente la imagen de la situación que vive al límite el SL). Al hablarle a Dios, el SL parece no saber dónde meter la cabeza, completamente asombrado por la revelación de la que sólo atina a aceptar su error, a decirse equivocado, a reconocer que mantuvo congelado el cuerpo de Jesús, como si hubiera sido el de cualquier otra persona. Así que ese Jesús tuvo que poner un alto a la situación, a la ignorancia o desinterés del SL y para ello... tuvo que presentarse como es: un dios, una divinidad. Y tuvo que decirle “deja de negarme, mírame, soy Jesús, ¡Dios encarnado!, he estado afuera de tu casa esperando que me abras, pero como no lo has hecho he decidido entrar por mí mismo, esperando que me reconozcas... Y lo has hecho; ¿por qué diantres no me reconociste antes?” Y la respuesta del SL... no se da porque no supo qué responder ante el asombro de estar frente a la presencia de DIOS en la sala de su casa.
            La situación entonces es más rica, Dios tuvo que perder la paciencia para que el otro lo reconociera; esto es, un buen poema siempre pone en juego dos elementos “dramáticos”, uno es el SL y el otro puede ser una divinidad, otro personaje, la naturaleza, una idea, una sociedad, un recuerdo... o cualquier otra cosa que ponga en contacto al SL con su entorno o ambiente, lo que vuelve creíble la situación que sugieren los versos. En el caso del soneto XVIII, el otro, Dios, tuvo que realizar el acto físico de abrir él mismo la puerta y presentarse él mismo en su grandiosidad para que el SL no dudara del calibre de aquella entidad superior. Qué suerte entonces la de este personaje (SL) de estar en contacto con Dios sin que éste perdiera su benevolencia ya que no se nota (o interpreta) que el SL haya recibido algún castigo o algún mal, solamente recibió el esplendor y la voz de Dios.
            Claro, ponernos en esa situación es una exigencia del poema (y de cualquier objeto literario: ponernos en situación, ser compasivos con la propuesta literaria). Y no se necesita ser católicos, agnósticos o voluptuoso, el soneto XVIII exige del lector notar (y quizás sentir) la benevolencia de Dios si éste existiera. Algo ideal para cualquier torcido moral, en una época como la nuestra (a principios del siglo XXI), donde el mundo que habitamos es un mundo sin reglas.

Nota (2026): Alegoría. El soneto de Lope es tan admirable que es importante advertir la simplicidad con que plantea algo tan complejo como lo es la Epifanía posterior al golpe que seguramente vivió el sujeto lírico (el yo poético) en forma de catarsis. No es que Dios haya entrado, es que siempre estuvo ahí. Y es pasada la catástrofe que el yo poético lo advierte (Epifanía). El asunto que plantea la visión alegórica es qué hacer con dicha revelación ya que el yo poético sigue siendo humano y sigue siendo un ser terreno, sigue siendo imperfecto, sigue sin trascender sus vicios.  La respuesta parece clara y obvia. Dios seguirá estando ahí, como límite y meta donde el factor “poder (omnipotencia)” le es políticamente nítida al voluble y caprichoso carácter del yo poético, que seguirá siendo imperfecto mientras pueda, porque el otro lado de la moneda ya lo conoce y, ahí, es claro que se deja de ser humano. 






[1]     http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/rimas-sacras--0/html/ffe59452-82b1-11df-acc7-002185ce6064_1.html
[2]     https://cvc.cervantes.es/literatura/criticon/PDF/107/107_137.pdf

domingo, 21 de enero de 2018

La novela como idea


portada Papa Goriot
(Portada del libro en la Editorial Bruguera)


Javier Acosta Romero


Por sus proporciones toda novela también es un ensayo. Pienso, por ejemplo, en Papá Goriot (1834-35) de Balzac, que por el título, algunos intentan encuadrarla dentro de la historia del personaje Goriot y sus, físicamente, esplendorosas hijas. Sin embargo, al atender otros elementos propios de la diégesis, nos topamos con la constante presencia y constantes contriciones (no por ello evolución) del personaje joven y hermoso, Eugène Rastignac. Igualmente, pero de modo más tajante, el resto son caracteres contenidos por Balzac antes de entrar en crisis existenciales verdaderas, como en el caso de la señora de Beausánt, que ante el casamiento de su amante, mantiene su imagen de gran señora y decide emigrar, alejarse de las habladurías y señalamientos de París, siendo todo el tiempo la misma mujer que sufre por la traición del amante; un cambio probable era que buscara la revancha, humillar al amante (porque lo podía hacer y el marqués de Ajuda se lo merecía) pero Balzac decide simplemente alejarla. Es decir, todos los caracteres tienen una noción muy clara de cuál es su papel en el mundo narrado, que a final de cuentas es un mundo correcto, un pariscentrismo a modo para la inserción y éxito social del joven provinciano Eugène, quien efectivamente se curte en la ciudad con la consciencia del exceso y el derroche, contrarios a los conservadores deberes familiares y sociales; el empuje que muestra al principio de la novela, al final lo luce con el agregado de la experiencia, sin por ello tomar una actitud distinta o distante. Al final sabemos que Eugène va a regresar a cenar con una de las hijas de Goriot, por más despreciable que ésta sea. No tiene ojos para observarse como un parisino más, la única vez que lo hace es frente a un espejo y solamente para confirmar que cumple físicamente con lo requerido. Y esto porque Balzac se asegura de que las cosas sean como las planeó, ya que en el fondo hay una idea que sostiene: en París se da la obediencia, la lucha y la rebeldía, y el mismo Balzac los menciona en el último capítulo, cuando el narrador dice que Eugène piensa que la obediencia es aburrida, la rebeldía es imposible y la lucha es incierta. Por supuesto, no es un discurso para tomarse en serio [ojo los que ven en esta novela el precedente del materialismo marxista], pero es un discurso al fin, y bien estructurado (ensayado) porque lo demuestra a partir de los personajes; solamente el lector tiene que inferir esta propuesta (o tesis) y así dará con que la obediencia la detentan al menos dos personajes: Victorine Taillefer (cuya obediencia se ve recompensada en el tercer capítulo) y la señora de Beausánt, que al obedecer la etiqueta social evita el quebrantamiento de su prestigio. En cuanto a la rebeldía, el mismo narrador menciona a Vautrin, para que no haya dudas, que es un hampón con prestigio y, por lo mismo, nadie más es rebelde si conservamos el discurso de la novela. Por último, la lucha: en la que entra la mayoría de los personajes, solamente motivados por el dinero o por el deseo amoroso (como se entienda este, porque también es sexual pero a la vez es prestigio social); siendo un determinante fundamental el poseer dinero ya sea para ir de fiesta, para apostar, para contratar un servicio funerario o para mantener a un amante. Peculiarmente, en los tres rasgos sociales propuestos, Eugène encaja, incluso en el aspecto rebelde –un momentito– ya que las veces que es tentado por Vautrin, cede solamente al de seducir con éxito a la muchachita Victorine Taillefer mientras el hampón se encarga de mandar a matar al hermano de ésta para que sea la única heredera de una gran fortuna; pero el joven no pasa de la seducción, ni siquiera formaliza, siempre es un chico obediente que se resiste a la tentación sin negarla.

            Abordar Papá Goriot desde la idea que plantea el autor (vía narrador-personaje) nos evita indigestarnos con concebir la unidad de la historia como el eje narrativo; son muchas situaciones las que plantea y ninguna es dominante. Pero la idea sí lo es. Una idea muy sencilla y por lo mismo reconocible para quienes habitan cualquier urbe en cualquier época: la constante entre el éxito o el fracaso social, sin puntos medios (sin clase media, media baja, baja o medio burguesa). Éxito o fracaso, que dramáticamente implica RIESGO para evitar uno y lograr el otro. El riego social atrapa el interés del lector que, para nuestra época, ya no es tan fácil que caiga en la red, sobre todo por lo evidente de las condiciones adyacentes al riesgo social en la circunstancia del siglo XXI, la sobrepoblación, que nos obliga a mirarnos de otra manera, mucho más sensibles en lo social y en lo humano; incluso nos obliga a mirar y reconocer a los no humanos que también habitan el planeta y que requieren de espacio y de respeto. Papá Goriot, en cambio, nos habla de un mundo sin el mundo de la naturaleza, nos habla de un mundo antropófago, propio del derroche, del que hoy todavía algunos viven, otros lo añoran y otros, simplemente, nos conmovemos ya que está dentro de nuestras actitudes a disciplinar, con todo el dolor goloso e infantil que nos habita.

usygly@gmail.com

sábado, 13 de enero de 2018

Hablan los Marcianos

Crónicas Marcianas Ray Bradbury Minotauro 1985 E7
(Imagen tomada de listado.mercadolibre.com)
 
                                                                         Javier Acosta Romero 

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, obliga al lector a asumir una ficción descarada, un artificio sin trucos, donde el lector puede decidir: 'esta crónica sí, esta otra no, esta sí, esta no...' Y desde esa parsimonia el texto hace su propio juego, hasta que uno lo vive y siente como no ficción; se doblega la voluntad del lector a la estructura de ese todo con aseveraciones que no se pueden negar, como lo es que la Tierra ya no es suficiente para el espacio que por salud necesitamos; que los pueblos de la Tierra están en guerra; que la humanidad va en ruta al exterminio sin remedio. Y para argumentarlo (o para burlarse de nosotros), Bradbury hizo uso de un planeta con potencial para ser habitable: Marte, al cual pinta como una extensión exótica de lo absolutamente humano: marcianos con sentimientos y emociones reconocibles en un entorno social típicamente colonialista. ¿A dónde ir entonces? ¿A dónde escapar? Si hay más vida inteligente en otro planeta, la base de esa inteligencia es humanoide, afectiva, emocional, ¿egoísta...? Y si algo parecido al cielo existe en otra parte de la galaxia, es seguro que al descubrirla, los humanos la mudaremos en el infierno necesario para idealizar de nuevo a la belleza como perfección celeste, hasta conseguir otro paraíso, violentarlo y, en la orfandad incesante, de nuevo soñar lo excelso...
            Así las cosas, las digresiones bradburyanas no le dan remedio a la humanidad, más bien confirman nuestra negligencia y descontrol. No aprendemos. Y si rasco un poco en las ideas que esto me produce, lo que encuentro son emociones y sensaciones que puedo describir e identificar en mi experiencia lectora con Crónicas marcianas, porque si el planteamiento evade el plano real, lo hace para dejar al lector apelando a la fábula que las sostiene y, no nos queda de otra, reaccionamos ante los celos y el deseo, reconocibles en Febrero de 1999-Ylla; ante la naturaleza de los recuerdos y la venganza, en Abril de 2000-La tercera expedición; ante la vacuidad del tiempo y el espacio, la amistad, en Agosto de 2002-Encuentro nocturno; ante el racismo, la esclavitud, la noción de libertad y de individuo, en Junio de 2003-Un camino a través del aire; ante la debilidad humana por los afectos, causando con ello actos caóticos, como se muestra en Septiembre de 2005-El marciano; ante la permanente preeminencia del primitivismo a la par del valor que se le da al dinero y a la propiedad, en Noviembre de 2005-Fuera de temporada y; reaccionamos con víscera ante lo contrario, la resistencia que se puede tener frente a la locura y la soledad, al grado de convertirnos en creadores absurdos de artificios placebos, como en Abril de 2026-Los largos años.
            Hay un tratamiento serio en el trasfondo de Crónicas marcianas, pero hay una actitud de desenfado en la manera de armar el relato (su diégesis), lo que propicia que el lector haga uso de las emociones, y que estas crezcan, que surja la indignación o se produzca la confusión; el lector entonces se aleja del libro para filtrar el impacto y ¿pensar? la falta que nos hace dar con una respuesta por demás satisfactoria. Pero no la hay porque, ¿cómo vamos a combatir a la misma humanidad? La humanidad somos todos. A esto le sigue distanciarnos del texto de Bradbury, que realmente compromete al lector en asuntos de interés público; entonces, para evitar tanta responsabilidad, descubrimos la actitud mordaz, irónica por parte del autor, que se convierte abiertamente en el artífice, el mago, el referente natural, concreto, que le devuelve su calidad de objeto a Crónicas marcianas. '¡Ah, qué Bradbury!' Y cerramos el libro con la alegría de volver a la realidad incuestionable donde los marcianos no existen, donde -aparentemente-, nada pasa y no hay necesidad de protestar, porque, '¿cómo combatir a la humanidad?, ¿cómo salir de esta pecera? Nos decidimos del todo a no tomarnos en serio.

jueves, 27 de julio de 2017

La imagen construida y la imagen efectiva

(Imagen tomada de Gaceta UNAM, junio 29 de 2017)

Javier Acosta Romero

Son dos cosas; la imagen construida es un diseño icónico con resonancias culturales; si el espectador hace su parte, identifica estas imágenes sin que por ello logren un efecto ya que la imagen se muestra como un apoyo al discurso que se emite en la escena: ideas, opiniones, posturas, reflexiones. Uno pensaría que en la obra Mi Fausto, eso iba a ocurrir, que estaríamos al pendiente de lo que se dice en la escena, especialmente las verbalizaciones del personaje Fausto. Y dos: la imagen efectiva es aquella que, por encima del discurso emitido por la escena, le dice algo al espectador si este decide quedarse solamente con la situación dada por los caracteres y los elementos espectaculares como la escenografía y la iluminación (es decir, con el ambiente); el espectador permite esta percepción de la misma manera en que operan los anuncios comerciales cuando nos vulneramos (nos relajamos, nos concentramos) frente a la escena y su espectacularidad (sonoridad del discurso, belleza de los actores caracterizados, escenarios naturales, rituales o abstractos), es en esas condiciones que descubrimos imágenes efectivas en Mi Fausto, imágenes eróticas; nos llenamos de estas confiados en la naturaleza profunda del arte (algo que no tiene por qué ser explicado o entendido en este momento); Mi Fausto, es un objeto abstraído de la política mexicana, es como un paraíso revelado, reduccionista de la existencia, donde es fácil concebir la vida-bella, sin la realidad circundante al edificio teatral del Foro Sor Juana Inés de la Cruz, de la UNAM, ¡¡MÉXICO!!, año 2017.
            En Mi Fausto, todo el tiempo estamos escuchando un discurso sobre el que se puede sacar en claro no solamente una idea rectora sino varias ideas, opiniones, puntos de vista, ironías, contrastes que acompañan a la escena, pero la escena, al estar por encima del discurso se vuelve una productora de imágenes con gran poder de seducción. En la puesta en escena Mi Fausto, la presencia de imágenes efectivas lo son por el sonido del discurso –el sonido, su emisión sonora en escena– la cual le da sustancia a la situación en que los actores-personajes se relacionan; y de otra manera no podía ser ya que el discurso lo emiten caracteres alegóricos que por ende no tienen complejidad psicológica, son extremadamente sencillos en su actuar, demasiado fieles a sí mismos; para notar esto tenemos que el carácter más vistoso es... la belleza; otro, el intelecto; otro más sirve para cerrar un triángulo amoroso: el joven aprendiz o el joven discípulo y, para darle ambiente, el erotismo, o sea, el Diablo junto con dos siervos erotómanos igual de alegóricos.
            El discurso no es el fuerte de esta obra, lo son sus recursos espectaculares que ponen en condición sensible los sentidos del espectador, lo cual destaca la labor del director Sergio Cataño, y de sus colaboradores, en particular de quien diseñó la escenografía y LA ILUMINACIÓN, Patricia Gutierrez Arriaga, y quienes caracterizaron a los actores (vestuario de Libertad Mardel, maquillaje de Marisela Estrada, Ruby Tagle en el diseño de movimiento ), además del ambiente sonoro y música original de Juan Mario Oronóz.
            Construir imágenes efectivas no es cosa sencilla, pero Sergio Cataño junto con sus colaboradores lo lograron sobrado, y si bien es un espectáculo al que le cuesta trabajo tanto iniciar como finalizar, así como definir la convención en cuanto a la función semiótica de la zona del escenario que contiene arena, acomete con acierto el mantener en un nivel bajo las caracterizaciones de los personajes ya que la situación es demasiado sencilla: un triángulo amoroso demasiado evidente y forzado a mantenerse como tal, lo cual potencia el valor de ‘la virtud’ como el gran ideal de nuestra época que es de total desasosiego cultural, un sentimiento que quizás se parece en algo a lo que el propio autor original de Mi Fausto, Paul Valéry, vivió en la época de entreguerras del siglo pasado.
usygly@gmail.com
_________________________

Ficha: Mi Fausto, teatro “Foro Sor Juana Inés de la Cruz”, original de Paul Valéry; Sergio Cataño dirección, Patricia Gutiérrez Arriaga escenografía e iluminación, Juan Mario Oronóz música original y ambiente sonoro, Libertad Mardel diseño de vestuario, Marisela Estrada diseño de maquillaje y peluquería, Ruby Tagle diseño de movimiento; Elenco: José Angel García, Ana Bertha Espín, Ana Cervantes, Penny Pacheco, Ruby Tagle. Producción Ejecutiva UNAM, México, 2017

domingo, 16 de julio de 2017

Por qué no existen las muertes cómicas

(Imagen del Boletín 650 del INBAL, 17 de mayo de 2017)

Javier Acosta Romero

En una de las funciones de cierre de temporada de la (a)puesta El convivio del difunto, estuve reflexionando algunas cosas mientras transcurrían las humildes situaciones de carácter digestivo, lo que no demerita sino que, caracteriza, la intención de la puesta en escena dirigida por Martín Zapata. Se vale que la gente pase un momento a gusto, sin exigencias ontológicas, acotado solamente por la reputación institucional que cobija a esta obra: la Compañía Nacional de Teatro, lo cual puede explicar que el acceso haya sido gratuito.
            Aquí entonces las reflexiones metaescénicas, claro, más meditadas y ampliadas con los días:
            a) ¿Cómo es posible que las bancas de este teatro (Sala Héctor Mendoza) sean tan incómodas? Aunque también son incómodas las butacas más baratas en los cines... Y El convivio del difunto fue gratuita. La incomodidad, por tanto, debe ser intencional; la gratuidad y las butacas baratas no dan derecho a dormitar ni menos a roncar o estirar las piernas... Igualmente, la incomodidad nos enfoca de modo poderoso, concentra nuestra atención; podemos estar al tanto de lo que ocurre en el escenario porque lo otro que nos ocupa es algo que ocurre ahí mismo: la incomodidad de las bancas... Nuestros sensores parten de la incomodidad para reconocer la comodidad –la modesta estética espectacular– del escenario, donde estamos dispuestos a salir hasta terminada la obra. Concentrados en esa dualidad nos quedamos con lo más evidente de la escena... las caracterizaciones... el d i s c u r s o , quizás... no así la situación que, de ser un planteamiento interesante, se desdibuja a media obra y se improvisa al final... Claro, los espectadores estamos tan incómodos que, efectivamente, al estar pendientes de nuestro trasero dolorido la escena resulta placentera...
            b) La sala es tan pequeña que, si alguien de entre los asistentes hubiera expelido una flatulencia, el resto del público seguro se ofendía, no así los actores... que necesitaban algo vivo para darle intensidad y sabia a sus ejecuciones. Sí, los espectadores sufrimos con las bancas donde nos ubican pero también inferimos el sufrimiento actoral en la escena, donde se emitía un discurso por demás banal, políticamente correcto, a partir de un planteamiento interesante... Pero sólo en el planteamiento, porque la realización prometía, al inicio, un potente material metafísico digno del Siglo de Oro español: un muerto que sigue haciendo uso de su cuerpo como si estuviera vivo; es fársico, sin duda, magnífico, monstruoso; pero da el caso que la historia, llegada a un punto en que se niega a sí misma (yo digo que no supo el autor qué hacer, fue evidente que el material lo rebasó y, antes de que se le saliera de las manos, le echó unos polvos de realismo y), ¡pum!, aterriza en la zona del desengaño, donde el valor de la prehistoria (que ignoraban varios personajes y nosotros) tiene la fuerza de cambiar el curso de la acción. La lluvia moralina se convirtió en diluvio cuando confirmamos el engaño del protagonista con respecto a su condición de muerto, una chistosada en la que se nota que los actores se la pasan a gusto, cosa que inclinaba a los espectadores a dirigir el pulgar hacia abajo en señal de ejecución (sin que la escena lo notara, claro, así nos las gastamos también para procurar nuestro bienestar). El giro convierte a la obra en melodrama y al final, la felicidad se ve perturbada por una muerte más que intempestiva, violenta, porque el destino –que por ser una obra de teatro es de carácter humano–, ejecuta al protagonista sin decir 'agua va'. De terror, pero la sala se olvidó de los pulgares.
            c) Un buen final siempre va a salvar una mala obra. Fue tan impresionante la manera en que el protagonista muere que, todo lo anterior, se olvida. Con esfuerzo uno recuerda que a la primera escena le seguía otra aún más aburrida, unos relámpagos nos despertaban, unas actuaciones nos alertaban jocosamente pero, la muerte, esa nos despertó del todo, no sólo por la certeza de que ya no habría más obra sino porque el ejercicio profesional del actor Arturo Beristain nos puso los pelos de punta: ¡paro cardiaco fulminante...! Todo el aburrimiento lisonjero se olvidó y el presente del cadáver fresco llenó nuestros ojos y nuestro porvenir... Qué gran final, me dije. Esta obra la tiene que ver más gente, eso pensé en ese momento.
            d) Los efectos medidos pertenecen al teatro más tradicional y comercial, y El convivio del difunto juega con ese miedo que hoy en día es de lo más popular, que es el temor a perder la vida intempestivamente; la mímesis con el ambiente terrorista, de inseguridad y de fatalidad que aturde a nuestra época se hace presente en un instante donde los espectadores estábamos nulamente exigidos por la escena. El golpe emocional que recibimos fue tremendo.
            e) Un vacío temático siempre se disimula con un buen trabajo protagonista, como en los partidos de futbol donde termina el encuentro empatado a ceros pero que, gracias a la actuación de algún jugador, más la cerveza, el tiempo transcurrido valió la pena. El salvador en este caso (sin cerveza, un mayor mérito) fue el actor Arturo Beristain (APLAUSOS, APLAUSOS Y MÁS APLAUSOS), se mantiene en forma, sin duda.
              f) Cierto, el título de esta entrada promete una respuesta a por qué no existen las muertes cómicas. Primero, decir que la respuesta que planteo se basa en el ámbito teatral. Así, una muerte bien ejecutada ocurre cuando produce en el espectador la certeza situacional de que la muerte es significativa, por lo tanto debe ser ejecutada y ensayada muchas muchas muchas veces, hasta la perfección. Cualquier variante fuera del plan produce risa y, si esta no se nulifica produce burla que, si no se neutraliza desarrolla en el espectador una sensación de superioridad con respecto al escenario que identifica a los actores y al director y a los productores como gente ridícula y, de eso, ni dios padre se levanta. Lo que me lleva a complementar la idea del título: las muertes cómicas no deben existir, a menos que sea intencional causar risa, burla o ridículo en el espectador. 
usygly@gmail.com
_________________________

Ficha: El convivio del difunto, Teatro “Sala Héctor Mendoza”, Martín Zapata dramaturgia y dirección, Enrique Singer director artístico, Alejandro Luna escenografía e iluminación, Jerildy Bosch diseño de vestuario, Maricela Estrada diseño de maquillaje y peinados, Reparto: Arturo Beristain, Mariana Giménez, Juan Carlos Remolina, Astrid Romo, Gastón Melo, Diana Fidelia. Compañía Nacional de Teatro - Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2017

domingo, 11 de junio de 2017

"Octubre en primavera" - Texto Renegado # 1**

(Fragmento de un collage de César Kostia, ¡Patria Libre!, Cipselas, 2023, p22)

                                                                                                        Javier Acosta Romero
                                                                                                               usygly@gmail.com

No creo en fantasmas. No en los fantasmas de afuera. Pueden seguir platicando lo que quieran sobre aparecidos y desaparecidos y que si el diablo y que si dios y sus ángeles. No creo en eso. El de allá hasta se atreve a hablar de nomos, ¡qué barbaro!
            –¿Y tú, Efraín? ¿Viste fantasmas?
            –¿A poco ya se les agotaron sus historias?
            Con lentitud dijeron que sí; movían la cabeza de un lado a otro, la boca abierta y sonriente; era su esfuerzo por aparentar que no tenemos miedo a pesar de que aquí mismo se siente algo que puede ser un fantasma, aunque en fantasmas no crea.
            –En qué crees entonces, pinche Efra.
            –En lo que he vivido. No me ando con mamadas.
            Esperaba que se rieran, pero no. Al contrario, congelaron su gesto. Quizá ya estamos demasiado empapados con las historias de todos, y que al final son una sola. Pero nadie quiere olvidar. O no podemos.
            –¡Ya, cabrón, cuenta tu historia! –me insisten.
            Por algún lado debo empezar. La yerba crece entre nosotros, son evidentes los retoños que brotaron con las últimas lluvias. Empecé:
–El simple olor a pasto me traslada a cuando era niño y visitamos la Plaza de las Tres Culturas; ahí mi papá nos dice que asesinaron a mucha gente. “Muchos jóvenes... como ese”. Y señaló a chavos, como varios de nosotros, ahora. Especialmente me le quedé viendo a uno, quizá por su greña larga, quizá por su enorme sonrisa o por la forma en que miraba a la chava con quien se reía. En eso, el mismo chavo siente la mirada infantil y a lo lejos me ve y me saluda, levanta una de sus manos. No lo hubiera hecho. Entre que mi papá nos habla y que el chavo es como todos los que mataron, pues clarito vi cómo se dobló, cómo intentó de nuevo ponerse derechito y se dobló otra vez. El niño que yo era no alcanzaba a entender esa agresión, pero estoy seguro que mi papá no me soltó cuando corrió a ayudar al greñaslargas... tirado de una manera rota, desordenada: Le salía sangre por unos agujeros enegrecidos mientras sus manos y sus pies señalaban hacia diferentes partes. Su chava, sacadísima de onda, no sabía si escaparse o llorar. Nadie hizo más, nos acomodamos para verlo morir y, para que él también nos sintiera morir, porque el ejército cargó con todos. En un instante todos agachados; en otro, enmudecidos, con la temperatura del suelo tan caliente como la sangre derramada. De quién podía ser tanto plasma sino de todos, devorados por las máquinas que siempre estuvieron ahí. Nos arrojaron con facilidad en diferentes camiones, llenos de otros muchos muertos.
            “Tan fácil fue, que ese mismo día nos tiraron en fosas, zanjas enormes, escondidas a orillas de la ciudad, todavía pequeña para el naciente mes de octubre de 1968.
            “Quién sabe dónde quedó mi papá, pero aprendí a no extrañarlo. Y ustedes, cabrones, me sorprende que sigan lelos esta historia, como si nunca la hubieran escuchado”.

(***) Este texto ya no encontró cabida en el libro de cuentos La Tarde, los mejores están en ese libro, éste solamente es una probadita que, de gustarles, seguro estarán dispuestos a entrarle con buen diente (exigente diente) al banquete que es el libro. Saludos a todos y felices días!!! Chequen el enlace: